Yo estuve en la celebración de la estrella 15 de Millonarios

El 17 de diciembre se jugó el clásico capitalino más importante de la historia. Millonarios ganó el título en un estadio vestido de rojo y yo, un hincha azul, lo disfruté.

Ómar Pérez, referente de Santa Fe, aburrido. Atrás, la celebración de Millos. / Mauricio Alvarado

Casi nunca tengo presentimientos, pero sabía que íbamos a salir campeones. Ese día, a las 5:30 p.m., llegué a la estación de Transmilenio de El Campín. Todo era rojo. Camisetas, bufandas, banderas y buses. Llevaba una chaqueta negra y una maleta, dentro de ella había un saco de Millonarios y una bandera azul y blanca, de esas que regalaban cuando el equipo estaba mal a cambio de unas tapas de Pepsi y algo de plata. Quería estar listo para la celebración.

Cada moto o carro que pasaba ondeando un trapo azul era chiflado e insultado a rabiar. Compartía la ilusión con los agredidos. Llegué al primer anillo de seguridad. Un policía me inspeccionó. Tuve que mostrarle la camiseta que llevaba debajo del saco. Era azul oscura sin ningún estampado. Con la maleta no corrí con la misma suerte. La abrió y sacó el poncho con el que quise ocultar las cosas. Me dijo que no podía entrar.

Di media vuelta y con la angustia de haber sido visto por algún hincha de Santa Fe caminé rápido sin saber qué hacer. La bandera, entre otras cosas, es uno de esos objetos que los hinchas cabaleros, como yo, tenemos como fetiche. Por eso no la podía botar. Tengo la fuerte convicción de que Millos no pierde si la llevo al estadio. Es un desafío a la razón. Ser hincha es eso.

Lo único que se me ocurrió fue ir a unas canchas sintéticas de fútbol que quedan cerca del estadio para pedir que me guardaran todo lo azul. La señora de la recepción accedió. Puso las cosas en una bolsa y la marcó con mi nombre. Cuando me iba a ir le ofrecí 10 mil pesos en agradecimiento, pero no los aceptó. Tomé ese acto de bondad como un buen presagio.

Caminé rápido de vuelta al estadio. Vi que por el costado occidental de la carrera 30 venía el bus de Millos acompañado por una caravana de motos y carros que llevaban orgullosos sus banderas azules y blancas. Del otro lado, el de mis rivales, estaba yo. Subí a la tribuna y unos 30 minutos antes de empezar el partido me encontré con la primera cara conocida: un compañero de trabajo hincha de Santa Fe. Le pregunté sobre el partido y me dijo confiado, más con alma de hincha que de periodista deportivo, que Santa Fe iba a ganar 2 a 0. Y que si se iban ganando en el primer tiempo ya estaba todo listo para ellos.

El primer tiempo lo vi sentado en un muro que ni siquiera forma parte de la tribuna. Minuto 18: penalti y gol de Santa Fe. Miré al cielo y pensé en pedirle a Dios que ayudara a Millos, pero mis peleas más grandes con él han sido por fútbol, así que no lo hice.

No quería estar más solo. Llamé a Sebastián, otro amigo que estaba en el estadio. Me hice junto a él durante el segundo tiempo. Cada vez que se acercaban al arco de Millos los hinchas de Santa Fe se levantaban de las sillas y gritaban. Yo cerraba los puños, me clavaba en el asiento y decía en voz muy baja “que no pase nada, que no pase nada, que no pase nada”.

Pasaron 10 minutos del segundo tiempo cuando Domínguez cobró un tiro de esquina desde el vértice noroccidental de El Campín. Cadavid saltó, cabeceó, el balón picó en el piso y entró. En la cancha, todos los que estaban de azul, se abrazaron. En la tribuna yo agarre entre mis puños las mangas del saco y me froté la cara con fuerza. Fue un grito de gol cohibido, ahogado. Otros hinchas de Millos intentaron hacer lo mismo, pero fracasaron. Un hombre gordo se paró y les dijo en tono amenazante: calladitos si quieren salir de acá.

Los cánticos se hicieron más fuertes y se veía que Santa Fe podía hacer otro gol. Millos estaba replegado y no generaba opciones. El partido entró en sus últimos 10 minutos y fue tan dramático, como debe ser una final. Minuto 82. Wilson Morelo esquivó en un solo enganche a Vikonis y a Banguero. Gol de Santa Fe. De nuevo los juegos pirotécnicos, la gente saltando y yo, sentado, mudo, pensando que nos íbamos a penaltis e incluso que perdíamos antes de terminar los 90.

El Campín temblaba. Los hinchas del rojo no querían darle largas al asunto. El estadio entero se unió al ritmo de “Poropopo, poropopo, el que no salte no es del león”. No salté. Desde el asiento vi cómo Henry Rojas tomó un rebote al borde del área grande y pegó un zurdazo certero que entró al arco de Santa Fe en el minuto 85:00. Exacto. Nunca un gol llegó tan cumplido a mi vida. Dejaron de saltar. Silencio profundo. Le puse una mano en el hombro a Sebastián y como si le estuviera contando un secreto le dije “qué golazo tan hijueputa”.

El árbitro dio cinco minutos de reposición. Eternos para mí, fugaces para los hinchas de Santa Fe. Cuando pitó se me aguaron los ojos. A los de rojo también, pero lo mío era de alegría. Bajé rápido para entrar a la cancha. Fui en contra de una multitud vestida de rojo.

Fui a cumplir el sueño de un niño que se hizo hincha de Millonarios: abracé a los jugadores. Le dije a Rojas que era lo más grande que había en el mundo. A Duque que era un crack, que se merecía todo. A Vikonis le agradecí por todos los goles de los que nos salvó. Toqué la copa y canté con ellos que éramos campeones otra vez.

Hace un mes cumplí años y el regalo de mi mamá fue una cobija de Millos con las 14 estrellas bordadas por ella. El miércoles pasado se la llevé a su casa y le pedí el favor que bordara una estrella más, la mejor de la historia.