Yo estuve en la clasificación de Colombia al Mundial de Rusia 2018

Luego de tres años y 18 partidos, la selección aseguró su cupo a la Copa Mundo de 2018. Hubo momentos de duda, pero el sueño finalmente se cumplió con el aporte de jugadores, cuerpo técnico, dirigentes, aficionados y periodistas.

James Rodríguez celebra en Lima el gol que le dio a Colombia la clasificación al Mundial de Rusia 2018. / AFP

Lo logramos, estamos clasificados. Hoy, como un colombiano más, puedo sonreír y decir que me siento orgulloso de nuestra selección. El camino no fue fácil, pero de algo estuve seguro siempre: el sueño mundialista no se podía apagar.

Mi primer partido como presidente de la Federación Colombiana de Fútbol fue ante Chile. Acompañé al equipo en su viaje y nos devolvimos a casa con un valioso empate. Desde ese día cambió mi percepción de los “90 minutos”. Ya no era un aficionado, sino que representaba la máxima autoridad del fútbol nacional, una gran responsabilidad.

Venía un examen difícil, Argentina nos visitaba en Barranquilla y la presión era alta, soñábamos con la victoria, pero sabíamos que era un partido complicado. No puedo negar el dolor que sentí esa tarde al ver que se nos llevaron los tres puntos.

El 2016 me dio un respiro. Iniciamos el año con nueve puntos en línea, tras derrotar a Bolivia en La Paz y a Ecuador y Venezuela como locales. Todavía recuerdo la euforia con la que grité el gol de Edwin Cardona en el estadio Hernando Siles, en donde experimenté una mezcla de alegría, sufrimiento y “locura”. Comenzamos ganando, luego nos empataron y yo no podía creer que se nos fuera a escapar la victoria. Ahí sólo podía sentir ansiedad, pero durante la reposición apareció Cardona y, con una definición magistral, nos devolvió el triunfo, Lo mismo me sucedió ante Paraguay, cuando este muchacho nos entregó tres puntos a segundos del pitazo final. Mientras todo un estadio estaba en silencio, los pocos colombianos que estábamos allá, enloquecimos.

No todo fue euforia ese año. Las caídas frente a Brasil y Argentina y los empates contra Uruguay y Chile nos ponían en una situación difícil. La opinión pública se dividió. Unos seguían creyendo y otros veían perdido el sueño mundialista. No era fácil manejar las críticas y tratar de convencer al país de que lograríamos el objetivo.

El 2017 parecía repetir la historia. De nuevo Bolivia y Ecuador nos devolvían la calma, gracias a seis puntos. Claro está que el partido frente a los bolivianos nos hizo sufrir más de lo esperado. Ese día era una obligación ganar y el reloj corría en nuestra contra, pero el minuto 83 nos devolvió el aliento a más de uno: James Rodríguez anotó el gol de la victoria, un penalti sufrido. Días después, aunque casi nadie confiaba, disfruté de uno de los mejores partidos de nuestra selección. En Quito superamos a Ecuador, un equipo que en el Atahualpa parecía imbatible. Con esos dos triunfos volvíamos a meternos en carrera por un cupo a Rusia.

Vinieron días en los que escuché a periodistas, amigos, conocidos, colaboradores, dirigentes, entre otros, asegurar que ya estábamos clasificados. Me decían que sería imposible no conseguir tres o cuatro puntos de 12 restantes. Era casi que lógico, pero ya llevo mucho tiempo en el fútbol y sé que en este deporte todo puede suceder, y sucedió.

Llegó agosto. El Tribunal Arbitral del Deporte confirmó que Chile y Perú se quedaban con los puntos disputados en sus respectivos partidos contra Bolivia y esto nos obligaba a pelear con Chile por la clasificación directa. Venezuela, aunque eliminada, se jugó la vida ante nosotros. No hubo goles y nuestra clasificación seguía aplazada. Vino el partido ante Brasil. Celebré y canté ese golazo de cabeza de Falcao cuando consiguió el empate. No se ganó, pero enfrentamos a la mejor selección del planeta.

Llegamos a la última convocatoria. La clasificación la esperábamos frente a Paraguay en el Metro y que el juego ante Perú fuera un simple trámite. Pero esa tarde todo nos jugó en contra. Aunque Falcao nos puso a soñar con un golazo a 11 minutos del final, Paraguay nos remontó. En tres minutos pasamos del cielo al infierno. Desconsuelo, tristeza e impotencia fue lo que sentí cuando terminó el partido.

No era fácil, pero con esfuerzo y la frente en alto bajé al camerino para alentar a los muchachos. El desconcierto y la tristeza eran totales, pero no era momento para bajar los brazos. Debía ser el primero en enviar un mensaje de optimismo: “Vamos a ir al Mundial”. Fue ahí que nació la etiqueta #ConLaFeIntacta, que se viralizó y con la cual todo el país le envió mensajes positivos a nuestra selección.

Reconozco que en las siguientes cuatro noches no pude dormir, comía poco y los nervios me abordaban a cada instante. Por mi cabeza no pasaba otro pensamiento a que era imposible no clasificar.

Puedo decir que ese partido en Lima no lo vi, lo sufrí. Fueron 90 minutos duros, pero veía el equipo sólido. El gol de James me tranquilizó. Eso sí, lo grité con el alma. Pero luego del empate de ellos, sentía que el tiempo era eterno. Finalizado el partido y sabiendo que con el empate estábamos clasificados, pude liberar todo el estrés y tensión. Abracé a los otros dirigentes que me acompañaron, bajé al terreno y les agradecí a Dios y a cada uno de los miembros de la selección por este sueño cumplido. Le acabábamos de dar una inconmensurable felicidad al país.

Fueron noches en vela, momentos difíciles y de tensión, pero otros de alegría y celebración. Días memorables que recordaré por toda mi vida y que les agradeceré eternamente a cada uno de los miembros de la selección, dirigentes, aficionados y periodistas, pues todos le aportamos a este proyecto para que juntos pudiéramos decir “Lo logramos, estamos clasificados. Colombia, de nuevo en un Mundial de Fútbol”.