Nueve días después del sismo continúan las ayudas

América se apropió de la tragedia en México

El equipo, en el que juegan los futbolistas colombianos Mateus Uribe y Carlos Darwin Quintero, sigue siendo un ejemplo de solidaridad tras el terremoto que sacudió al país azteca.

Todos los mexicanos se unieron para ayudar luego del movimiento telúrico del 19 de septiembreEFE

A la 1:14 de la tarde, Paco Pérez estaba en la sede del club América, al sur de Ciudad de México, ultimando los detalles para el partido de esa noche, el clásico frente a Cruz Azul, por los octavos de final de la Copa. Los jugadores y el cuerpo técnico descansaban en el hotel Camino Real Pedregal, el lugar de concentración habitual de las Águilas antes de cada encuentro. En el piso 28, en una de las habitaciones del final del corredor, el volante colombiano Mateus Uribe veía televisión y chateaba en su celular. En la otra cama, el paraguayo Miguel Samudio dormía. Más abajo, en el décimo nivel, los argentinos Silvio Romero, Agustín Marchesín y Guido Rodríguez tomaban mate mientras hablaban del juego.

Pérez, jefe de prensa del equipo, escuchó un sonido seco, un estruendo de guerra, y vio los árboles mecerse como si fueran olas. Uribe sintió que el piso se movía y se mareó. Romero rezó. Hasta el estadio Azteca, una mole de hierro y concreto, arrojó un bramido de dragón. “Desperté a Samudio, que ni siquiera se mosqueó del sacudón, y salimos corriendo por las escaleras. No sé cómo bajamos tan rápido y cuando llegamos a la calle y dimos la vuelta para ver el edificio, algunas ventanas estaban averiadas, los vidrios en el piso y la gente confundida”, cuenta Mateus, como si su memoria fuera un espejo roto e intentara reunir los pedazos para ser más exacto en el relato. Su esposa, Cindy Álvarez, no pudo abrir el garaje de la casa para sacar el carro e ir por los niños al colegio. Sin embargo, forzó la enorme puerta, movida sólo con electricidad, y salió rauda, sin meditar, sin entender nada. Puro instinto de madre.

“Fallaron las líneas telefónicas, pero, curiosamente, el Whatsapp sirvió. Mi mujer me escribió que ya había salido por mis hijos. Nosotros tenemos un grupo de la familia y lo primero que hice fue decirles que estábamos bien para que no se preocuparan en Colombia”. Miguel El Piojo Herrera, entrenador del América, guardó un silencio temeroso. Su rostro se mostró impávido aunque después confesó que estaba “cagado del susto”. Luego de unos minutos de incredulidad, de impotencia, de la tortura del desconocimiento, la plantilla tuvo permiso de regresar a sus hogares. “Usualmente me toma 10 minutos ir del hotel a la casa. Ese día no sé cómo conseguí un taxi y llegué en una hora y media”. Mateus se limitó a ver una ciudad en pánico, a dimensionar la tragedia, a pensar en los suyos. Se acordó de que el temblor del 7 de septiembre no lo sintió, que apenas se enteró porque se lo contaron. Pero este, el del 19, lo recorrió como un corrientazo desde la punta de la cabeza hasta los pies.

En el sur de la ciudad, la zona más afectada, Pérez y el resto del personal del club se dirigieron al colegio Enrique Rébsamen, a unas cuadras de la sede deportiva. El rumor de que la estructura había colapsado, de que había niños heridos con toneladas de escombros encima, de que había muertos, arrugó el corazón, conmovió el espíritu y dejó el alma convaleciente, casi incurable. Jardineros, secretarias, directivos, jugadores de los equipos de las divisiones inferiores, celadores, todo el mundo se fue para el lugar de la tragedia, o mejor, para uno de los lugares de una gran tragedia. “Remover escombros y vigas de metal, pasar ladrillos, hicimos de todo. Después fueron llegando algunos futbolistas de la nómina profesional”. Fue un día largo. De quitar piedras, de llorar con y sin lágrimas, de vivir la desgracia ajena como propia. “De entender lo frágiles que somos ante la naturaleza”. La sociedad mexicana demostró que la solidaridad está tan arraigada como el amor por una camiseta, sea la del América, Cruz Azul o Pumas. “Veías a gente humilde ofreciendo lo poco que tenía. Y eso es muy valioso”, dice Pérez, rememorando el instante en el que vio a una señora dándole un tamal a una mujer que ayudaba encima de lo que horas antes era una institución educativa. Pronto se enterarían que uno de los 22 pequeños fallecidos era canterano del equipo, de la categoría de los nacidos en 2009: Raúl Alexis Vargas Macías, el que entrenaba todos los fines de semana en Coapa, la sede conocida popularmente como el Nido de las Águilas, el admirador de Oribe Peralta. “Da coraje, impotencia y rabia”, apunta Pérez, que vivió el temblor de 1985 como reportero de Televisa y que esta vez lo tuvo que hacer desde la jefatura de prensa de uno de los equipos más populares de México.

Y mientras unos improvisaron sus habilidades de rescatistas, otros formaron un centro de acopio en el estadio Azteca y comenzaron una campaña por redes sociales para recoger todo lo que fuera necesario. Implementos de curación, maquinaria, herramientas, cascos, baterías, kits de primeros auxilios, palas, lámparas, comida enlatada, agua en botella, ropa, entre otras cosas, las donaciones que recibió el club y que de inmediato fueron enviadas en cinco camiones a San Gregorio, en Xochimilco, un pueblo de calles estrechas donde aún hoy hay personas del gobierno local caminando entre el polvo con libreta y lapicero tratando de contar lo que parece incontable. “Se olvidaron de esta pequeña población y por eso quisimos enfocarnos en direccionar gran parte de las ayudas”, asegura Pérez.

Nueve días han pasado desde que la tierra estremeció a la capital mexicana y los mercados no paran de llegar a la fundación del club. Incluso los jugadores, entre ellos los colombianos Mateus Uribe y Carlos Darwin Quintero, siguen donando víveres. “Mientras podamos no dejaremos de colaborar”, dice el volante con un tono de responsabilidad, en una muestra de compromiso en un juego de la vida que no tiene pitazo final.

@CamiloGAmaya