Carta de bienvenida a Yerry Mina

El primer futbolista colombiano en el club catalán se ha convertido en gran motivo de orgullo para sus paisanos, radicados en Barcelona.

Yerry Mina, en su presentación como jugador del Barcelona, en el Camp Nou.AFP

Querido Yerry, ¿te ha pasado que has vivido momentos tan felices que no quieres que el tiempo transcurra para que no erosione tu memoria y arañe el recuerdo que tienes intacto? Seguro que sí. Seguro lo sentiste el sábado, justo cuando tu nuevo equipo, el Fútbol Club Barcelona, te dio la bienvenida en su casa, el Nou Camp. Seguro te pasó cuando entraste a la cancha, te quitaste los zapatos y le agradeciste a tu Dios estar ahí. O cuando, tímidamente, bailaste para responderle al público colombiano que te aclamaba en la tribuna.

Acuérdate, Yerry, de que a pesar de que más adelante se te escapen algunos detalles por culpa del reloj que no se detiene, ese pedazo de tu historia será un salvavidas para siempre. Aférrate a él cuando la vida no sea tan amable. Hoy estás probando su lado bueno, pero tuviste que luchar mucho para llegar hasta aquí. Para ayudarte a conservar ese recuerdo, quiero ofrecerte estas palabras que te contarán cómo vivimos en la tribuna el momento más importante de tus 23 años.

Empecemos porque desde hace ocho días eres el tema de conversación. No sólo en Colombia, sino en las calles de Barcelona. “Viene un colombiano”, “es el primero que jugará en el Barça”, “jugó en Palmeiras, Santa Fe, Pasto”. No te voy a mentir: no te conocía. Tuve que acudir a un compañero y al gran Google para evitar la vergüenza de no saber quién era el hombre que obligó al mundo a mirar hacia nuestro país.

Si no te has enterado, en internet ya está tu vida resumida: naciste en Guachené (Cauca), mides 1,93 m, eres defensa central, tu mejor jugada fue el gol de cabeza contra Uruguay y acabas de hacer historia. No sólo porque ingresas a uno de los mejores clubes del mundo, sino porque por fin abriste la puerta para que más adelante entren más colombianos al equipo catalán.

Decidí ir al estadio, después de ver un video que el Barcelona subió a Twitter de tu encuentro con Messi. Fuiste un hombre dulce, cálido. Tus pocas palabras vislumbraron el respeto y la admiración que sientes por él. Y tu sonrisa, imposible de disimular, demostraba lo inverosímil que te parecía estar ahí. Tu humildad y tu dicha me hicieron levantarme de la cama.

Llegué rápido al Nou Camp. Era la primera vez que lo visitaba. Por fortuna no me perdí. Las voces de los paisanos me llevaron hasta la entrada. No tengo idea de cuántos éramos, pero te aseguro que veníamos de todos lados. Se escuchaban los acentos paisas, rolos, vallecaucanos. “Tal vez 7.000”, señaló mi compañero de puesto. El equipo, horas después, anunció que recibió a 8.552 personas.

Dicen, Yerry, que el fútbol es un deporte de pasión. Pero la verdad es que está lleno de lecciones y por eso, creo, tiene tantos seguidores. Entendí, por ejemplo, que la solidaridad tiene otra cara. Se te hará extraño que traiga a colación este valor, porque estamos acostumbrados a pensar que la solidaridad sólo es posible con quien se encuentra en una situación difícil. Pero ser solidario también es apoyar causas o intereses ajenos que genuinamente nos hacen felices a los demás, sin ningún interés atravesado. El sábado, los centenares de colombianos que estuvimos ahí te ofrecimos nuestra compañía y celebramos que uno de nosotros llegó tan lejos como quiso, a pesar del lugar de donde venimos, en el que, bien sabes, escasean estos milagros.

Después de 15 minutos de escuchar canciones de Shakira y Carlos Vives, el animador empezó el conteo de tu entrada. Los asistentes prepararon sus celulares: “Cinco, cuatro, tres, dos”… cuando escuchamos “uno”, comenzó el grito colectivo. Tu nombre y el himno del Barça resonaban en cada localidad. Entonces saliste tú, con tu nuevo uniforme, las manos alzadas y una sonrisa que, te juro, fue como un virus que en cuestión de segundos nos invadió el cuerpo. Saludaste y luego te paraste frente a la cancha. Nadie entendía qué hacías.

Mi compañero de puesto interrumpió el momento para comentarme que tu primer sueldo fue de 100.000 pesos: enviaste 60.000 a tu casa y 40.000 los usaste para vivir ese mes. Hoy, Yerry, para tener la camiseta del Barcelona con tu nombre y número necesitaría ganar tres veces ese sueldo.

Volvimos a verte entre la multitud de fotógrafos. Saliste a la cancha descalzo y caminaste con la cabeza en alto. Alrededor la gente se preguntaba por qué habías hecho eso. Encontré que era una tradición de tu antiguo equipo, Santa Fe, que proviene de un apartado de la Biblia, Deuteronomio 11:24, que dice “todo lugar que pise la planta de tu pie será tuyo”. Que así sea, Yerry, que así sea.

En medio de la ceremonia, de las fotos, los gritos, un hombre hizo sonar su cencerro. Se escuchó en todo el estadio la clave de salsa. Te estaba invitando a bailar, lo que mejor sabes hacer, después de jugar fútbol. Te acercaste, sonreíste y meneaste la cadera. El público rió y te pidió más baile. Pero tú paraste, tal vez porque pensaste que no era el momento.

Al final te dieron un vehículo lujoso, que nos sorprendió a todos. Lo agradeciste, pero rápidamente pasaste a lo que te importa: a tus seguidores. Les firmaste la camiseta a dos jóvenes, volviste a sonreírles a quienes estábamos en las gradas y después te tomaste fotos con tu familia.

Me descuidé y no noté cuando desapareciste. Pero lejos, muy lejos de ti, muchos deseamos que el miedo no te aturda, que el lujo no te nuble el paisaje, que tus pies sigan siendo ágiles, que disfrutes esta aventura y cargues tu equipaje de experiencias, pero sobre todo de lecciones. Tú juega y baila, que nosotros, con nuestra solidaridad intacta, celebraremos de nuevo, con vuvuzelas y cencerros, tus victorias.

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