Con Diego Maradona murió un trozo de la identidad argentina

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Amanece Buenos Aires con su ritmo frenético, aún en pandemia, y pronto caemos en que no hay vacuna para tanto dolor. Argentina acaba de perder a uno de los personajes más influyentes de su historia. Y si “el mundo fue y será una porquería”, como escribió Enrique Santos Discépolo en 1936, hoy es mucho peor porque ya no está Diego.

Nosotros, en cambio, seguiremos viviendo en este cambalache que, de algún modo, es una síntesis de Maradona. Porque representó ese gen tan nacional que caracteriza a los habitantes de estas tierras erguidas al sur del continente: tan atrevidos, pícaros, transgresores y mordaces como pasionales, melancólicos o eufóricos, según el estado de ánimo dominante. Emociones que convivieron en su cuerpo retacón. Contradictorios, como esos sentimientos que generaba el dios pagano del fútbol.

Es que, en definitiva, Diego fue inspirador para los humildes; también, un testimonio de que el camino del éxito deportivo puede perderte en un laberinto de tentaciones y malas decisiones. A fin de cuentas, Maradona “en una villa nació”, como cantaba su amigo Rodrigo, y desde las carencias tomó un impulso irrefrenable que dio la vuelta alrededor de todo el planeta. Las turbulencias propias de sus adicciones lo hicieron humano.

Quizás lo haya descrito mejor que ninguno un señor entrado en los cincuenta años, vestido con una desteñida camiseta de la selección argentina, en la puerta de la Casa Rosada. “¿Sabés las alegrías que nos dio a los pobres? Tal vez había noches que me faltaba un plato para comer, pero lo veía al Diego… Ufff, ese tipo me hacía feliz con la pelota”, contó a bordo de una sonrisa desdentada. Y ensayó un suspiro que no distingue clases sociales, porque Maradona cautivaba a mendigos y millonarios.

Era de todos, pero especialmente de los que menos tienen. De la masa popular, la que llegó hasta el Palacio de Gobierno para manifestar su tributo. El que no dejaba lugar para la grieta en el fútbol. Quedó expresado en esa foto viral, en ese abrazo de un hincha de River y otro de Boca fundidos en la congoja. En ese mural maradoniano que se pintó en Rosario y le hizo una pausa a la rivalidad histórica e irracional de una ciudad dividida entre Newell’s —equipo que engalanó en el desenlace de su carrera— y Central.

Y si Maradona vivió entre la gloria y el caos, ¿por qué iba a ser distinto su funeral? Hasta el último momento, Diego movió una multitud. Sería injusto culpar a aquellos fieles que asistieron a la despedida con responsabilidad. El desfile de barras, energúmenos y políticos oportunistas no podrá manchar su despedida. La inoperancia de los funcionarios que se cruzaron en las redes sociales, culpándose unos y otros por los desbordes, tampoco.

Maradona era un pedazo de la Argentina. Y se nos fue un poco de nuestras vidas, como dijo Sergio Goycochea, su compañero en el Mundial del 90, el único que con sus manos ataja penales pudo robarle algo de protagonismo en aquellas maravillosas noches del verano italiano. Un símbolo popular, arraigado en el alma de la gente por todo lo que generaba con la camiseta celeste y blanca.

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Desafiante de los poderosos, Diego no recuperó las islas Malvinas, pero el mejor partido que más se le recuerda en la selección fue ante Inglaterra. Y en una sociedad que todavía sangraba por la guerra y aún lloraba sus jóvenes pérdidas, aquellos goles fueron reivindicatorios. Era el triunfo sobre los piratas. Con una mano celestial que en cualquier otro contexto sería un gesto antideportivo, la apología de la trampa, pero en Argentina tuvo su propia patente. Porque también creemos que Dios nació aquí, a la vuelta de la esquina. Y después, ese gol descomunal, ese slalom de diez segundos —sí, diez, como el número que fue un tatuaje en su espalda de futbolista—, ese racimo de británicos rendidos ante la evidencia de su talento.

Diego sabe cuánto pesa la Copa del Mundo. La hundió en el cielo del Azteca el 29 de junio de 1986, después de poner de rodillas a los alemanes, y se la ofreció a todo el país en el balcón de esa misma Casa Rosada que el jueves alojó sus restos en el último adiós. Fue un gran triunfo, quizá la mayor gesta de nuestro deporte, más allá del Mundial del 78, opacado por la dictadura, no menos celebrado. ¿O acaso las victorias deportivas no maquillan la realidad?

Maradona acompañó con su mágica zurda a una generación que creció al ritmo de la decadencia del país. Diego era el mejor de todos, un orgullo, mientras Argentina no podía salir del pozo por sus problemas estructurales, económicos y sociales. Diego nos seducía con la extraordinaria capacidad de su pierna izquierda en el medio de los vaivenes de la política. Diego reunía una aceptación unánime dentro de la cancha. Fuera de los márgenes del campo de juego, de su hábitat, despertaba amores y odios.

Y en este punto, qué difícil se les hace a muchos argentinos separar las cartas que a Diego le repartió el destino. Ese jugador sobrenatural, único, irrepetible. Ese hombre imperfecto, un humano como cualquier otro, con virtudes y defectos. Maradona divide. Están aquellos que lo veneran porque se trató de un iluminado del fútbol y están los otros, los que lo condenan por sus acciones personales. Por la cocaína, que probó por primera vez durante una fiesta en Barcelona y se transformó en una dramática espiral para una buena vida; por sus infidelidades, que derivaron en sus hijos extramatrimoniales; por las denuncias de violencia de género; por su acercamiento a los dictadores venezolanos, Hugo Chávez y Nicolás Maduro; por su relación con el kirchnerismo en una Argentina agrietada, en el que no parece haber espacio para los grises.

Los que conocieron a Maradona en profundidad hablan de sus bondades, su generosidad, su lealtad. Sus hijos, Dalma y Gianinna, fruto de su matrimonio con Claudia Villafañe; Diego Júnior, Jana y Dieguito Fernando, reconocidos más adelante, están atravesados por un dolor infinito. Basta ver sus publicaciones en las redes sociales, un día después de su entierro en el cementerio de Bella Vista, al lado de Chitoro y doña Tota, sus papás. ¿Quiénes somos nosotros, entonces, para juzgarlo?

Aun en el disenso, entre esos dos polos, nadie podrá negar el lugar preponderante que tiene desde Ushuaia a la Quiaca, extremos territoriales de Argentina. Como Manuel Belgrano, el creador de la bandera. Como don José de San Martín, el Libertador. Como Domingo Faustino Sarmiento, el emblema de la educación. Como Juan Bautista Alberdi, el padre de la Constitución. Como Carlos Gardel, el Zorzal que murió en el cielo de Medellín. Como Eva Duarte, Evita, la abanderada de los humildes. Como el general Juan Domingo Perón, con tantos devotos como antagonistas de sus doctrinas políticas. Como Jorge Luis Borges, acaso el escritor más trascendental del habla hispana. Como el Che Guevara, guerrillero y revolucionario. Como Raúl Alfonsín, el primer presidente en la vuelta de la democracia. Como Jorge Bergoglio, el primer papa latinoamericano.

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Como todos o mejor que cada uno de ellos, según el prisma que se utilice en la mirada. En el Olimpo de esos deportistas que también alumbraron aquí, como si fuera una tierra prometida: Juan Manuel Fangio, Guillermo Vilas, Gabriela Sabatini, Manu Ginóbili, Alfredo Di Stéfano o Lionel Messi, que tiene su sello propio y se subió al pedestal de los grandes, pero sigue siendo escrutado en la selección, porque es ineludible la comparación con Maradona.

Para una generación que solo vio las hazañas de Diego en YouTube, tal vez sea imposible no volcar la balanza del favoritismo hacia Messi. Sus contemporáneos, en cambio, lo tienen grabado en su memoria emotiva. Momentos que acompañaron cada épica del 10. Un abrazo, un grito desaforado, un llanto… Maradona no se explica, se siente.

Los goles a Inglaterra; el pase a Claudio Paul Caniggia contra Brasil en el Mundial del 90; el tobillo maltrecho, hinchado y con forma de pelota; las lágrimas y los insultos porque silbaron el himno; toda esa ilimitada cantidad de recursos técnicos puestos al servicio de la selección. El gol a Grecia y ese grito desaforado en Estados Unidos 94. Y otra cesión al Hijo del Viento, contra Nigeria, un revival de aquella conexión en Italia.

Le cortaron las piernas, pero nunca las alas. Y volvió a la Argentina después de aquella Copa que quedó inconclusa por la efedrina. Entonces, se reencontró con el afecto. Con Boca, el club que aprendió a querer y terminó conquistándolo en los albores de una maravillosa carrera. Cuentan que Diego era hincha de Independiente. Incluso en una de sus primeras entrevistas, cuando era un cebollita y ya se había popularizado el apodo de Pelusa, confesó su admiración por Ricardo Enrique Bochini.

Nadie podrá hablar de una traición a los colores. Porque Diego honraba una y todas las camisetas. Era de todos los clubes, independientemente de ese corazón pintado de azul y oro. Jugó en Argentinos Juniors, Boca y Newell’s. Y cuando estuvo en Rosario el año pasado, ya como entrenador de Gimnasia, una caravana de hinchas rojinegros organizó un banderazo en el hotel donde se alojó el plantel del equipo de La Plata. Maradona estaba ahí, en el balcón como un mandatario que saluda a la gente, con la indumentaria del Lobo y un gorro de la Lepra. Nadie se molestó. En el fútbol, él tenía todo permitido.

Y aunque en su última nota al diario Clarín declaró que “a veces me pregunto si la gente me seguirá queriendo”, seguro que en algún lugar del universo habrá brillado una estrella con la satisfacción de una clara respuesta. ¿Cómo no vamos a querer a un tipo que nos hizo tan felices con una pelota? Si fue un superhéroe sin capa, un prócer sobre el rectángulo verde.

Diego provocó todas esas sensaciones y también angustia y tristeza en el último tiempo. Su imagen enclenque, arrastrado hacia el estadio José Zerrillo para la reanudación del campeonato argentino, justo el día de su cumpleaños sesenta, encendió las alarmas. Le regalaron una camiseta enmarcada y, a los diez minutos del partido entre Gimnasia y Patronato, se tuvo que ir a su casa. Su salud ya estaba demasiada deteriorada.

Los amigos del campeón, esos que se suben al tren de la conveniencia, lo dinamitaron. Y a Diego, a quien no le gustaba la imagen que le devolvía el espejo, lo terminó apagando la soledad. Estaba triste, a pesar de tanto reconocimiento. ¡Qué injusticia después de habernos dado tantas alegrías! Tal vez no alcanzó con hacerlo sentir dios. Quizá fue un bumerán darse cuenta de que, al fin y al cabo, era uno de nosotros, biológicamente un ser terrenal.

No habrá manera de llenar el vacío que dejó el ídolo. Por más que haya un proyecto para declarar el 30 de octubre, fecha de su natalicio, como el Día del Futbolista. Por más que haya una iniciativa para esculpir una estatua en el Aeropuerto de Ezeiza. Por más que desde el Banco Central estén evaluando hacer entrar en circulación un nuevo billete de diez pesos con su rostro, casi de valor simbólico en un país de inflación endémica. Por más que se proponga bautizar a una avenida con su nombre. Argentina seguirá adelante, pero ya no será la misma. Murió Diego y con su partida, un trozo de nuestra identidad.

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