Cristiano Ronaldo, el arrogante que todos quieren ser

El delantero portugués fue la gran figura de los octavos de final de la Uefa Champions League. El Ajax de Holanda será su próximo rival en el torneo de clubes más importante del mundo.

Cristiano Rolando, goleador y gran figura de la Juventus.
Cristiano Rolando, goleador y gran figura de la Juventus.AFP

 

Cuando los hinchas del Atlético Madrid celebraban el 2-0 obtenido en el partido de ida de los octavos de la Uefa Champions League ante la Juventus, en los minutos de reposición, empezaron a lloverle chiflidos a Cristiano Ronaldo. El ex-ídolo del rival de patio, el Real Madrid, ahora vestido de blanquinegro y con la mitad de la serie perdida, reaccionó haciéndole una manito al público. Al salir del estadio, los periodistas lo acosaron con preguntas hasta que confirmó su gesto. Se refería a los cinco títulos de Champions que tiene en su historial. Cristiano: 5 – Atlético: 0. El portugués hizo un papel que ya se sabe de memoria, el de arrogante, chicanero y presumido.

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Naturalmente, para el observador, es inevitable sentir cierto frescor cuando al chicanero se le desbarata la épica. Cuando se concreta la narración de la victoria del más humilde. Pasó con la eliminación del Real Madrid a manos del Ajax en la misma ronda de la competencia, pues muchos la celebraron a rabiar porque Sergio Ramos confesó que, en el partido de ida, se hizo sancionar una fecha para cuadrar caja; pensando en su paso a la siguiente ronda creyó que la serie ya estaba resuelta, menospreció al rival y al final le tocó pensar en la otra Champions. A Cristiano Ronaldo, en cambio, le sucedió lo opuesto.

En el partido de vuelta, desde el primer minuto, se vio a un CR7 convencido, alzando los brazos, animando a sus compañeros mientras el Atlético parecía tener cada vez más dudas. Cristiano terminó anotando los tres goles que le dieron vuelta a la serie y revolcándose, casi que literalmente, en su júbilo. Su celebración fue una insinuación sexual muy parecida a la escena de la película El lobo de Wall Street en la que Leonardo Di Caprio vende un seguro a un ciudadano indeciso al mismo tiempo que simula una penetración.

Ahora, de ganar tres partidos más, Cristiano podría reafirmarse y prolongar ese papel de arrogante triunfador. De figura pop amada y odiada en igual medida. Y no resulta raro que así sea, pues su carrera es arquetípica para nuestra época. Todo lo que el portugués ha logrado en el fútbol resume los valores del capitalismo contemporáneo. La confianza en sí mismo, la disciplina, la motivación, el esfuerzo y una inversión exagerada de tiempo en “cumplir los objetivos” pertenecen a la ecuación que define a CR7 tanto como a los carteles motivacionales de cualquier compañía de jóvenes “trabajadores/emprendedores”.

Una historia así (la de un niño pobre pero determinado que cumplió sus objetivos a punta de entrenar el doble que los demás, incluso después de ganarlo todo) solo podría generar tanto interés en una época en la que los libros para la realización personal ocupan el mayor espectro del mercado. Con una búsqueda rápida en el catálogo de Amazon basta para darse cuenta. Por bajito, unos 34.000 títulos aparecen en la lista de guías de éxito; otros 18.000 figuran en la casilla de felicidad y autoayuda.

Es la misma época en la que un tipo que escribió un libro titulado Queremos que seas rico, junto a un tal Robert Kiyosaki, es hoy presidente de los Estados Unidos. Y de riqueza sí que sabe CR7. En 2016, según Forbes, el ex-delantero del Real Madrid era el deportista con más ganancias, con 94 millones de dólares captados. Por ahí pasó hace rato y ahora se sabe que está ampliando sus inversiones.

Claro está que, a diferencia de los gurús del éxito para emprendedores, Cristiano no se ha ocupado de mostrarse a sí mismo como un buen samaritano ni posa de comunitarista o predicador. “Al equipo le doy un 9 y a mí un 10”, dijo alguna vez, destapando el sentido real de la autoconfianza en el deporte. Una premisa que funciona para ganar partidos, pero que aplicada a la vida fuera del campo se ve tan aparatosa como ese viejo comercial protagonizado por Luis Suarez, en el que empuja el teclado a sus compañeros de puesto en la oficina para escribir más rápido, atiende a través de una ventanilla a una avalancha de viejitas con una sonrisa en la cara y finge una zancadilla.

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La razón por la que Cristiano, además de ser amado por sus logros es también odiado por sus palabras y sus gestos, es el mismo conflicto interno del discurso. Su actitud desnuda valores que tenemos muy interiorizados. Cuando hace explicita su individualidad, que su objetivo es figurar, ganar sin importar si a veces se queja de que sean sus compañeros los que anoten (recordemos cuando pidió al juez un fuera de lugar por un gol que anotó su compañero de equipo Álvaro Morata), está quitando también el velo aspiracional de muchos. Más ilustrativa para este caso es, desde luego, la respuesta que le lanzó a un rival, también del Atlético Madrid, cuando le gritó “¡maricón!”: “sí, soy maricón, pero lleno de plata”.

 

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Fabián Páez López

Fútbol Internacional

Cristiano Ronaldo, el arrogante que todos quieren ser

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