Jugadores colombianos, como Duván Zapata, Dávinson Sánchez y James Rodríguez, en medio del debate

El gol de Ana Frank a los extremistas del fútbol

Lo ocurrido esta semana en la Liga de Italia lleva a recordar las peores épocas de antisemitismo para que el deporte se lo tome en serio.

Jugadores de Lazio lucieron camisetas con el rostro de Ana Frank y el llamado: “No al antisemitismo”. / EFE

El martes 24 de octubre de 2017 será recordado porque, antes del juego por la Liga italiana de fútbol, los capitanes del Inter, Mauro Icardi, y de la Sampdoria, Fabio Quagliarella, repartieron entre un grupo de niños El Diario de Ana Frank. La ceremonia se hizo sobre el césped del estadio Giuseppe Meazza de Milán. Entre los 55 mil testigos presenciales estuvo el goleador Duván Zapata, delantero afrocolombiano de Sampdoria que respalda las manifestaciones antirracistas en el fútbol.

Hasta hoy domingo se guardó un minuto de silencio en todos los estadios de Italia, en todas las categorías, y en cada uno se leyó un fragmento de la obra clásica de aquella niña judío-alemana, tomado de una edición de bolsillo con portada en blanco y negro, donde se la ve sonriente, pluma en mano sentada en su escritorio.

Son actos simbólicos de una campaña contra el antisemitismo en el fútbol que surgió el domingo pasado, luego de que aficionados extremistas de Lazio provocaran a sus oponentes deportivos pegando en los muros del estadio olímpico de la capital imágenes de Ana Frank vestida con la camiseta del Roma y letreros en los que se les condena por judíos.

Entonces la Liga italiana y el Ministerio del Interior acordaron la resurrección espiritual de la precoz escritora en un campo de fútbol 72 años después de su muerte, por tifus, en el campo de concentración nazi de Bergen-Belsen, el 12 de marzo de 1945.

El miércoles fue conmovedor ver abrazados a los jugadores de Lazio y de Bolonia. Los integrantes del club romano salieron vestidos con camisetas blancas, el rostro de Ana Frank estampado en el pecho y un llamado: “No al antisemitismo”.

Volvió a sentirse la voz indignada de la víctima más recordada de la Segunda Guerra Mundial: “Veo al mundo mientras se transforma en una selva, escucho el trueno que se aproxima y que, algún día, también nos destruirá. Siento el sufrimiento de millones. Y, de todas formas, cuando miro al cielo, siento que de alguna manera todo mejorará, que esta crueldad terminará y que de nuevo habrá paz y tranquilidad”.

Antes de entregarlos a los niños invitados, los futbolistas les autografiaron copias de la obra de Ana Frank, escrita mientras se escondía de los nazis en Ámsterdam entre 1942 y 1944. Su padre, Otto Frank, sobrevivió a las torturas en el campo de Auschtwitz y fue quien publicó El Diario por primera vez.

Durante el encierro en la que hoy es la casa-museo en su memoria, ella anotó el 22 de mayo de 1944: “Hemos oído decir que el antisemitismo se ha apoderado de ciertos círculos, donde antes jamás se hubiera pensado en eso”. Hitler y Mussolini habían llevado esa política incluso a los estadios de fútbol, este último obligando bajo amenazas a la selección de Italia a ganar el Mundial de 1934 en el Estadio Nacional del Partido Nacional Fascista de Roma.

Ana Frank no nombra la palabra fútbol, pero sí se queja de la frustración de no poder jugar tenis, su deporte preferido. El Fuhrer, por ejemplo, anexó a Alemania a la poderosa selección de Austria y eso llevaría a Mathias Sindelar, la máxima estrella del llamado wonderteam austriaco, a la depresión y al suicidio cuatro años después de su retiro. A los 39 años de edad, atendía en Viena un café al que llamó Annahof, por su esposa judía junto a quien murió.

Para enfatizar el mensaje humanitario, en los estadios también se citó al escritor italiano-judío Primo Levy, sobreviviente del holocausto en el campo de concentración de Monowice. En su relato él sí añora el fútbol y a través de un dentista húngaro cuenta que en medio de los horrores de la guerra los domingos había partidos de fútbol, que no podían ser vistos por los judíos esclavizados. “Yacíamos en un mundo de muertos y de larvas. La última huella de civismo había desaparecido alrededor de nosotros y dentro de nosotros”.

Uno de los peores antecedentes del antisemitismo en el fútbol es el llamado “partido de la muerte”, en agosto de 1942, cuando la Fuerza Aérea Alemana perdió 3-5 contra un equipo ruso que se negó a perder y fueron fusilados por orden de Hitler.

Ucrania estaba ocupada por el ejército nazi y el régimen del Tercer Reich se enteró que allí jugaba el entonces club FC Start, integrado por futbolistas del Dínamo y del Lokomotiv, los dos de Kiev. Había sido fundado en una panadería, propiedad del hincha Josef Kordik, de origen alemán.

Él le dio trabajo a Trusevich, el arquero del Dínamo que estaba en la indigencia, y le encargó buscar al resto de sus compañeros para resucitar al equipo, unos dicen que por amor al equipo otros que para sacarle provecho frente a las fuerzas de ocupación.

El Start ya era leyenda urbana luego de vencer 7-2 al oponente local Rukh, a las fuerzas de ocupación de la Luftwaffe y a las temidas SS hasta que goleó 5-1 al Flakelf, formado por militares de élite de la aviación alemana. Los germanos exigieron revancha y ese día hubo amenazas desde que el árbitro, un oficial de las SS, pidió a los soviéticos que hicieran el saludo nazi ante las autoridades de su país presentes en el Zenit Stadium -hoy conocido como Start Stadium en homenaje al heroico equipo- y como se negaron fueron advertidos de las consecuencias de su “irrespeto”.

Luego, en el descanso, otro oficial alemán los visitó cuando ganaban 2-1 y les advirtió que se estaban jugando la vida si persistían en la afrenta. Cuentan que Goncharenko hizo un gol tras humillar a toda la zaga alemana y después Klimenko dribló a todos y se negó a anotar. Según la reconstrucción hecha por el diario Marca, “el Start era ya el orgullo de Kiev, su última esperanza de resistencia y libertad”.

“Esa segunda derrota fue demasiado para los alemanes, que prepararon la venganza en frío. Una semana después, el 16 de agosto, el Start volvió a ser obligado a jugar, de nuevo ante el Rukh (8-0). Tras el partido, la Gestapo arrestó a varios jugadores, oficialmente por pertenecer a la NKVD, el órgano represor de Joseph Stalin. En realidad, uno de ellos, Mikola Korotkykh, ya había sido detenido antes del partido del 6 de agosto y murió unas semanas después, tras ser torturado. El resto fueron enviados al campo de trabajo de Sirets, donde Klymenko, el portero Trusevich e Ivan Kuzmenko fueron ejecutados en febrero de 1943”.

La tragedia fue retomada en películas como Victory (1981), en la que participan como actores jugadores como Pelé, Oswaldo Ardiles y Bobby Moore. En 2005 -dice Marca- un tribunal de Hamburgo declaró “no probada” la vinculación entre la muerte de los futbolistas ucranianos y su doble victoria ante el Flakelf. Sin embargo, siete décadas después, los poseedores de entradas para el partido del 9 de agosto de 1942 siguen teniendo libre acceso a los partidos del Dínamo. Y, a las puertas del Start Stadium, una escultura recuerda a los sacrificados con el epitafio “De la rosa sólo nos queda el nombre”.

Ahora las ligas europeas enfrentan en muchos estadios el resurgimiento de los grupos neonazis: en Holanda el PSV Eindhoven cuenta con el Frente de la Juventud Neofascista, y cuando juega frente a su eterno rival Ajax, que también opuso resistencia a los nazis en la segunda guerra, ofenden a sus integrantes y seguidores judíos simulando el silbido de un escape de gas. El Ajax adoptó como símbolos la Estrella de David e, incluso, en su estadio ondea a veces la bandera de Israel. Su máxima estrella Johan Cruyff es recordado como judío y su esposa era de origen israelí.

Por estos días el colombiano Dávinson Sánchez ha sido testigo de cómo los hooligans injurian al Tottenham Hotspur de Londres, porque los aficionados del club inglés, cansados de las groserías, se identifican a sí mismos como “yids”, término despectivo para referirse a los judíos. Gritan: “¿Quiénes somos?”. Y responden: “El ejército Yid”. Hay barras del Chelsea que les dedican canciones sobre Auschwitz y Hitler.

Algo similar podrá percibir James Rodríguez en el Bayern de Múnich, llamado “el club de los judíos”. En Alemania, en el Museo Judío de Fürth, se recuerda la historia de los grandes jugadores judíos de la Bundes Liga como una forma de llamar a la reconciliación a través del fútbol y al respeto por las creencias. A comienzos del siglo XX los judíos alemanes eran perseguidos y descubrieron que a través de este deporte podrían ser aceptados por la raza aria.

Allí hay un lugar especial para Hugo Meisl (nació en 1881 y murió en un campo de concentración vienés, en 1937). Fue el autor del primer reglamento escrito en alemán y organizador de la Copa de Europa Central. Otro para Walter Bensemann, hijo de banquero nacido en 1873 que fundó a los 14 años lo que llegaría a ser el primer club de fútbol profesional de Alemania, el Football Club Montreux. Y uno más para el goleador Julius Hirsch, que siendo el futbolista más famoso fue llevado al campo de concentración de Auschwitz, donde murió el 8 de mayo de 1945.

Escaparon jóvenes jugadores como el talentoso número diez del Spielvereinigung Fürth, Heinz Alfred Kissinger, nacido en 1923 en Fürth y formado en el equipo judío Sportclub Bar Kochba. Es el mismo Henry Kissinger, que llegó a ser secretario de Estado de Estados Unidos durante los mandatos de Richard Nixon y Gerald Ford.

El fenómeno antisemita también se manifiesta en América, en especial en Argentina, donde hinchas de equipos como Chacarita afrentan a los de Atlanta, del tradicional barrio judío de Villa Crespo, cantándoles “ahí viene Hitler/ por el callejón/ matando judíos/para hacer jabón”.

Aun así, son más los movimiento en pro del juego limpio en el deporte más global. Durante el Mundial de Brasil 2014 vi en Brasilia a jóvenes amantes del fútbol preparando viaje a Ámsterdam como embajadores de buena voluntad de Ana Frank, pues el museo de la capital holandesa que honra a la escritora los invitó un mes después junto a delegados de 27 países para hablar, en la casa donde se escribió el Diario, no sólo del significado de ese testimonio literario, sino del fútbol como práctica de convivencia pacífica.

Gracias, querida Ana.