El Gráfico... “Si se calla el cantor, calla la vida”

El Gráfico, una de las revistas más emblemáticas de América Latina anunció que dejará de salir en formato impreso. Un breve recuento de algunas de sus historias y protagonistas.

Algunas de las legendarias tapas de la revista argentina El Gráfico, fundada en 1919. / Cristian Garavito

Era como si de sus páginas salieran duendes y esos duendes contaran historias como la de aquel “nueve” que llevaba meses y meses sin anotar, y se levantaba todos los lunes a las cinco de la mañana para ir a hacer fila al quiosco del barrio y comprar allí todas las revistas de El Gráfico que llegaran, para que nadie viera que habían escrito sobre sus yerros el domingo anterior, sobre las opciones de gol que había errado, sobre la pelota que se le desinfló debajo de la suela de su botín. El tipo era todos y ninguno, una recreación de Oswaldo Ardizzone, quien cada semana sacaba un duende de su galera y se inventaba series a las que les ponía por título “Monólogo de un tronco”, o de un “Agrandado”, o de un “Picapiedra”.

El tipo, aquel “nueve”, que era todos y ninguno, fue un ejemplo años más tarde para Carlos Salvador Bilardo, que lo copió y tomó por costumbre comprar los Gráficos en los que hablaran mal de sus jugadores de la Selección Argentina, para que no se deprimieran, y coleccionar aquellos en los que todo era elogio, euforia, beso y dulce, para que se motivaran. Los duendes brincaban, cantaban, recordaban, conversaban. Eran clowns, como le decía Héctor Onesime a Óscar Más, quien salía a adueñarse de la punta izquierda de River Plate todos los domingos con un canto de Horacio Guarany: “Si se calla el cantor, calla la vida…”, y regaba la cancha de voleas y desbordes.

Más era “El Pinino” para unos, y el “clown” en El Gráfico. Algunos de sus goles fueron retratados, imagen tras imagen, como en una película, en tiempos en los que casi nunca transmitían partidos por televisión, y en años en los que para verlo había que conseguir la revista en la que salía, o ir a verlo al estadio. Más aparecía regateando a un portero, clavando una volea en el ángulo o celebrando un triunfo con volteretas. Era tan lejano como cercano, por eso se hizo mito, igual que Omar Sívori, por ejemplo, o Rattín, aquel que se sentó en la alfombra de la reina de Inglaterra en el Mundial del 66, o Amadeo Carrizo, el portero líbero que cambió la forma de entender y de jugar de los arqueros, o de tantos y tantos cientos.

El Gráfico los inmortalizó, los volvió leyenda. Hizo que el lector supiera cómo eran y jugaban sin haberlos visto. Con los años, algunos futbolistas dirían que lo primero que buscaban al salir a la cancha era al fotógrafo de la revista, para ir hacia él si llegaban a hacer un gol, gritarlo a la cámara y salir al día siguiente en la tapa. Iglesias, Grazziani, Batistuta, Francéscoli, Alonso, Acosta… Los apellidos cambiaban. La escena era similar. La única que permanecía intacta era la revista, que desde 1919 había apostado por lo distinto, y por competir con las secciones deportivas de los diarios con eso, con lo distinto. Lo distinto era el diseño, eran las fotografías y el despliegue, los temas, y sobre todo, la forma de escribir.

“Toda el agua. Toda el agua para tanta fatiga. Había transcurrido más de media hora después del gran acontecimiento y Suñé sigue ahí”. “¿Sabés lo que pasa? Que nosotros, jugando con El Loco al arco, entramos con 14 a la cancha: ¿Y quién nos puede ganar?”. Suñé era Rubén Suñé, un todoterreno que mandaba en la mitad del campo en el Boca de los 70. Pasados unos años, El Gráfico contó que estaba deprimido, que se había ido del fútbol, que había pensado en tirarse del piso más alto del edificio más alto de Buenos Aires. El Loco, así, en mayúsculas, era Gatti. Hugo Gatti. Un innovador en el arco, ídolo de Boca, continuador de la línea Carrizo, precursor de René Higuita y de decenas de porteros. Uno de esos años, dijo que Maradona era un gordo.

El gordo le hizo cuatro goles en La Bombonera con la camiseta de Argentinos Juniors. El Gráfico lo registró, foto a foto, gol a gol, en imágenes y en textos, y empezó su relación de amores y odios con el Diez. Un lunes, aparecía con un reportaje con el hincha más fanático de Argentinos Juniors, quien contaba que se había ofrecido para lavar las camisetas del equipo, sólo para tener en sus manos la del capitán. Otro lunes, revelaba una de sus tantas declaraciones altisonantes y lo censuraba. Un día, una década después, algún investigador inglés quiso buscar la primera foto de Maradona como profesional, pero no la encontró. Ocho años más tarde, apareció. Un muchacho la había archivado con el nombre del equipo rival, Talleres de Córdoba, y la imagen se había refundido.

Cuando Argentina ganó el Mundial del 86, El Gráfico sacó un tiraje de medio millón de ejemplares, con Maradona en la tapa y la copa en sus manos. Partido a partido, siguió al equipo, lo criticó, lo elogió, y acabó por ofrecerle excusas a Bilardo, pues tiempo atrás había sentenciado que no era el hombre para dirigir la selección. Incluso, deslizó un rumor según el cual el presidente Raúl Alfonsín había tanteado a algunos de sus asesores para saber si el entrenador debía seguir o no. Con el título, se borraron las ofensas, las críticas, y Bilardo y Maradona pasaron del infierno al cielo. “Que nadie olvide que Maradona al comienzo era resistido por la prensa y el público, y que fui yo quien lo ‘bancó’ y le dio la cinta de capitán”, declaró en tono triunfalista el técnico.

Luego, a comienzos de los 90, volvieron a aparecer en otra portada, pero las circunstancias eran totalmente distintas. Maradona acababa de ser detenido por un operativo policial en un apartamento del barrio Caballito de Buenos Aires. Estaba drogado. Bilardo fue a buscarlo, y los dos salieron en medio de un tumulto. El Gráfico contó la historia y dio a entender que alguien había llamado a la policía y a los medios de comunicación. Pasado un tiempo, otros medios se colgaron de la suposición y señalaron al presidente Carlos Menem como responsable del operativo antiMaradona para desviar la atención sobre algunas investigaciones en su contra. Dos años después, en 1993, los duendes de las páginas de la revista saltaron a la sala de redacción de la calle Azopardo para pintar la tapa del 6 de septiembre de negro, con un título entre signos de admiración que decía ¡Vergüenza!

Argentina había perdido 0-5 ante Colombia en el Monumental, en una de las derrotas más humillantes de su historia. El Gráfico registró la caída, pidió el regreso de Maradona a la Selección (el técnico, Alfio Basile había prescindido de él diez meses antes), elogió al equipo de Francisco Maturana, especialmente a Carlos Valderrama, y encendió la polémica sobre el real nivel del fútbol argentino. La revista dependía en gran parte de las victorias, sobre todo en el fútbol. Si había triunfos, la gente gastaba y compraba. Celebraba. Si no, tanto la publicidad como las ventas en la calle bajaban. En los 90, Argentina vivió una década de altibajos, con más bajos que altos. Y a finales, surgió el fenómeno de internet. Poco a poco, el papel pasó a ser virtual. El Gráfico anunció que saldría cada mes, con la lejana promesa de que volvería a ser semanal si mejoraban las cosas. Sin embargo, la red, los clics, los videos de gatos jugando hockey, lo fácil e inmediato y las prisas acabaron por tragarse el papel, las viejas páginas, los textos de Ardizzone, Juvenal, Borocotó y Onesime, y los duendes se pixelaron.