Diego Maradona: “Hice lo que pude... Creo que tan mal no me fue”

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Bajo la editorial Planeta, presentamos una reveladora reflexión sobre la vida del ídolo argentino fallecido esta semana y contenida en el libro “Yo soy el Diego de la gente”.

Siempre, siempre, mi mayor orgullo fue jugar en el seleccionado. Siempre, por más millones de dólares que me pagaran en el club que estuviera. Nada de nada era comparable, nada. Porque el valor del seleccionado no se compara con la plata, se compara con la gloria. Y esto me encantaría que se lo metieran en la cabeza los chicos de hoy y los chicos de mañana: no podemos regalar la mística del futbolista argentino y la camiseta celeste y blanca. Aunque lamentablemente se esté perdiendo. Porque hubo una Copa América en Paraguay, en 1999, y fue necesario hacer una encuesta para saber quién quería venir, quién no... ¡Quién quería venir! Ahí, en este detalle, está la confirmación de que la mística se rompió. Aunque Grondona diga que no, aunque Bielsa quiera dibujarlo, aunque los jugadores expliquen, aunque los representantes justifiquen, aunque los periodistas interpreten. La mística... la mística se rompió. Y eso me jode, como pocas cosas en mi vida futbolística.

Y así como yo me puedo sentir dolido, lo mismo pueden decir los Ruggeri, los Pumpido, los Olarticoechea, los Giusti, los Goycochea. Con ellos nos reuníamos para luchar por la selección, y si alguno avisaba que estaba lesionado, o algo, lo llamábamos y le decíamos: “¡Vení igual, vení igual!”. Ojo, no es que somos o éramos ejemplos: simplemente, éramos conscientes de que la selección nos necesitaba... ¡No hay cansancio, no hay cansancio! Vos estas representando al país, ¡es el orgullo más grande que podés tener! Esto era lo que se decía, lo que se repetía en aquellas reuniones: “¿Te tiró? Vení igual, vení igual”, lo llamábamos entre todos al que fuera y lo hacíamos venir igual, aunque no jugara.

Por eso a mí me encantaba ser capitán. Porque me permitía enfrentar, con poder, a quienes nos querían imponer cosas, cosas que iban en contra de los futbolistas. Y no creo que haya un solo jugador, ni un compañero mío, que pueda decirme: Hiciste las cosas mal, no me defendiste bien. Y yo me enfrenté a Grondona, a Blatter, a Havelange, a Macri... Quizá con un vocabulario futbolístico y no político, y eso me costó un montón de cosas; pero el resultado, el resultado lo vale. Yo creo que hoy me paro en la torre Eiffel, pego un grito y tengo alrededor mío a todos los jugadores del mundo. Porque me lo dijo Cantona, me lo dijo Weah, me lo dijo Stoitchkov: “Nosotros somos parte de la Asociación de Futbolistas Mundiales y vos sos el presidente”. Ese es el orgullo más grande que tengo yo.

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Y esto es lo que pretendo que se entienda: no puedo aceptar que no se sumen a la selección porque están cansados, porque están lesionados, porque los clubes que los contrataron les pagan millones de dólares, porque.... ¡Los brasileños juegan setecientos mil partidos por año y están siempre! No sé, me da la impresión de que ahora los brasileños agarraron la mística nuestra: Rivaldo juega el domingo para el Barcelona, viaja a Tailandia, hace un gol para Brasil, vuelve y se planta contra el Real Madrid, juega la Copa América, se rompe el culo por sus, ¡por sus! camisetas... O sea, yo digo: ¡viva Rivaldo! Eso hacíamos antes los argentinos, ¡eso hacía yo!

Algo de eso, ahora, se rompió. Y yo no les echo la culpa a los representantes, ¡no le echemos más la culpa a los representantes! Acá, los únicos culpables somos los jugadores. Y esto mismo lo dije yo en una charla, en Futbolistas Argentinos Agremiados: “Para tomar decisiones no se necesita tener a un Maradona de veinte años... Basta con no transar, ¡no transar y sí unir!”.

Por eso acepto ahora reunirme con Joseph Blatter, el presidente de la FIFA, para defender los principios del jugador de fútbol, ¿eh?, no para entregarme a Blatter. Porque si no estaría entregando veinticinco años de trayectoria, y no solo adentro de la cancha: veinticinco años pensando que el jugador de fútbol es lo más importante, lejos, en este negocio. Y esta es una gran verdad que nadie me puede refutar: a los técnicos los hacemos los jugadores, a los dirigentes los hacemos los jugadores.

Pero, por decir cosas como estas, el poder no me perdonó. Yo lo viví, lo sigo viviendo todavía y lo tengo asumido. Lo que no lograron fue cambiar mi vida. Que por ahí la hice bien o por ahí la hice mal, pero la hice yo. A mí no me diagramó Menotti, no me diagramó Bilardo, no me diagramó Havelange, no me diagramó Blatter, no me diagramó Menem, no me diagramó De la Rúa. A mí nadie me regaló la plata; me la gané yo, corriendo detrás de la pelota adentro de una cancha. ¿Mucha, demasiado? Por algo me la daban, el poder ganó mucho más gracias a mí. Por eso dependen de nosotros: si los futbolistas nos uniéramos, ¡mataríamos!

Los dirigentes de fútbol no saben nada del juego y nos han desplazado a los jugadores de un lugar muy importante. Están bien asesorados, estudiaron, consiguen los mejores sponsors y piensan más en Coca-Cola y en Hyundai que en los protagonistas. Yo lo sufrí cuando monté el Sindicato de Jugadores. Los mundiales son riquísimos y los que hacemos el espectáculo recibimos puchitos: el 1 %. Esta es una fábrica a la que le va cada vez mejor con obreros que aceptan todo.

Porque hoy los futbolistas ganan mucha plata sin tanto esfuerzo, entonces no les importa tanto. Ganan US$20 millones por nada, Saviola y Aimar valen US$80 millones, no la tocan en un preolímpico y siguen valiendo lo mismo, Vieri pasa de un equipo a otro por más y más millones y no festeja un título. Entonces, claro, ¿qué van a pensar en la selección? ¿Para qué? Si no la necesitan... Y no hay nadie que se les acerque y les diga: mira, nene, que si no jugás en la selección y después no la tocas en tu club, pasas a ser un desastre, no vas a valer un carajo.

En cualquier momento van a decir que Saviola es un desastre, ¡y el pibe es un fenómeno! Pero tiene que triunfar en la selección, tiene que aparecer alguien que reafirme las convicciones y que les diga: todo esto cambió desde que nos fuimos los viejos. Y no es porque nosotros hayamos sido más inteligentes ni nada, pero sí entendimos que teníamos que ser representantes de la gente, representantes del pueblo. Entonces nosotros, los representantes, cuando salíamos a jugar, pensábamos en la vieja, en el viejo, en el laburante, en todos... Y disfrutábamos como ellos cuando nos enterábamos de que iban a festejar los triunfos al Obelisco.

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Yo quisiera que todo esto que digo se hiciera carne en los chicos del fútbol. Me encantaría ponerme al frente de los juveniles y decirles: “¿Vos venís de Rosario, pibe? Vení como sea, en tren, en colectivo, a dedo... Pero vení, después vemos. Jugate por la selección, que así te estás jugando por tu gente”.

Hoy, muchos partidos se definen en los escritorios. Y eso va en contra de los jugadores: yo pagué un precio muy alto por defenderlos, por reclamar que al mediodía no se podía jugar en México, y por denunciar corrupción, como en el 90, cuando la final tenía que ser Alemania-Italia. No tengo problemas en seguir pagando ese precio. Unidos, podríamos combatir las cosas malas que tiene el fútbol. Por ejemplo, los partidos digitados por los árbitros: en el 90 rompían las pelotas con el fair play, con el fair play, y en el primer partido los camerunenses nos mataron a patadas. Y después, en la final, vino lo de Codesal, lo del referí... Porque un penal mal dado no tiene nada que ver con el juego limpio, ¿no? Eso creo yo por lo menos. Hay cosas que están digitadas y los árbitros tienen que ver: en un Mundial de Fútbol, en lugar de pasar inadvertidos, lo deciden. ¡Y no puede ser! Hay montones de árbitros que han falseado resultados, que han inclinado la cancha para que al fin lleguen a la final los dos equipos que prefiere la FIFA. Como un ejemplo, nada más, basta acordarse de México 86, cuando anularon aquel gol de Michel, cuando la pelota picó medio metro adentro, para que Brasil siguiera en carrera. El último Mundial, el de Francia 98, fue un campeonato mediocre y digitado. De la selección de Francia no me acuerdo de casi ninguno, y no porque no me interese; pero se sabía, desde la inauguración, que la final tenía que ser Francia-Brasil.

Y en la Argentina, lo que mató a los árbitros fue la soberbia, ¡la soberbia! A mí me echó Javier Castrilli, un referí, nada más que un referí, jugando para Boca, contra Vélez, en el 95, cuando lo único que fui a decirle fue: “¡Respeta a la gente!”. Y así todos, no te dejaban hablar. Ellos se escudan con eso de que no ganan lo que tienen que ganar. ¡Que se hagan profesionales en serio! Y que no se dejen influenciar, ni con las figuras, pero que tampoco vayan contra la gente, contra el espectáculo. Porque la gente va a ver a Maradona, va a ver a Francescoli, va a ver a Gallardo, y si ellos los echan, van en contra de la gente. Eso sí: se hacen famosos y después trabajan en la televisión. ¿Gracias a quién? Gracias a los jugadores, por supuesto.

Yo me arrepiento de no haber jugado más en la Argentina. Lamento que mi país no me haya podido retener, para batir los récords en mi tierra, para jugar más partidos en la selección y no escucharlos por teléfono desde Italia... Porque así lo hacía: jugaba Boca, jugaba el seleccionado, y yo me colgaba de la línea para escucharlos. Creo que no es mi culpa, yo me tuve que ir a ganar la plata afuera.

Desde Italia, justamente, yo observaba un fenómeno, algo muy especial: en la Argentina, los maestros de las divisiones inferiores siempre fueron los grandes jugadores del pasado. Nenes como Pedernera, Grillo, Griffa, Gandulla, Pando, Sacchi. A grandes maestros, según mi humilde opinión, grandes alumnos. Bueno, eso en Italia no pasaba. Los excampeones se volvían diputados, onorevoles, dirigentes, periodistas de radio y televisión, asesores del presidente. Pero ponerse el buzo y llenarse de tierra, como lo hizo casi hasta los ochenta años don Adolfo Pedernera... No, eso no. Bueno, mi temor es que en estos tiempos hayamos perdido esa mística. Y por eso mi obsesión es trabajar con los futbolistas.

En todo sentido, ¿eh?, en todo sentido. Digo esto porque me jode que todavía haya futbolistas que se nieguen a decir la verdad y no se animen a denunciar, por ejemplo, que hay técnicos que les piden plata para hacerlos jugar. ¡En la Argentina hay entrenadores que les sacan plata a los jugadores! ¡Yo lo sé y yo lo denuncio! Lo sé porque muchos me vinieron a ver a mí, para decírmelo.

Lo lamento, entonces, por aquellos futbolistas a los que yo voy a nombrar si es que me llaman a declarar en el juicio que hay contra Ramón Díaz. Pero sería más grande el castigo de no darles la posibilidad a los futbolistas del futuro de evitar que les sigan metiendo la mano en el bolsillo. Eso es corrupción. Tanta corrupción como cuando un entrenador del seleccionado pone a un jugador en el equipo, aunque esté lesionado, para después venderlo a Europa. Y yo sé que eso pasó, lamentablemente.

Si volviera a nacer, le pediría a Dios que me dé lo mismo —porque me dio demasiado, realmente— y también la posibilidad de hacer todas las jugadas y los goles que divirtieron a los napolitanos, en mi país, en vivo, para los argentinos… Estoy orgulloso de haber sido siempre fiel a mis convicciones, a mis virtudes y a mis defectos. Pero puedo mirar de frente a todo el mundo. No cagué a nadie más que a mí mismo, no le debo nada a nadie más que a mi familia. Lucho por mi vida, cada día, y tengo a mis viejos al lado, tengo a mis amigos al lado, tengo a mi mujer, incondicional, tengo dos hijas que son tan alucinantes como siempre las soñé y tengo, con todo eso encima, el respeto del país que amo... Sí, pese a todo, tengo y disfruto el respeto de los argentinos.

Como les digo siempre a los que vienen y se quieren hacer los bananas conmigo: pero, Diego, si vos... Al Diego, a mí, me sacaron de Villa Fiorito y me revolearon de una patada en el culo a París, a la torre Eiffel. Yo tenía puesto el pantalón de siempre, el único, el que usaba en el invierno y en el verano, ese de corderoy. Allá caí y me pidieron, me exigieron, que dijera lo que tenía que decir, que actuara como tenía que actuar, que hiciera lo que ellos quisieran.

Y yo hice. Yo... Yo hice lo que pude, creo que tan mal no me fue.

Sé que no soy nadie para cambiar el mundo, pero no voy a dejar que entre nadie en el mío a digitarlo. A manejarme... el partido, que es como decir digitar mi vida. Nadie me hará creer, nunca, que mis errores con la droga o con los negocios cambiaron mis sentimientos. Nada. Soy el mismo, el de siempre. Soy yo, Maradona.

Yo soy el Diego.

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