Franco Armani y el valor de confiar en uno mismo

Llegó a Atlético Nacional como un arquero desechable de Deportivo Merlo. Tuvo años sin jugar, llorando, desesperado. Luego brilló y se convirtió en el jugador con más títulos del cuadro antioqueño. Partió a River Plate siendo un desconocido para ganarse un cupo en la selección de Argentina. Jugó el Mundial de Rusia 2018 y ahora es campeón de la Copa Libertadores siendo figura ante Boca.

Franco Armani ganó su segunda Copa Libertadores tras la conseguida en 2016 con Atlético Nacional. Un argentino bien colombiano. AFP

Cuando llegó al aeropuerto José María Córdova de Rionegro, en la madrugada, nadie lo estaba esperando. Tenía 24 años y Atlético Nacional era el club que se la jugaba por él, un joven portentoso de melena por las orejas y con una gran capacidad atlética.  Había llegado sin hacer mucho ruido.

Todo empezó por un amistoso que jugaba Atlético Nacional ante Deportivo Merlo, en el que el cuadro antioqueño se quedó con sus dos arqueros lesionados. Los argentinos les prestaron a Franco, un portero desechable que terminó el partido dejando tan buenas sensaciones que decidieron llevárselo para Medellín. 

En el club paisa sería el tercer arquero, por detrás de su compatriota Gastón Pezzuti, consagrado en el arco, y de Luis Enrique Martínez, un portero cambiante con atajadas deslumbrantes un domingo y errores de novato al siguiente. Apenas jugó dos partidos en el torneo colombiano en ese 2010: la derrota 3-0 con Deportes Tolima y la victoria 3-1 sobre Equidad. Cuatro goles en 180 minutos para el que la hinchada veía como un guardameta normal.

Y sí, a veces en la vida toca ser normal antes de brillar, de que la espectacularidad sea un sinónimo del apellido. Franco Armani sufrió en las vacaciones de esa temporada, cuando regresó a Argentina a pasar las fiestas con los suyos, pero también con intenciones de no regresar jamás a Medellín. “Tenés un contrato y hay que cumplirlo”, le dijo su padre cuando vio la mirada al piso del hijo, cuando los ojos delataron las intenciones. Ambos se subieron al avión y así todo fue más fácil para Franco.

Lloró, y mucho. Por la manera tosca en la que la vida, a punta de lesiones y pocas oportunidades, se encargó de mostrarle su lugar en el mundo. Recordó a su abuelo, un utilero de un club de pueblo en Casilda, al sur de la provincia de Santa Fe; también las rodilleras, las medias hasta sus pequeñas rodillas, los guantes gastados y los cordones de los guayos bien amarrados. “Yo voy a ser arquero de verdad, abuelo. Voy a ser como Ubaldo Fillol”. Su primer arco no fue un arco, fue el portón del garaje de la casa, donde su hermano menor lo ponía como en un paredón de fusilamiento para lanzarle pelotazos.

Franco y los entrenamientos aparte, Armani y la soledad en un deporte de conjunto, menos llevadera para quien debe aprender a convivir consigo mismo durante gran parte de un encuentro. A eso se sumó la presión del hincha, la siempre cruel impaciencia del aficionado que poco entiende de procesos y que exige inmediatez. El argentino no tapaba y la desesperación aumentaba. Luego vendría algo peor, la lesión de ligamentos cruzados, no sin antes tener unas cuantas oportunidades en las que los nervios obnubilaron la razón y, por ende, no pudo demostrar por qué había que tener confianza en él. Durante la recuperación no hubo voluntad, mucho menos ganas. Cuando tenía que ir a la sede del club llegaba tarde o se quedaba dormido. No quería saber nada de fútbol, así de simple, así de cruel, así de directo. Su pasión ahora era su karma.

Sin embargo, creer, la palabra más fuerte en su vocabulario y la que más repite cuando lo entrevistan, sirvió. Primero en un ser superior, para después volver a hacerlo en sí mismo. Se recuperó y de a poco fue tomado en serio; los minutos en cancha sirvieron como un bálsamo de nueva vida. Ya no fueron ocho ni dos partidos (2011 y 2012), fueron 14, después 21, más adelante 29, hasta llegar a 38 por Liga, sin contar los que disputó en Copa Colombia y en torneos internacionales.

Y con las atajadas, con su postura agazapada y su posición en punta de pies, fue cada vez más difícil hacerle gol. Llegaron los títulos, uno tras otro, la consagración en la Copa Libertadores de 2016 y el clímax de una carrera que muchos dieron por terminada. Ser un prodigio de paciencia funcionó, pues el que pocos querían, el que nadie recordaba, ahora es el arquero más importante de Atlético Nacional, el jugador más ganador en la historia del club, con 13 títulos, el ídolo que se hizo ícono en medio del desprecio, lo que lo hace más valioso.

A sus 31 años, confiando en que tenía la calidad para ser tenido en cuenta por la selección de Argentina, decidió partir. Acá era un desconocido, necesitaba irse a un equipo con reflectores para llamar la atención. Sus reflejos felinos, en seis meses, lo llevaron al Mundial de Rusia 2018. Lo terminó jugando, y hoy por hoy, es el portero titular de una de los países más poderosos del planeta.

Un año después de su marcha del equipo de sus amores, Franco Armani ha conquistado su segunda Copa Libertadores siendo una de las figuras de River Plate ante Boca Juniors, su rival histórico. Y lo que vale esa atajada que le hizo a Benedetto al final del partido de ida que quedó empatado 2-2 en La Bombonera: un título. 

Los límites son imaginarios y los pone la mente. En la de Franco no hay muros, peajes, nada. Solo sueños. Que hoy ha hecho realidad.