Gianluigi Buffon, el arquero que con sus atajadas se convirtió en leyenda

Luego de que Italia no lograra la clasificación al Mundial de Rusia, el capitán de la Azzurra conmovió al mundo con su llanto. Acá una breve reseña de lo que significa el portero de 39 años para el mundo del fútbol.

Buffon sumó 174 apariciones con su país en 20 años.EFE

Muchas veces hizo las cosas con la cabeza; otras, con las entrañas. Eso sí, todas con el corazón. Suntuoso en el arco, elegante fuera de la cancha, Gianluigi Buffon siempre sacó de su cuerpo el máximo rendimiento para evitar un gol. Desde los 12 años, cuando siendo un talentoso volante de creación decidió no mirar el arco de frente sino darle la espalda, custodiarlo, protegerlo. Su capacidad de invención descrestó, no sólo por lanzarse con facilidad para cubrir los siete metros y 32 centímetros de ancho que tiene la portería (él mide 191 centímetros), sino por entender que ser arquero va más allá de atajar; que estar sobre la línea implica arriesgarse al error, al escarnio, a ser juzgado sin compasión, de manera displicente, a ser odiado.

Pero Buffon hizo tan bien las cosas, se equivocó tan poco, que fueron más los elogios que las críticas, más las retribuciones a las agallas de pararse bajo los tres palos, al instinto de achicar al delantero que entra al área con pelota dominada, a estar dispuesto a todo. A ponerle la cara al balón, el brazo, la panza, lo que sea con tal de librarse de una anotación. Uno de los italianos más queridos en la posición más solitaria, con la disposición de aceptar los golpes, con la voluntad de hacer cosas grandes. Liderazgo forjado con los años, con tapar muchas pelotas, con su actitud infatigable, con esa idea de que en Italia nada es imposible.

Con esa consigna lo criaron, con esa frase se educó, con esas cinco palabras fraguó una carrera en la que la redención máxima fue levantar el trofeo de la Copa del Mundo en 2006. Nunca importaron los dedos torcidos, tampoco los raspones en las rodillas, mucho menos los morados en los brazos. Defender la camiseta de su país (174 apariciones) valió el sacrificio de un hombre que dejó de ser un simple arquero para convertirse en un mito, no sólo en Italia: en todo el mundo. Atrás quedó la idea de emular a Dino Zoff, el portero que no necesitaba estirarse para ser el mejor, el que defendió la valla de la Azzurra con 40 años en el Mundial de España 82 (fue campeón en esa edición).

Su primera Copa del Mundo fue en Francia 98. La última: Brasil 2014. Desde la atajada a Álvaro Recoba en un partido entre Inter y Parma, cuando desafiando las leyes de la física literalmente voló para interponer su mano derecha entre la pelota y el ángulo (el balón iba a 124 km/h), hasta atenazar el balón en un tiro de esquina contra los suecos el pasado lunes, estirando sus brazos en medio de un montón de cabezas, con la clarividencia que sólo respalda la experiencia.

Gianluigi, apodado Gigi en su colegio no como abreviatura a su nombre, sino por sus orejas grandes similares a las del Topo Gigio (un ratón de la televisión), el hombre que tuvo la valentía de admitir que era ludópata y que había malgastado más de dos millones de euros en apuestas, ahora tiene el coraje de reconocer que su tiempo ha pasado, así muchos queramos que se extienda, que tape otra década más, que siga enseñándonos que el fútbol no es sólo táctica y técnica, que también es caballerosidad, que va más allá de la pelota, de los goles, de la emoción. Que el deporte es el reflejo de lo que somos o, mejor, de lo que podemos llegar a ser. Buffon no ha dicho adiós, pero es cuestión de tiempo para que lo haga. Ya dependerá de los italianos la manera de despedir a uno de los arquerosm más grandes de la historia.