Maradona, el conspirador político

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Del futbolista se ha escrito mucho, pero no del jugador cercano a las mieles del poder y a las trampas de la política.

El calificativo de “conspirador” para definir uno de los matices de la personalidad de Diego Armando Maradona se lo oí al gran escritor mexicano Juan Villoro. Habíamos hablado del futbolista hecho mito, pero me interesó más su punto de vista cuando resaltó al “gran liberador de emociones”, casi siempre más negativas que positivas, y al manipulador de “tesis conspiratorias” fuera de la cancha.

Ese es el Maradona que estuvo en Bogotá en abril de 2015, el personaje en “sus años declinantes”, valiéndome de palabras de Gay Talese, el cronista autor de El silencio del héroe, compendio de perfiles de las leyendas del deporte estadounidense lejos de los estadios y de la gloria, cuando volvieron al mundo de los mortales.

En su libro Dios es redondo Villoro escribe: “El mayor desafío psicológico del futbolista es la distancia que separa la cancha del resto del mundo”. En su opinión, “Diego fue de una humildad ejemplar en la isla del césped; fuera de ella, estalló como una dramática supernova”. Detengámonos, ya no en sus probados méritos futbolísticos, ni en su adicción a las drogas, sino en cómo descubrió que la política también podía ser su campo de juego.

Lo primero es su personalidad. Tras su retiro, en 1997, “no aspiró a una resignada forma del más allá deportivo: abrir un restaurante argentino”, opina Villoro. No. Maradona y el recato son antónimos. Buena parte de sus voluminosos 1,62 metros de estatura le hacen honor a un ego colosal sin una pizca de lo “increíblemente ingenuo” que, según Talese, era el boxeador Joe Louis, quien en 1960 aceptó hacer relaciones públicas para Fidel Castro porque pensaba que “es mucho mejor para el pueblo cubano que la United Fruit Company”. Pues el argentino fue amigo del dictador cubano dos décadas, promovió su discurso revolucionario, pero a cambio vivió como rey en la isla.

Maradona sí tenía algo de la sagacidad política del boxeador Muhammad Ali, quien también se acercó al dictador, paseó con él en limusina por la isla comunista y compartió tabacos Cohiba, como los que Diego llegó fumando hace cinco años a Bogotá. La dirigente política Piedad Córdoba lo recibió en medio de su ignorancia futbolística, pero con la alegría de contar con el personaje que le hacía falta para su movida política, con el cuestionado proceso de paz como trasfondo. Y Diego lo aceptó: “Soy una pieza más”.

Para hacer un viaje a los vaivenes de la condición humana hay muy pocos personajes como Maradona; por su narcisismo, su franqueza y, en especial, por esas declaraciones impulsivas, políticamente incorrectas que lo proyectaron, para bien o para mal, como protagonista político en América Latina.

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¿Cuál es el origen de esa faceta maradoniana? Es similar a la del campeón Ali, el negro bocón y sin derechos civiles de Louisville que obsesionó al escritor Norman Mailer, porque el niño prodigio de Villa Fiorito también creció entre carencias, marginado. “Yo pasé mucha hambre de chico”, dijo en la rueda de prensa en el Hotel Marriott. La explicación de su indignación creciente alimentada por el poder del hombre que movía masas.

Ali se negó a combatir en Vietnam y se transformó en símbolo contra el racismo, Maradona por convicción se hizo discípulo del Che Guevara, se lo tatuó en el brazo, se declaró abanderado de los “ninguneados” de la América Latina de Eduardo Galeano, se matriculó, sin medir implicaciones, en la izquierda y se apoyó en su “mano de Dios” para hablar hasta de los derechos argentinos sobre las islas Malvinas.

Villoro piensa que para aproximarse a esa mente partidista hay que visualizar a “sus confusos ídolos cívicos”: más que el peronismo, el guevarismo que ratificó en Bogotá luciendo una gorra con el rostro del Che junto a la de él. También Fidel Castro, Carlos Saúl Menem y el movimiento justicialista. Su alma política se aferró al castrismo desde que Cuba se convirtió en el paliativo ideal para sus adicciones y, a cambio, condenó el bloqueo norteamericano y aseguró que la historia de América Latina está mal contada porque esa revolución no fue bien valorada. Después se refugiaba en una suite con aire acondicionado o se iba a jugar golf.

¿Era militante real cuando hablaba de Cuba? ¿Cuando respaldó el socialismo del siglo XXI de Hugo Chávez en Venezuela? ¿Cuando invitó a Piedad Córdoba a su programa De Zurda, en Telesur, para hablar de justicia social? ¿Cuando vino a Bogotá para ser “el Diego de la paz”, aunque en cada aparición mediática estuvo más preocupado por mostrar la marca Puma en gorra, camiseta, chaqueta y pantalón? Responde Villoro: “El hombre que necesita jet privado para contradecir la historia oficial difícilmente puede ser calificado de izquierdista, y, sin embargo, en Diego hay una faceta rebelde, anárquica, que lo aparta de los divos y lo acerca a la fanaticada. El Pelusa es un guevarista tribal. Colóquenlo en un chalet de lujo y parecerá que está ahí de campamento”.

Él dijo en el Marriott que por la paz y contra el hambre también ha ido y seguirá yendo a hacer partidos benéficos a África. Durante la rueda de prensa, detrás de Maradona y Piedad Córdoba, que lucía una chaqueta del movimiento Poder Ciudadano, estaban las pantallas de Telesur, canal que le pagaba por lo que Villoro llamó un “folletín de excesos”. Maradona descubrió que la televisión era su más efectiva tribuna política.

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Otro punto de referencia, evadiendo la eterna discusión de si fue mejor 10 que Pelé, es que las actitudes políticas del argentino fueron la antítesis del brasileño: “El ídolo dócil, manipulado por el sistema, incapaz de levantar la voz”, así descrito en Dios es redondo. Pelé fue ministro mientras Maradona jamás aceptó un puesto público y lo pensó mucho antes de equivocarse ejerciendo el derecho a ser vicepresidente de su amado club Boca Juniors.¿Quién imaginaba a Maradona como activista transnacional? Ni siquiera Villoro, porque en sus escritos apenas le otorga “la compensatoria posteridad de los escándalos noticiosos: sus declaraciones locas, sus tratamientos contra la droga, su imagen terrible y cautivadora”. Y se salía con la suya como si tuviera el balón bajo la zurda, regateando entre lo que le dejó el fútbol, su imagen de valla publicitaria y los favores del mundo del poder. Sin superar los vicios de la desmesura, desde la política alimentó su leyenda y se dio más potencial autodestructivo. A pesar de que muchos lo veían como un ser elemental, es evidente que entendía mejor que muchos el mundo globalizado y la manera de utilizarlo a favor de su nombre como marca comercial, al tiempo que hacía política por acción u omisión.

Los resume su imagen de febrero de 2014: se declaró “soldado” chavista vestido con una camisa roja que tenía cosidas la bandera venezolana sobre un hombro y la argentina en el otro. Y en el pecho le habían bordado, a la izquierda, “Maduro presidente” y, a la altura del corazón, “Chávez comandante” y “Cristina K 2015”. Jorge Valdano, su amigo del Mundial México 86, advirtió: “Se escucha a Maradona como si también opinara con el pie izquierdo”. Así no lo admita en sus libros, Diego tenía la mayoría de “los once poderes del líder” que pregona Valdano. Saltan a la vista en el documental que le hizo Emir Kusturica en 2008.

Odiado o amado, Villoro decía que “todo es posible para Diego” gracias a la “contagiosa locura del fútbol”. Gústenos o no, se ganó un lugar en la historia. Si a Muhammad Ali lo subieron al pedestal junto a Martin Luther King y Malcolm X, muerto Maradona, ¿con quién compartirá purgatorio político?

*Versión de texto publicado en www.elespectador en 2015.

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