Un Barcelona agonizante

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El Barcelona cayó humillado en la Champions League 1-4. En 2018, perdió 3-0 en Roma tras haber ganado 4-1. En 2019, cayó 4-0 en Liverpool tras un 3-0 a favor. En 2020, 8-2 ante el Bayern Múnich. Es la historia de un equipo que agoniza desde que levantó la Champions en 2015.

En 2017 ya había perdido 4–0 en París. Pero entre el susto del PSG y algún penal dudoso, remontó para luego caer humillado 3-0 por la Juventus. Todavía estaba Neymar. No fue la salida del brasileño lo que mató al Barcelona, fue la llegada de Bartomeu como presidente en 2015.

Bartomeu llegó a la presidencia en 2014, tras la renuncia de Rosell acorralado por problemas judiciales. En 2015 ganaron la Champions. Entonces los electores catalanes no vieron lo que sí vieron los del Madrid en 2000. Aquel año se presentaban a las elecciones Lorenzo Sanz, ganador de dos Champions (1998 y 2000), y Florentino Pérez. Quienes vimos a ese Madrid campeón en el 1998 y en el 2000 recordamos un equipo de juego pobre. El todopoderoso blanco llevaba tres años sin ganar la liga y estuvo a un paso de quedarse fuera de la Champions League.

Uno de esos trofeos, ganados con más garra que fútbol, lo salvaron de la humillación de tener que jugar un torneo menor en Europa.

En 2015 el Barcelona aún reinaba en España (y Europa) gracias a un tridente, del cual alguna vez dijo Piqué: “Es increíble que dejen jugar en un mismo equipo a Neymar, Suárez y Messi”. Sin embargo, el equipo vivía ya del legado dejado por el gran equipo de Guardiola. No había nadie capaz de entender que es más fácil renovar cuando se está arriba que cuando se está abajo.

Los años no pasan en vano, y si en España aún lograban triunfar, si Messi aún marcaba diferencias, Europa, año tras año, les decía que lo que tenían era insuficiente. Cada año había menos que el anterior. Messi es, después de Pelé, lo más grande que pisó un campo de fútbol. Contra ciertos rivales, logró mantener al cuadro azulgrana con sus goles. Pero en ninguna de esas derrotas europeas vimos salir a un Messi de fútbol glorioso. Es más, en ninguno de esos partidos vimos a Messi. Como pasó con el Napoli de Maradona en las dos Copas de Europa que jugó, para derrotar a los más grandes, se necesita más que un genio del balón.

Entre tanto, Bartomeu derrochaba plata, sin ton ni son, sin plan, sin estrategia, sin ideas. Bartomeu es a Rosell lo que Maduro a Chávez. A un mal presidente siempre lo puede suceder uno peor. La receta perfecta para hundir a un gigante.

Messi se irá. Ya sus mejores años pasaron, pero como complemento en un equipo armado, será aún decisivo. De paso, la lenta muerte del Barça habrá concluido. Tendrá que renacer de las cenizas. Bien llevados serán cinco años. Hasta que llegue un nuevo Ronaldinho.

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