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5.422 segundos de suspenso: El partido de Alemania y Colombia en el 90

El gol de Freddy Rincón y un método táctico que Maturana propuso para derrotar a la selección germana

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Manuela Bernal Serrano
12 de mayo de 2014 - 09:17 p. m.
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Era el 19 de junio de 1990, un día en que un puñado de colombianos volvería a ser portada de los diarios más importantes del mundo. Once nacionales salieron al campo en Italia, para disputar un juego todo-por-el-todo en el que Colombia se jugaría el paso a la siguiente fase del Mundial ante Alemania.

Los favoritos, dirigidos por el campeón, el Franz ‘el Kaiser’ Beckenbauer, pensaban que con Colombia todo sería fácil. Los nacionales no habían hecho el mundial soñado, todavía demostraban problemas defensivos y las individualidades de Alemania parecían muy superiores a las colombianas.

Pero Maturana tenía un plan, que no consistía de talento individual con la pelota, sino en un modelo táctico que le impidiera a Alemania desarrollar el buen juego y le permitiera a Colombia acercarse con peligro al pórtico germano defendido por Bodo Illgner.

Fueron 88 minutos en vela que los colombianos tomaron como un triunfo, el tiempo pasaba lento y la pelota cuando la tenían los alemanes parecía que tendrían una jugada de gol. El Espectador, en su edición impresa del 20 de junio de 1990 relató: “Fue simple: un pase en profundidad de Voeller, el esférico a Littbarski y, de sus pies, fulminante al arco. Simple y contradictorio: golpe seco en el alma de los colombianos.”

Valdano, en el especial del miércoles interpretó que los jugadores colombianos habían entendido ese gol como cuando los jóvenes jugaban en las calles y la mamá del dueño del balón le pedía a su hijo entrar a la casa y alguno de los jugadores decía “el que meta el último gol, gana”. Así, el Pibe Valderrama y el resto de jugadores colombianos entendieron que debían hacer el último gol para ganar.

“Cuando, de pronto, aparece el milagro desde los pies de Valderrama: un excelente pase que Freddy Rincón ejecutó perfectamente. Por entre las piernas del orgullo alemán, bajo el balón fue a la malla. Fue la resurrección.”, decía la redacción deportiva de El Espectador.

Así fue cuando se escucharon los disparos al aire, la música a todo volumen, los carros tocando la bocina, la gente cantando y celebrando.

Parecía la final de un campeonato mundial que Colombia había acabado de ganar, y no fue menos, los de Maturana habían empatado con Alemania, la selección campeona de Italia 90.

Los trancones no desesperaron a la multitud que se tomó las calles de diferentes ciudades y pueblos del país para convertirlas en pistas de baile y espacios de recreación que parecían hubieran sido atacadas por una gran nevada que pintaba todo de blanco.

Algunos dicen que fue tanta la celebración que se llevó a cabo en Colombia, que hasta los venezolanos escucharon y salieron a festejar con los colombianos residentes en ese país. Por eso, se titulaban las notas que llegaban de la celebración en Venezuela como “Victoria de la hermandad” donde la vino-tinto de la selección venezolana se cambió por la amarilla o roja que representaba a Colombia.

Días antes, Maturana declaraba en los medios “Alemania es un equipo fuerte en ataque, sin probar en defensa”, lo que dejaba ver lo que sería la estrategia colombiana. Por eso, luego de terminado el juego, los espectadores y periodistas calificaban en sus hojas de diarios “Colombia jugó un partido de maravilla. En táctica, cumplió una función que puede calificarse con 9.9 –no 10, por el error que significó el gol alemán.”

Colombia pasó a la siguiente ronda del Mundial, una hazaña que todavía no supera ninguna selección, y a pesar de lo que los hinchas en el país creían que sería el despegue de la selección, que podría llegar más lejos, en el siguiente partido, fue derrotada por Camerún 2-1 en tiempo complementario.

Higuita pasó como un héroe y un villano, más recordado como el hombre que eliminó a Colombia del Mundial, pero el tercer mejor arquero de todo el campeonato, superado sólo por el camerunés Thomas N’kono y el argentino Sergio Goycochea.

Por Manuela Bernal Serrano

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