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Tan sólo un minuto en cancha necesitó Baldomero Perlaza para marcar el gol más importante de su carrera y uno de los más significativos para Independiente Santa Fe a lo largo de su historia. El cuadro cardenal perdía 1-0 ante Sportivo Luqueño en el juego de ida de la semifinal de la Copa Sudamericana y el tanto del empate fue convertido por el futbolista tulueño, quien la primera vez que tocó la pelota fue para rematar al arco e igualar el marcador 1-1. En el juego de vuelta, en el estadio El Campín de Bogotá, Santa Fe no logró hacer goles y fue ese tanto de Perlaza en condición de visitante el que le permitió llegar a la gran final. US$550.000, el premio por haberse metido entre los dos mejores del continente, y si llega a ganar la Copa ese premio aumentará a US$1,2 millones. El tanto de Baldomero se valorizó como la perla más valiosa.
En el barrio Los Chiminangos de Tuluá creció este jugador, quien desde los cinco años jugó fútbol junto con sus amigos de la cuadra. A su mamá, Rosalina Perlaza, era a la que le tocaba ir a llamarlo para que se entrara a la casa cuando comenzaba a oscurecer, claro que ella misma fue la que siempre lo apoyó con su idea de ser futbolista profesional. En los diferentes parques del barrio armaban banquitas y se apostaba la gaseosa. “Era por una gaseosa, pero pareciera que era por la vida. Nadie quería perder”, recuerda Baldomero, quien desde muy joven comenzó a entrenar en la Escuela Sarmiento Lora.
Claro que el estudio lo hizo parar su rápido proceso. Los entrenamientos comenzaron a cruzarse con el estudio y su mamá lo obligó a darles prioridad a los cuadernos y libros antes que a la pelota. Tuvo que retirarse por unos meses de las canchas, pero luego consiguió entrar a la Escuela Porvenir en Tuluá, en donde no le interfería el fútbol en su proceso académico.
“Morocho -le dijo su mejor amigo en medio de una función del circo- le tengo una noticia. Lo quiere el Cortuluá. El profe lo está esperando para contarle todo”. Baldomero incrédulo creía que lo estaban molestando, pero al llegar a su casa lo estaba esperando el profe Álex para contarle que debía ir al otro día a unas pruebas en el Cortuluá. Aunque tenía que presentarse a las 8:00 a.m., a las 4:00 a.m. se levantó y a las 6:00 a.m. ya estaba listo en las canchas. Llegaron más de 100 jugadores de todo el Valle y sólo cuatro fueron elegidos. En ese momento Baldomero jugaba de 10, pero a los 15 años, cuando debutó como profesional en el primer equipo, dirigido por Diego Barragán, empezó a jugar como volante de marca. “Me dijo el profe que lo que necesitaba en ese puesto era destruir, entregarle la pelota al primero que viera y, lo más posible, jugar siempre para adelante”, le cuenta Baldomero Perlaza a El Espectador.
En 2010, cuando Cortuluá había regresado a la A, llegaron varios jugadores experimentados y él pasó a ser el capitán del equipo Sub-20. Pero más adelante fue prestado al Atlético Huila, equipo en el que jugó por dos años y conoció a su esposa Eliana Marcela, quien hoy en día está embarazada y en los próximos meses dará luz a Valeria, la primogénita de Baldomero, que nacerá en la capital del Huila. Pasó al Cúcuta y tras destacarse fue visto por Santa Fe. En el segundo semestre de 2014 el cuadro cardenal enfrentó al equipo motilón y Gustavo Costas quedó encantado con su manera de jugar. Le impresionaba su despliegue físico, temperamento y juventud. “Recuerdo que después de ese partido intercambié camiseta con Jéfferson Cuero. Cuando llegué a mi casa me puse la camiseta de Santa Fe, y José David Lloreda, quien vivía conmigo, me dijo que se me veía muy bien esa camiseta”, cuenta Baldomero. A los pocos días recibió una llamada del presidente del Tuluá, diciendo que en enero debía presentarse en Bogotá para firmar como jugador del equipo bogotano.
Al llegar a las oficinas del club, Agustín Julio le entregó la camiseta 14, la misma que usaron jugadores como Adolfo el Tren Valencia o Fredy Rincón. Le habló sobre la historia del equipo y le avisó que dependía de él quedarse mucho tiempo. “Llegué a una familia, un grupo unido y que vive feliz”, asegura. A los seis meses Santa Fe le compró la totalidad de los derechos al Tuluá y pasó a ser un patrimonio de la institución cardenal.
El día más difícil como jugador del equipo albirrojo fue cuando marcó un autogol en el juego de vuelta de los cuartos de final de la Copa Libertadores de este año, ante Internacional de Porto Alegre. Con el empate se irían a penales, pero desafortunadamente faltando pocos minutos para el final, tras un tiro de esquina, Baldomero quiso rechazar de un cabezazo y el balón entró en arco propio. “Yo me quería morir. Luego salimos a vacaciones y duré varios días callado y aburrido. Pero poco a poco me fui calmando y lo vi como un aprendizaje”, afirma el tulueño de 23 años, quien unos meses más adelante anotó el gol más importante en su carrera y el más representativo para Santa Fe, hasta ahora, en torneos internacionales. “Soy joven, sé que tengo muchísimo más por dar y lograr”, dice. Su sueño es jugar en Europa como su ídolo y referente, el marfileño Yayá Touré, al que define como “un jugador potente, con una gran técnica y facilidades para desarmar y crear juego”.