La crisis reciente de la selección de Brasil, tras otra decepción en el Mundial de Catar 2022, no pasa solo por los resultados deportivos. En el corazón de la verdeamarela hay un vacío de identidad: el fútbol que representa hoy a la canarinha está cada vez más alejado del modelo que la llevó a ser pentacampeona del mundo. Los brasileños, históricamente orgullosos de su estilo alegre, creativo y ofensivo, ahora miran con extrañeza un equipo que parece haber perdido su alma en busca de una modernización que no termina de funcionar.
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El último superclásico sudamericano contra Argentina, en marzo, terminó por sentenciar ese presente: el 4-1 en contra fue uno de los golpes más duros para un equipo que desde hace varios años no encuentra su rumbo. Mientras su máximo rival se consolida como la mejor selección del mundo y candidata firme a ser nuevamente campeón, Brasil pelea con angustia por asegurar un cupo al Mundial de 2026, que se disputará en Norteamérica. La distancia entre el Brasil que dominaba el fútbol mundial y el actual es más grande que nunca.
Y aunque muchos se preguntan por qué Brasil no imita el camino de su archirrival, lo cierto es que los brasileños han optado por una vía radicalmente distinta. Dorival Júnior ya se marchó y se da como un hecho que Carlo Ancelotti abandonará el Real Madrid para firmar como nuevo seleccionador de Brasil. El técnico italiano dejará el club blanco en junio y estará al frente de Brasil en las Eliminatorias Sudamericanas, una expedición que le faltaba a su ilustre carrera. Como parte del acuerdo, el Real Madrid mantendrá su salario hasta final de año y lo nombrará embajador vitalicio. Además, será la primera vez en la historia que Brasil contrate a un entrenador extranjero.
¿Es esta la opción más lógica? Si Brasil busca reencontrarse con la identidad que lo hizo cinco veces campeón mundial, ¿tiene sentido confiar su destino a un entrenador italiano? ¿No resulta irónico que, para recuperar su esencia, se elija un camino tan ajeno a sus raíces futbolísticas?
El reflejo de Argentina
¿Cuál fue el camino que permitió a Argentina conquistar su tercer título mundial? ¿Qué fue lo que verdaderamente recuperó la Albiceleste? Desde 2002, cuando Brasil ganó su última Copa del Mundo, hasta Catar 2022, pasaron 20 años en los que solo equipos europeos levantaron el trofeo. Los argentinos lograron romper ese dominio reencontrándose con su identidad futbolística, conocida como “la Nuestra”: un estilo basado en la gambeta, la improvisación, las paredes cortas y el juego libre, reflejo de la cultura criolla de los potreros. A diferencia del modelo europeo, centrado en el juego de posición y el orden táctico, Argentina apostó por la libertad creativa de sus futbolistas, potenciando sus talentos naturales bajo la conducción sensible y pragmática de Lionel Scaloni.
Durante años, Argentina había intentado copiar modelos europeos, perdiendo su esencia y cosechando fracasos. Sin embargo, Scaloni y su cuerpo técnico, con figuras clave como Pablo Aimar, lograron romper esa tendencia: construyeron un equipo que, sin renunciar a herramientas modernas como la presión alta o la flexibilidad táctica, mantuvo vivo el ADN histórico argentino. El equipo logró una conexión genuina entre jugadores, cuerpo técnico y público, que fue fundamental para alcanzar la estabilidad y la confianza necesarias para superar momentos críticos.
“La Nuestra” no solo define la esencia futbolística argentina frente al modelo europeo, sino que también fue la clave de su resurgimiento. Scaloni supo recuperar y adaptar esa identidad a las exigencias del fútbol contemporáneo, consiguiendo así un equipo competitivo pero fiel a su espíritu. El triunfo de Argentina en Catar fue más que un título mundial: fue una reivindicación cultural de su forma de entender el fútbol, un espejo en el que Brasil no pudo evitar mirarse... aunque, al final, terminó eligiendo otro camino.
El espejo quebrado: con Ancelotti, Brasil buscará su camino
En un primer momento, tras el Mundial de Catar, Brasil se sintió tentado a seguir la senda de su vecino. Era un debate ardiente en todo el país: “¿qué perdimos nosotros que ellos lograron recuperar?“. Por eso, tras la salida de Tité, fue nombrado Fernando Diniz como seleccionador, un entrenador que desde su paso por Fluminense encarnaba la idea de un fútbol creativo, emotivo, menos rígido que las propuestas europeas. Sin embargo, el experimento no cuajó: los malos resultados y la falta de tiempo terminaron por condenarlo.
El Jogo Bonito, aquel estilo que hizo de Brasil la patria del fútbol arte, combinaba alegría, improvisación, gambeta y ritmo, y contrastaba con la rigidez del fútbol europeo. Inspirado en el baile y la capoeira, fue durante décadas el sello distintivo del pentacampeón. Pero, poco a poco, esa esencia se fue diluyendo. Las coronas de 1994 y 2002, si bien mostraron destellos de talento, fueron más pragmáticas que artísticas. El mundo descubrió, con decepción, que el Brasil que había enamorado a todos fue perdiendo el alma que lo distinguía.
Sin un proyecto claro ni un liderazgo firme, Brasil ha divagado en los últimos años. Sin el respaldo paciente que Argentina le dio a Scaloni, por ejemplo, la selección verdeamarela ha cambiado de entrenador varias veces sin encontrar respuestas. La elección de Ancelotti representa un quiebre histórico: por primera vez, Brasil apuesta por un DT extranjero de talla mundial. Se trata de uno de los entrenadores más exitosos de la historia moderna del fútbol, y además, del estratega que supo sacar la mejor versión de su gran estrella: Vinicius Jr., en el Real Madrid.
El debate en Brasil es intenso: ¿cómo recuperar el alma del Jogo Bonito de la mano de un entrenador italiano? Aunque Ancelotti no represente el catenaccio clásico, su perfil de gestión emocional y pragmatismo dista mucho del estilo que alguna vez definió a Brasil. ¿Es Ancelotti la respuesta? Guste o no, ya es un hecho consumado. El italiano tiene ante sí la posibilidad de coronar su legendaria carrera con el único título que le falta: el Mundial de Fútbol. Hasta ahora, ningún entrenador extranjero ha logrado ganar una Copa del Mundo con una selección distinta a su país de origen.
Para el Mundial de 2026, no será el único: Thomas Tuchel también dirigirá a Inglaterra en busca de un desafío similar. Con una diferencia, en el pasado, los ingleses ya lo intentaron con Fabio Capello. Así, Brasil está dispuesto no solo a romper el espejo de Argentina, sino a desafiar un paradigma histórico en el fútbol mundial. La apuesta es arriesgada. Pero en el fútbol, como en la vida, a veces hay que romper los moldes para volver a soñar.
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