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A menos de cien metros, en frente de la Santamaría, y en un apartamento rentado para la ocasión, Mariano Cruz Ordóñez espera que la luz del amanecer del domingo interrumpa su descanso. Lleva una semana con la plaza de toros como almohada y tal vez como cómplice de sus sueños. Sueños que más parecen recuerdos. Recuerdos de tantas y tantas sensaciones vividas en el camino del toreo. Un camino de rosas y espinas, que lo han forjado como hombre y como persona.Por eso, cuando cierra sus ojos, por su mente inconsciente no pasan imágenes futuras. Por ejemplo, un lance, este domingo, en el ruedo de la Santamaría a un toro de Achury Viejo. Solo pasan imágenes del pasado. Como esa cuando era niño y veía el vestido de torear de su padre, Mariano Cruz, lleno de varetazos luego de una tarde de toros en su natal Riobamba (Ecuador). O aquella capea en Villaconejos, Cuenca, a donde alguna vez fue desesperado, con el hatillo al hombro, en busca de un toro que no veía cuando las novilladas para los alumnos de la escuela de Madrid no llegaban. O más aún, aquella noche en Tafalla, Navarra, en la que fue a buscar la embestida de un toro en la soledad del campo de una ganadería española, con la luz de la luna como único testigo. Y el hambre. Esa que calmaba con las monedas de las viejas pesetas que le tiraban en las capeas del llamado 'Valle del terror', cuando había podido pegar un lance a un toro de más de 600 kilos. "Son historias de esas románticas -dice Mariano-.Lamentablemente ya cada vez quedan pocas. Los toreros hoy se hacen de otra forma".Esos son los sueños de Cruz Ordóñez. Un torero que ha hecho de su vida un sueño. Y su mejor sueño es ponerse un vestido de luces para poder torear, porque dice, "el toreo es el único sueño que de verdad me hace sentir vivo. El único sueño real".Nacido en Riobamba (Ecuador), hijo de torero, Cruz Ordóñez se formó en la Escuela de Madrid, donde llegó en 1991 con apenas 14 años. Hace nueve que se hizo matador de toros, en Quito, y desde entonces goza en su país de un cartel de torero artista, puro y de inspiración. "Me cuesta trabajo decir que es el toreo. El toreo solo lo entiendo haciéndolo. El toreo conserva lo más puro de la vida, que es el sentimentalismo. Cuando mejor es el toreo, es cuando te dejas llevar por los sentimientos", dice Mariano. Los sentimientos de Cruz Ordóñez han salido muchas tardes al ruedo. Pero, quizás, la tarde del 2 de diciembre de 2004, en Quito, es la que más ha trascendido. Ese día se llevó el trofeo del Jesús del Gran Poder, gracias a una faena que pocos aficionados han podido explicar. Ni siquiera Mariano, quien no recuerda con claridad lo que sintió ante un toro de Huagrahuasi. "Se me desaparece todo, cuando más bonito siento el toreo es cuando desparece toda la intención. Cuando sale, cuando surge. Desaparece la mente, la razón, todo. Sientes, claro que sientes. Pero cómo me gustaría saber cómo fue aquella tarde. Es una conciencia inconsciente. Pasó, simplemente. Ese día no hubo intención, ni pensar ahora hago este pase, y luego el otro. Sino todo lo contrario, pasó, no sé cómo, y ya está. Sin explicación. Siempre que he estado bien es cuando han desaparecido las intenciones".Este domingo en la Santamaría, cuando Mariano confirme su alternativa, solo quiere que 'pase algo'. Y por eso, el miedo, que con el pasar de las horas, crece en su interior, no es al toro, ni al público, ni a eso que los toreros sueles llamar "responsabilidad". El de él es un miedo a no torear, es decir, a no poder expresar las sensaciones que siente cuando lidia un toro. "Miedo, claro que lo hay. Miedo a no poder vivir. A que todo lo que deseo sentir en la plaza no lo pueda hacer. Ese es mi mayor temor. Me asusta tener tanta necesidad de ser torero, y quisiera que todo fuera más natural. No tener esa necesidad que me contraten el próximo domingo, pero necesito que me contraten porque quiero torear y quiero que me contraten en todas las ferias de Colombia. Sé que para eso solo tengo que triunfa