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Al filo de lo sublime, si es que de pronto no lo fue. En los límites de lo inolvidable, si es que ya no lo es. Y sí, en los terrenos de lo majestuoso. Así, sin que le sobre nada y a lo mejor faltándole algo más, el toreo vino de arriba, para, vestido de tabaco y arte, regalar una tarde para la historia.
Y, claro está, uno ya no se sabe con qué quedarse. ¿Acaso con esa faena hecha a la medida de la verdad de José Tomás, en el segundo de la tarde, que no terminó en trofeos, pero que hizo huella en los archivos de la Santamaría?
¿O con el arte puro de Manzanares, ese de los muletazos que tienen comienzo y luego viajan hasta el infinito para obligar a preguntarse por esas otras leyes físicas que rigen sus trazos, leyes suyas que navegan entre el asombro y la inverosimilitud?
Difícil de elegir. Mejor, tratar de volverlo a vivir. Para comenzar, una corrida seria del maestro Rincón. Toros, casi todos, con cara y con cuajo. Ahora bien, algunos tuvieron más motor que otros, y hubo aquellos que rompieron, luego de darles espera y rociarlos con fe.
Aquel de José Tomás del que hablamos, se dejó sobar y llevar por la mano suave pero firme del de Galapagar. Mandó el torero y creyó el toro en ese mandato para, después del meridiano de la faena de muleta, meterse a disfrutar con los naturales que en dos tandas de postín pegó Tomás. Eso, antes de que lo llevara por esos terrenos que no pueden ser pero que son, con sus carnes de por medio. La espada no entró. Ovación tras aviso.
El otro, el quinto, no podía. O decía no poder. Pues bien, ahí ladrillo a ladrillo, costura a costura, pieza a pieza, el maestro montó, cosió, encajó la faena para hacer de la nada un todo macizo. Cuánto trabajo en tan poco tiempo. Cuánto poder en apenas un toro. Dos orejas y locura en la plaza.
Antes de eso, el corazón tuvo que soportar una faena artista de José María Manzanares, en la que todo fue temple y lentitud. Ese reloj de Manzanares cuenta los segundos al revés. Como en ese circular invertido, cuando puso a girar al noble toro de Las Ventas, con la extensión de un cambio de mano, en un muletazo interminable y firme. Manzanares se rompió con el toro y la plaza con él, en esas salvas que hicieron de su vuelta al ruedo, con las orejas en la mano, una de las más clamorosas que se recuerden aquí. Vuelta al ruedo al toro.
El sexto, bravo y encastado, plantó pelea y puso la emoción en el techo de la plaza. Manzanares se paró y sacó las tandas, partiendo del ritmo de su sapiente segundo muletazo. Tragó cuando hubo que tragar y corrió la mano no sólo cuando hubo que hacerlo, sino siempre. Una oreja.
Pepe Manrique demostró su importancia y su categoría. En el primero, flojo y con tendencia a las tablas, sacó dos excelentes tandas de derecha. En el otro, cuarto, un toro de gran calidad, pero con poca fuerza, logró encontrar la distancia para llevarlo y disfrutar de su embestida. Lo despachó con la mejor estocada de la temporada colombiana. Una oreja y el reconocimiento de que está para volverlo a ver al lado de los grandes, porque sabe y tiene con qué dar el tono.