Brasil, la tierra del fútbol, no volverá a organizar un Mundial. Las dos veces que lo ha hecho ha sufrido las peores frustraciones de su historia. Jamás sanará la herida que le dejó la vergonzosa derrota ante Alemania 1-7, en la primera semifinal del Mundial de 2014. Como todavía no ha sanado la que dejó la caída en la final de 1950, en el estadio Maracaná, ante Uruguay, frente a más de 200 mil personas.
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El escenario fue otro, el estadio Mineirao de Belo Horizonte, que pasó a la historia por ‘El Mineirazo'. Y no porque el equipo verdeamarillo fuera invencible, pues la de ese Mundial fue una de sus peores versiones, en parte por la desproporcionada carga emocional que asumieron sus jugadores, sino por la manera humillante y casi despectiva como Alemania lo pasó por encima, con cinco goles en apenas 28 minutos, varios de ellos de esos que se hacen solo jugando al microfútbol, con varios toques en el área y el arquero tirado en el piso.
Para los anfitriones, esa Copa Mundo de 2014, la misma que generó tantas protestas antes e incluso en los primeros días del evento, terminó de la peor manera. Una cosa es perder corriendo y luchando ante un equipo superior y otra irse goleado, sin haber mostrado argumentos futbolísticos y absolutamente impotente. En la cancha quedó claro que aunque contaba con el apoyo de 200 millones de personas, el scratch no tenía fútbol para lograr su sexto título, tras los que obtuvo en Suecia 1958, Chile 1962, México 1970 y Corea-Japón 2002.
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Alemania, en cambio, tomó venganza de la final de la Copa Mundo de 2002, cuando cayó 2-0 en la final. Con seriedad, orden y contundencia aguantó los primeros cinco minutos del juego, los únicos en los que Brasil pareció fuerte, y luego se hizo amo y señor del compromiso. Se puso arriba a los 11 minutos, con gol de Thomas Mueller, tras un tiro de esquina en el que inexplicablemente el bombardero quedó sin marca en todo el centro del área.
El golpe de gracia llegó a los 22, por intermedio de Miroslav Klose, quien con ese tanto llegó a 16 goles y se convirtió en el máximo artillero en la historia de los Mundiales, superando a Ronaldo, quien hizo 15. ¡Y en seis minutos los teutones hicieron tres goles más!, dos por intermedio de Tony Kross y uno de Sami Khedira.
A esas alturas muchos de los hinchas que habían cantado a todo pulmón el himno brasileño, chiflaban a su selección, más que por el resultado, porque no lograba reaccionar. Pero así como algunos se fueron del estadio, otros siguieron alentando, ya no al equipo destruido anímicamente, sino a los jugadores que con más corazón que fútbol, alcanzaron a ilusionar a sus seguidores con el título, sobre todo tras las victorias previas, sufridas eso sí, ante Chile, en octavos de final, y Colombia en cuartos.
Ese día, no pasó mucho en el complemento del partido. Brasil, con vergüenza, buscó el descuento a punta de pelotazos, mientras Alemania prefirió no arriesgar más y comenzó a pensar en la final, que disputaría cuatro días después ante Argentina, en el estadio Maracaná de Río de Janeiro. Claro que así, a media máquina, anotó dos tantos más, por intermedio de Andre Schuerrle.
Justo cuando los teutones marcaron el séptimo, los 58.151 espectadores que asistieron al estadio, todos con camiseta amarilla o blanca, se pararon de sus asientos y ovacionaron al equipo que dirige Joachim Low, al estilo de los hinchas argentinos tras el 0-5 ante Colombia, en Buenos Aires, en 1993. Vinieron después los oles. Brasil marcó el tanto de la honrilla por intermedio de Óscar, en el minuto 89.
Ni el más pesimista de los brasileños y menos el más optimista de los alemanes podría haber pronosticado un desenlace así. La selecao chiflada, en el medio del terreno de juego y sus jugadores cabizbajos y humillados, con el técnico Luiz Felipe Scolari a su lado. La derrota, pero sobre todo la forma, fue baldado de agua fría para un país que además estaba en plena campaña electoral y sumido en una profunda crisis social.
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Después de esa derrota, el balompié brasileño se ha ido reinventando. Entendió que no solamente debía tratar de volver a jugar bonito, sino también de ser competitivo, de recuperar el prestigio, ya no solo perdido, sino pisoteado. Lo hizo con un nuevo entrenador, Tite, con quien cabalgó la eliminatoria al Mundial de Rusia 2018, pero no superó los cuartos de final tras caer ante Bélgica. Sin embargo, ya se veían un equipo sólido, con una idea clara de juego y un estilo más parecido al que siempre tuvieron los scratch. De hecho, el año pasado ganó con autoridad la la Copa América de 2019. Además, un discípulo de Tite, Rogerio Micale, fue el entrenador que ganó la medalla de en los Juegos Olímpicos de Río 2016, en una dramática final que se definió por penaltis frente a Alemania. Era el único título importante que le hacía falta al fútbol brasileño.
Seguramente Brasil volverá a pelear un título mundial, pues varias de sus figuras brillan en las principales ligas del mundo. Además, su cantera no se agota, sigue siendo el principal exportador de futbolistas. Y aunque la desilusión de 2014 parece haberse superado, sus hinchas nunca olvidarán ese histórico 7-1 frente a Alemania. Esperaron 64 años para sanar la herida del Maracanazo, pero la cura resultó mucho peor. La tierra del fútbol y de no poca superstición, no volverá a organizar una Copa Mundo.