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Gabriel Romero Campos y el fútbol por bandera

Cada vez que juega Newell’s Old Boys en su estadio, de las tribunas baja una pancarta que dice que los hinchas son lo único insustituible del fútbol. La frase, firmada por Marcelo Bielsa, es toda una declaración, olvidada a menudo por el mundillo del fútbol. Gabriel Romero le hace un homenaje a todos los fanáticos en su libro, “Confesiones de un hincha”, en su voz y con parte de su historia.

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Fernando Araújo Vélez
16 de abril de 2026 - 05:11 p. m.
Cada vez que juega Newell’s Old Boys en su estadio, de las tribunas baja una pancarta que dice que los hinchas son lo único insustituible del fútbol. La frase, firmada por Marcelo Bielsa, es toda una declaración, olvidada a menudo por el mundillo del fútbol. Gabriel Romero le hace un homenaje a todos los fanáticos en su libro, “Confesiones de un hincha”, en su voz y con parte de su historia.
Cada vez que juega Newell’s Old Boys en su estadio, de las tribunas baja una pancarta que dice que los hinchas son lo único insustituible del fútbol. La frase, firmada por Marcelo Bielsa, es toda una declaración, olvidada a menudo por el mundillo del fútbol. Gabriel Romero le hace un homenaje a todos los fanáticos en su libro, “Confesiones de un hincha”, en su voz y con parte de su historia.
Foto: @gallonocturno
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Decenas de hinchas alemanes cantaban y bebían cervezas y tragos de licores blancos de frente a la catedral de Milán, pleno Duomo di Milano. A cincuenta metros, algunos colombianos hacían su propia fiesta con grabadoras al hombro, cumbias y vallenatos, ondeaban banderas amarillas, azules y rojas y ensayaban círculos alrededor de un bailarín espontáneo que se desbarataba al compás imaginario de un mapalé mientras trataba de agarrarse su peluca rubia ensortijada.

La fiesta cada vez era más festiva, y más tensa, más nerviosa. Alemania y Colombia estaban por jugar a cientos de cuadras de allí, en el estadio de San Siro. El equipo de Francisco Maturana necesitaba como mínimo un empate para llegar a la siguiente ronda. El de Franz Beckenbauer ya estaba clasificado. Faltaban dos horas para el partido.

De repente, Gabriel Romero Campos salió de su jolgorio personal. Recordó que había olvidado en el hotel su bandera de Colombia. No tenía boleta para entrar al San Siro, pero eso no le importó. Ya vería. A las carreras, entre buses, taxis y corridas, salió por su bandera, y luego, al estadio. Como pudo, logró comprar un boleto a doscientos y tantos dólares y se acomodó en la tribuna popular, arropado de amarillo, de azul y de rojo, de su barrio y su familia, de su madre, doña Pris, de su infancia a puros partidos de banquitas hasta que el sol se apagara y a puro olor a fútbol. Cuando los equipos salieron a la cancha y de los parlantes del San Siro bajaron las notas de la canción del Mundial de Italia 1990, “Un’estate italiana”, dejó su asiento y comenzó a dar vueltas hacia arriba y hacia abajo por las graderías, envuelto en su trapo.

No se sentó más. Gritó, peleó con los alemanes que le decían quién sabía qué, brincó y sintió que la vida se acababa cuando Rincón se escapó a solas, enfrentó a Bodo Illgner, el portero alemán, y empató el partido. Esa noche, y a la madrugada y en la mañana siguiente, estaba convencido de que lo que ocurriría en adelante no importaba, que él ya había vivido lo que tenía que vivir. Decidió que en la tarde se marcharía al puerto de Brindisi, y que ahí tomaría un barco rumbo a Grecia. Sócrates, Sófocles, Heráclito, el origen de la sabiduría, de las letras y el pensamiento. Platón, Aristóteles, Diógenes, “Busco un hombre”. Romero Campos se buscaba. Quería resolver sus dudas, llenarse de interrogantes y volver a comprender. Pero el fútbol seguía allí. La Copa del Mundo continuaba.

En las plazas y las estaciones de tren había más y más banderas. El canto del verano italiano, “Tal vez no sea una canción / Para cambiar las reglas del juego. / Pero quiero vivir esta aventura así, / Sin fronteras y con un corazón en la garganta”, era también su canto. Aquella aventura estaba allí, y él aún tenía el corazón en la garganta. Dejó a los griegos para más tarde y tomó el primer tren que salía hacia Nápoles, donde Colombia enfrentaría a Camerún por los octavos de final. En Nápoles, como en cada plaza italiana, la gente le preguntaba de dónde era, y él respondía que de Colombia. Su respuesta solía llevar al interlocutor a una especie de mueca y después a un silencio, y más tarde, a pronunciar con diéresis en la u el apellido de Higuita, que en napolitano, en toscano, en lombardo, latín, alemán o camerunés sonaban a Higüita.

Él sonreía. Asentía con la cabeza. Levantaba el pulgar de su mano derecha y comentaba a quien lo quisiera o pudiera escuchar que frente a Camerún, junio 23 de 1990, Higüita sería el gran protagonista. Lo fue, pero porque se equivocó en una jugada que mil y una vez le había salido como había querido. O quizá el error fue de Luis Carlos Perea. La polémica quedó en el tintero y para siempre. Romero Campos tomó apuntes, quizá por su reflejo de periodista. Y pasaron los meses y los años, y mil partidos de fútbol más, y algunos festejos, y sus goles, y sus partidos de barrio, y sus corridas por las bandas derechas de cuanta cancha había en Bogotá. Pasó parte de la vida. El fútbol continuó. Sus apuntes se sucedieron. El baúl de sus recuerdos se llenó y se desbordó. Los griegos saltaron de los libros.

“Higuita no calculó los movimientos felinos de Milla”, escribió tiempo después, pasadas varias décadas, en su libro “Confesiones de un hincha”. Y siguió, “Vimos esa carrera infructuosa de Higuita detrás de Milla, detrás del balón. El lamento de los que estábamos justo detrás de la portería fue inocultable. Se quedaron mudos los mexicanos que hacían fuerza por Colombia. Me envolví en la bandera que había llevado a cada partido. Nadie recriminó a Higuita”. Unas líneas más adelante, contó que luego del partido, la noticia era Higuita. Su error. La prensa, “Sin misericordia le reclamaba por su irresponsabilidad (…). Me quedé pensando en que Higuita estaba contra el establecimiento, contra la ortodoxia de muchos arqueros, contra la norma de que es primero el resultado que el espectáculo. Higuita y la muerte son cercanos”.

El Mundial murió para él esa tarde de Nápoles, pero a los pocos días, el fútbol retornó. Resucitó. Romero Campos cargó con su bandera por uno y otro tren, y por España, Francia, Bélgica e Inglaterra. Vio desde afuera y el gesto sombrío las infinitamente luctuosas tribunas del estadio de Heysel, en las afueras de Bruselas, donde cinco años atrás habían muerto 39 fanáticos de la Juventus y del fútbol, arrollados por el desborde de los hoolligans de Liverpool, y pasados unos días, entró en la sagrada cancha de Wembley y por respeto a la historia se abstuvo de pisar la grama donde Inglaterra había vencido a Alemania para llevarse la Copa del Mundo del 66, cuando aún se llamaba Jules Rimet. Habló de fútbol, vio el resto de los partidos de Italia 90 en cualquier cafetería de cualquiera ciudad, siempre con su bandera a la mano, y escribió en diversas libretas apuntes de apuntes que algún día, pensaba, lo guiarían para hacer un libro, un libro de hincha.

“En esencia, soy un hincha”, escribió, y dijo y repitió, “un permanente seguidor del fútbol, no para llenarme de conocimientos o pretender evidenciar que mis reflexiones o mis puntos de vista son únicos e indiscutibles. He vuelto al origen porque he descubierto que ser hincha es la parte más noble de ese todo que es el fútbol. Los directivos son devotos de este deporte, por dinero; los entrenadores y jugadores hacen de este juego su carrera y su fuente de ingresos. Los periodistas, en general, viven de esta profesión y los réditos que el balompié les deja. En el fondo, todo el mundillo del fútbol tiene un interés; pero el hincha es genuino, no espera nada a cambio, se entrega con pasión a su equipo o a su seleccionado. Ama el fútbol en todo el sentido de la palabra “amor”.

Cuando jugaba, casi siempre con el número 13 de Gerard Müller en la espalda, Romero se entregaba como si cada pelota fuera la última de la vida. Dejaba en la cancha todas sus carreras, sus gambetas y frenos, sus toques, los gritos, el sudor, sus viejas ilusiones de jugar en un equipo profesional y el sueño eterno de hacer un gol en el último minuto de una final. Salía al campo con el cuchillo entre los dientes, para recordar a Diego Simeone. Solía cantar sus goles en el equipo que fuera, así estuviera perdiendo seis a cero. Su grito era ronco al comienzo. Luego se afilaba, como si cada polvillo de sus cuerdas vocales terminara por soltarse. Grito, gol, desahogo, alegría, rabia, temor, venganza, sello y bandera. Sus goles eran su firma, y en los distintos arabescos de su firma siempre estuvieron metidos la pelota y el juego, que en últimas, eran y seguirían siendo su bandera.

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Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com

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