Publicidad

Haider Ackerman y la intimidad del vestido

Se hizo una vida lejos. Su pasaporte decía nacido en Bogotá, Colombia, pero él había sido criado hablando francés y su cabeza había convertido en su paisaje natal las tierras lejanas de África, en donde tantas casas itinerantes tuvo debido al trabajo de sus padres adoptivos: cartógrafos.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Angélica Gallón Salazar
02 de junio de 2012 - 03:37 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Cuarenta y un años después Haider Ackermann, hoy convertido en uno de los diseñadores celebrados por la prensa y por sus colegas en el mundo, regresa a esa tierra que sólo conoció en letras de pasaporte.

A Haider Ackermann no le intrigó desentrañar sus orígenes, sólo ahora, con la madurez, con una cierta tranquilidad que inunda su vida y con la compañía de sus padres, quiso encontrarse con ese filón de patria que habitó en su color de piel y en algunos ademanes que sus padres encontraban extraños. “Ahora que estoy aquí me entiendo mucho mejor, porque veo a la gente, veo las reacciones, la veo a usted moviéndose mucho cuando habla y descubro una actitud mía que no sabía de dónde venía”, dice el diseñador con un resoplón que parece salirle de adentro.

Como él mismo recuerda con gracia, sus inicios no fueron muy glamurosos, sus primeras aventuras en la moda las comenzó mientras lavaba baños y soñaba entre baldosines blancos con traducir esos mundos vistos en su niñez, esas mujeres escondidas bajo metros de tierra, en vestidos. En ese contexto de añoranza y precariedad, su amigo y profesor Wim Leens lo impulsó para que sacara su colección, y una vez lo hizo ya no hubo forma de ser invisible.

Usted estudió en la Real Academia de Amberes, uno de los pilares en la enseñanza de la vanguardia en la moda, ¿qué heredó de allí?

Es complicado, tal vez la desilusione. Nunca fui un buen estudiante, era joven, adolescente, deseaba otras cosas y a los dos años dejé la escuela. Mi mayor lección fue: “Rechaza todo lo que pase, mantente soñando y no te rindas. El sueño debe ser la meta”. Fue así más un aprendizaje de mantenerme soñando, porque sabe, hay períodos en los que la vida se absorbe completamente por cosas diferentes a los sueños. Sin embargo, mi paso por la academia fue fantástico, me enseñó a ser muy respetuoso acerca de la mujer y su cuerpo. Otras instituciones pueden ser más excéntricas, decorativas, pero tengo esta política: es necesaria primero la comprensión de la mujer, luego viene la ropa.

¿Cuál es ese primer sacudón que le hace pensar que usted tiene un destino en la moda?

No fue la moda como tal, fue más un sacudón que provino de las telas, de los movimientos de las telas. Fui criado viajando por muchos países de África, en donde las mujeres están envueltas en seis metros de tela y esa es la ropa que usan, cuando vas a la India ves los saris en la forma más elegante y son aún seis metros de tela. Así que todo empezó por el deseo de desentrañar el misterio de esas telas.

¿Su aproximación a la moda ha cambiado desde esa primera colección en 2003 a la de otoño-invierno 2012-2013 que presentó en la Semana de la Moda en París?

Sí, ha cambiado mucho. Cuando empecé era muy atormentado y quizá muy inseguro —que es algo que sigo siendo y quizá no deje de serlo—, además estaba viviendo en una ciudad pequeña, muy gris, estaba en una especie de sombra, así que mis colecciones eran más pesadas. Las mujeres para las que diseñaba estaban siempre protegiéndose a sí mismas, la gente decía que eran guerreras, pero realmente eran mujeres frágiles que usaban su ropa como protección. Con el tiempo he sido más generoso, me he enamorado y he explorado los colores, he descubierto el brillo. Es una madurez. En la medida en que creces y te vuelves viejo, eres aún frágil, pero menos vulnerable, y puedes estar más enfocado y afrontar las cosas, eso se ve en el trabajo, en los diseños. He estado soportado por gente fantástica, pero aun así necesitas ser lo suficientemente fuerte.

Sus siluetas son siempre voluminosas, estructuradas y limpias, ¿cómo entiende el cuerpo femenino?

No entiendo el cuerpo femenino. Eso es precisamente algo que me mantiene haciendo este trabajo. Cuando era joven y las mujeres se escondían detrás de las telas era un misterio para mí, y aún hoy intento hacer este trabajo quizá para acercarme a ellas, a su comprensión. Creo que nunca lo entenderé y hay una gran belleza en eso.

Lagerfeld lo desea como sucesor en Chanel, lo bautizan el nuevo Yves Saint Laurent en cuanto al uso del color, ¿cómo hace para poder diseñar en medio de tanto barullo?

Así haya muchos ojos sobre mí y mucha presión, estoy muy lejos de eso, trato lo más que puedo de no estar en el ambiente de la moda, tengo mis amigos que siempre me devuelven a la tierra. He trabajado por 9 años y vivo un momento en el que todo el mundo está encima del tuyo, pero ya tengo mis años y he visto que la gente viene y va, así que digo, “sí, soy el flash del momento, pero sé que mi destino no es estar siempre ahí”, así que lo que hay que hacer es enfrentarlo, disfrutarlo, sentirse bendecido, pero es también tiempo de estar sobre la tierra. Por eso, cuando era más joven y empecé mi carrera, traté de no impresionarme mucho, sino de concentrarme en mis raíces, en hacerlas muy profundas, para que el árbol fuera creciendo lentamente.

¿Cómo transforma sus viajes en moda?

Cada cosa que ves cuando estás en Mumbai, en Chad o en Bogotá se traduce en tu mundo, no en un grado obvio que es algo que no me interesa, por ejemplo, cuando llegas a India ves los más bellos saris, pero no vas a hacer exactamente saris, tienes que ver, observar y admirar, y luego lo traduces en tu mundo. Es además un proceso de recuerdos y momentos que atrapas que después puedes traducir en dibujos y telas.

La prensa trabaja con muchos adjetivos, ¿con cuál se siente más cómodo calificando su trabajo?

Es raro cuando la gente describe tu trabajo, porque nunca entiendes de dónde sale. Es difícil pensar en un adjetivo y a veces prefieres no hacerlo para no quedar atrapado ahí, pero creo que amaría lograr ser “sin tiempo”, “atemporal” (timeless), amaría que la gente se pusiera vieja en mi ropa, amaría que una mujer tomara el vestido que compró hace 10 años y se lo pusiera, lo oliera y recordara ese momento con su marido, o en un concierto, que mi vestido fuera una memoria de la vida, quisiera esa intimidad.

Por Angélica Gallón Salazar

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.