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9 Nov 2021 - 9:02 p. m.

Helenio Herrera: el perfeccionismo del catenaccio

Un modelo de juego que no inventó, que más bien copió, pero con el que rozó la perfección, a tal punto que lo convirtió en regla con un sistema que parecía ser de él, sin ser suyo. El DT argentino que se hizo leyenda en el Inter de Milán murió un día como hoy hace 24 años.
El argentino que perfeccionó el catenaccio.
El argentino que perfeccionó el catenaccio.
Foto: Archivo

Hay incertidumbre sobre el día en que su vieja lo parió. A veces se quitaba dos, cinco, siete años de encima. La mayoría de papeles coinciden en que fue un 13 de abril de 1910 en Buenos Aires. De lo que no quedan dudas es de la fecha en que se fue para siempre: un 9 de noviembre de 1997, hace 24 años. Helenio Herrera, uno de los arquitectos del catenaccio, la estrategia defensiva que le permitió conquistar dos Copas de Europa con el Inter de Milán.

(¿Qué es el “catenaccio”?: orígenes, historia y referentes)

Aquel modelo de juego se cimentó con las bases de las ideas del austriaco Karl Rappan, quien en el periodo entre guerras, a finales de los 30, tras el cataclismo económico por la caída del mercado de valores en la bolsa de Estados Unidos, lo utilizó para darle solidez a la defensa del equipo Servette y la selección de su país. La fórmula: poner un marcador especial por delante de la línea de los tres delanteros rivales.

Y fueron los italianos los que se encargaron de pulirlo poniendo un líbero detrás de la línea de cuatro defensores con dos stoppers. Los dos exponentes que inmortalizaron este sistema, porque no lo inventaron, fueron el austro húngaro Nereo Rocco y el argentino Helenio Herrera.

Helenio dejó su Argentina desde muy niño para mudarse a Casablanca (Marruecos), en donde empezó su carrera como futbolista para después dar el salto al fútbol francés, en donde jugó para ocho equipos. En Redstar ganó la Copa de Francia de 1942, su único título como jugador. Y se retiró en el CSM Puteaux, club en el cual trabajó como jugador y entrenador al mismo tiempo.

Tenía una obsesión con el dinero, no lo escondía. Hablaba, en tiempos tan conservadores, con un narcisismo que movió fibras. No por nada se autoproclamó como “El Mago”, supuesto sobrenombre con el que lo reverenciaban en Francia. También apuntó, falsamente, que jugó en River Plate. Que alcanzó a jugar algunos partidos con la selección francesa. Nada de eso es cierto.

Lo que catapultó su carrera fueron los dos títulos al hilo de liga que consiguió con el Atlético de Madrid. El Sevilla se obsesionó con él, club con el cual no consiguió títulos, pero en el que implantó su filosofía, se divirtió y sedujo a la directiva del Barcelona, conjunto en el cual tomó una de las decisiones más polémicas de su carrera: dejó de contar de la estrella y referente del equipo, Kubala. Y lo reemplazó con un joven que llamó su atención desde el primer día y quien se convirtió en el jugador que más lo acompañó: Luis Suárez.

Un dictamen impopular, pero del que sobrevivió con una de sus movidas: les aumentó el sueldo a los canteranos, el grueso del equipo catalán, y el liderazgo de los hungáros Czibor, Kocsis y Kubala perdió fuerza en el vestuario. Un entrenador obsesivo por controlar cualquier detalle de la vida de sus jugadores, su comida, su vida sentimental, en fin. Son varias las anécdotas de los detectives que contrató para espiar a los futbolistas. Del Barcelona se despidió con dos títulos y cogió un avión a dirigir en el equipo en el que se forjó como leyenda: el Inter de Milán. Eso sí, el Centro de Investigación, Historia y Estadística del Fútbol Español (CIHEFE) lo destacó como el mejor entrenador en la historia del fútbol español por los cuatro títulos de liga repartidos en 15 temporadas y 358 partidos.

Puso una condición para firmar su contrato: llevarse a Luis Suárez. Una campaña después llegó por una cifra cercana a las 25 millones de pesetas y se convirtió en el jugador más caro de la época. Juntos, con aquel catenaccio que perfeccionó H.H, ganaron tres títulos de liga, dos Copas de Europa y dos Copas Intercontinentales.

“Se llevó a Luis porque, sencillamente, era el mejor jugador del mundo en ese momento. Luisito era un genio y sólo Helenio supo entender su fútbol, su manera de entenderlo. Costó 25 millones de pesetas en la época y para el Barcelona fue clave porque gracias a eso, se pagó gran parte del nuevo Camp Nou. Fue Helenio quien pulió a Suárez. Si no se juntan, ninguno hubiera sido tan famoso e importante”, dice Justo Tejada en la revista Panenka.

Un modelo de juego que no inventó, que más bien copió, pero con el que rozó la perfección, a tal punto que lo convirtió en regla con un sistema que parecía ser de él, sin ser suyo.

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