10 Jun 2021 - 12:48 p. m.

Ladislao Kubala, la razón por la que se construyó el Camp Nou

Nació el 10 de junio de 1927. El 29 de abril de 1951 debutó con la camiseta del club catalán. Su juego generaba un poder de convocatoria tan grande, que las personas no cabían en el anterior estadio blaugrana y hubo que hacer otro. La historia del húngaro maravilla.

En la calle Ludovigeum de Budapest los vecinos le decían “aquel chico de la pelota”. Porque parecía que ella era suya siempre, que no se quería separar de los pies de Ladislao Kubala, que llegó al planeta el 10 de junio de 1927. Era un niño, pero ya amaba al juguete más hermoso de todos. Era su refugio ante las inclemencias del sufrimiento producido por la Segunda Guerra Mundial. Con la pelota sonreía y hacía sonreír a los demás. Algo parecido intentaba hacer su padre, Pavel, en el club Ferencváros de Hungría.

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Por el Ferencváros Ladislao sufría como hincha. Mientras su padre jugaba ahí, él soñaba con vestir esa camiseta. Su talento desbordaba y le llegó la propuesta de ingresar a los equipos infantiles de la institución deportiva que amaba. “Laszi”, como lo apodaban, fue sincero consigo mismo y dijo que no se sentía preparado. Tenía tanto respeto por el Ferencváros, que decidió tomar experiencia en el Ganz de tercera división, con apenas 12 años, haciendo trampa con sus documentos. En su primer encuentro anotó dos goles.

Luego de cuatro temporadas, ahora sí, jugó con el Ferencváros. Con apenas 17 años llegó a la selección de Hungría y todo era alegría, hasta el fallecimiento de su padre. Ese golpe no lo soportó y se marchó a la desaparecida Chequoslovaquia a jugar con el Bratislava. También vistió la camiseta de ese país, con goles colmados de magia y belleza. Posteriormente el Ferencváros volvió a tentarlo y él regresó a su adorado equipo.

En 1948 no aguantó la dictadura de su país y decidió huir del régimen junto a cuatro compañeros del club. Se despidió de su madre sin decirle que iba a cruzar el “Telón de Acero”, como se conocía a la frontera política entre Europa oriental y occidental. En un automóvil con placas de la Unión Soviética logró atravesarla y llegar hasta Austria. Después se trasladó a Italia. Estuvo a punto de fichar con el Torino y de subirse al avión que transportaba a toda la delegación de esa escuadra, que el 4 de mayo de 1949 se estrelló contra la Basílica de Superga y que acabó con la vida de ese plantel.

Kubala firmó con el Aurora Pro Italia y luego se inscribió en el Hungaria, un equipo de jugadores húngaros que se dedicaba a hacer giras de partidos amistosos. Uno de ellos fue ante el Fútbol Club Barcelona, cuyo técnico de la época, José Samitier, quedó maravillado con la exhibición de Kubala y consiguió que la directiva del club catalán lo contratara en 1950. Sin embargo, Ladislao, quien había sufrido una suspensión por parte de la FIFA, solo pudo debutar hasta el 29 de abril de 1951. Ese día cambió la historia del cuadro blaugrana.

Kubala puso toda su magia a servicio de la camiseta culé. Se hizo cargo de la creatividad del equipo. Tenía una visión de juego notable, una pegada envidiable tanto a balón parado como en movimiento, una gambeta casi imparable, un freno que hacía seguir a los rivales de largo, unos amagues que sacaban aplausos de los hinchas, unas asistencias que generaban goles, y goles, muchos goles. Anotó 194 en 256 partidos con el Barcelona, entre 1951 y 1962.

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El húngaro maravilla se cansó de ganar Ligas y Copas del Rey con el Barcelona. Su deuda fue la Copa de Europa (Hoy en día Uefa Champions League). Estuvo cerca el 31 de mayo de 1961, cuando perdió la final contra el Benfica portugués, tras estrellar cinco pelotas en los palos. “Fue increíble. Pienso que éramos superiores al Benfica, pero ellos nos ganaron el partido. Fue sorprendente. La verdad es que aquello no tiene muchas explicaciones”, dijo sobre el partido.

Después de tomar la decisión de retirarse, Kubala asumió como técnico del Barcelona. Y le dieron ganas de volver a jugar. Al club culé no le gustó la idea y él se puso los guayos de nuevo con la camiseta del otro equipo de la ciudad, el Espanyol. Así era su rebeldía, y así era él, que después se dedicó de lleno a la dirección técnica y que en 1993 en el estadio de Montjuïc tuvo un merecido homenaje. El 17 de mayo de 2002 murió en Barcelona, la ciudad en la que hizo construir el Camp Nou, porque en el Camp de Les Corts ya no cabía la gente que anhelaba ver su fútbol.

@SebasArenas10

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