Al poderoso DIM, en sus cien años

El Poderoso DIM se merece todos los honores en su centenario.

En la remota década del cincuenta, cuando apeas me despabilaba, supe de la existencia de un tal Deportivo Indepediente Medellín, el Podero DIM,  que está cumpliendo cien años. La vida transcurría con la lentidud de una película del cine mudo. El estrés y la lúdica no se habían inventado.

Mi tío Aníbal Giraldo Jiménez, hincha del DIM, me invitaba los domingos al Atanasio Girardot desde temprano para ver fútbol en las Martes Uno y Dos, antes del clásico Nacional-Medellín.  Y me compraba deliciosos esquimales (q.e.p.d.) de La Fuente, la felicidad disfrazada de paleta. Secretamente, el tío rojo abrigaba la esperanza de sumar otro seguidor para el Poderoso. O “Perderoso” como les decimos sus rivales.

Como era la contraria del pueblo desde chiquito, al tío le salí veeerde, hincha del Nacional. Fue mi primer grito de independencia. Aníbal admitió la disidencia y nunca me canceló las invitaciones al Atanasio. Se le abona su nobleza.

Mi general Rojas empezaba a salir por la puerta de atrás de la historia patria. Mientras se caía del todo, en diciembre nos daba regalos a los chinches a través de Sendas, que dirigía su hija María Eugenia, esposa del yernísimo Samuel Moreno, que andaba de rueda suelta sexual. Sus hijos apenas gateaban, así que nada de pensar en meter la mano en el bolsillo ajeno como sucede hoy. Ni en carruseles.

 Gurropín pasaba los fines de semana en Melgar pero se las apañaba para importar la televisión en blanco y negro el bicolor de la alegría. Si mucho, en mi barrio había un televisor por cuadra. A los chinches nos admitían un rato en las noches para ver El Lápiz Mágico, por ejemplo. Prohibido hablar. De pronto se distraía la gente que hablaba detrás del vidrio. Sentados y perplejos, desde el suelo asistíamos al milagro de la televisión. Ya conocíamos el cine: un chorro de luz que al tropezar con un trapo blanco se convertía en gente.

Nos sabíamos los nombres de los vecinos. Todos éramos amigos de todos. A la familia que llegaba a la cuadra sus vecinas se encargaban de llevarles los alimentos mientras hacían el primer mercado - fiado- en la tienda de la esquina. El médico familiar nos conocía el nombre y los achaques. Como todo galeno que se respete, solía acompañar a sus pacientes hasta la tumba.

El policía de la esquina era otro amigo. Las muchachas del servicio se contrataban “con pienso” o “sin pienso”. Si pensaban lo que íbamos a comer, facturaban cinco centavos más al mes.

La moda era ser honrados. Nadie chicaniaba con algo tan obvio. In illo témpore, padres y abuelos asumían que sacar vacaciones era perder el tiempo. Fueron los inventores del trabajar-trabajar y trabajar.

El Niño Dios era el Niño Dios. No mancábamos rosario todas las noches, confesábamos los mismos monótonos y solitarios pecados, el padre Barrientos presentaba cine manga en San Cayetano, hacíamos los primeros viernes de mes y en la escuela José Eusebio Caro nos enseñaban de memoria el catecismo del padre Astete.  Los mejores alumnos izábamos bandera los sábados.

Cuando llegaba el circo a una manga vecina, era dia de fiesta nacional en el corazón de la culicagadocracia. De pronto alguna bella deseosa de salirse del libreto se fugaba con el trapecista.

Nacíamos liberales o conservadores, católicos o católicos. Nos gastábamos el libre albedrío escogiendo equipo de fútbol. Era en lo único que nuestros padres nos daban autonomía. Teníamos prohibido juntarnos con malas compañías.

Celebrar cumpleaños no se usaba. Eso era perder el tiempo. Nos enterábamos de la efemérides porque nos daban huevo entero ese día, cuando mucho. O la pata de la gallina.

La muchachada improvisaba la calle como estadio de fútbol. La esquina de la cuadra era universidad, “ágora o garito”. Sólo después de las doce años nos bajaban los pantalones, heredados del hermano mayor. La mamá, Coco Chanel improvisada, hacía bellezas con la máquina Singer.

Montábamos en zancos, fabricábamos nuestros propios juguetes y corríamos la vuelta a la manzana. Hacíamos mandados en semana para conseguir los centavos que nos permitirían ver películas de Tarzán o de Flash Gordon desde la aristocracia de gallinero en los teatros Berlín, Laika o Aranjuez. Los “dioses”, como les dicen en Londres a los gallinero, de pronto sentíamos en la nuca el infierno de una colilla de cigarrillo, arrojada por los apaches de luneta.

El parsimonioso tranvía que no tenía prisa por llegar a ninguna parte, era la cuota inicial del metro de hoy. En diciembre pecábamos ecológicamente robando musgo en las laderas. Los adultos se emborrachaban en los paseos tomando pipo, una mezcla de gaseosa con alcohol.

Las muchachas llegaban al matrimonio sin haber comido de sal (vírgenes). En cambio, muchos hombres también. Ignorábamos por donde iba el agua al molino sexual. Yo creía que el asunto era por la vía del ecuador el cuerp: el ombligo. Los más lanzados iban a Lovaina a hacerse pesar de  damas deshinibidas de deliciosos cuatro en conducta y chicaneaban el resto del año porque se habían vuelto varones.

Todos los males se curaban con mentolín, alcohol, babas maternas y Mejoral que “mejor mejora”. Las madres se conservaban bellas a punta de crema S de Ponds, Pomada Peña y olían a polvo Flores de Niza. Los adultos hacían cursillos de Rodolfo Valentinos, alisando el pelo con Brillantina Moroline, Glostora o con hojitas de San Joaquín, hervidas en agua. Los muchachos de antes sí usábamos gomina. Eso sí, “no se conocía coca ni morfina”.

Los pianos (traganíqueles) le ponían música a esa generación: tangos, boleros, músicas cubana y española. Mozart, ni por el forro.

Colombia importaba jugadores argentinos a la lata. El “Charro” José Manuel Moreno era el más mentado. Los del DIM tenían nombres musicales, pero ni así me voltiaba. Cuando la radio era a la vez televisión, los narradores Jaime Tobón de la Roche, Gabriel Muñoz López, Guillermo Hinestroza, hablaban bellezas de René Alberto Segismundo Seguini, Lorenzo “Patemula” Calonga, Pedro Roque Retamozo, Enrique Omar Sívori, Orestes Omar Corbata, ideólogo de la pierna derecha que manejaba a la perfección.

A otros los volvimos a ver en algún campeonato ganado por los rojos: Chente Greco y Felipe Marino, abuelos pacíficos, son dos ejemplos. (Marino, quien tenía como divisa “la vida pasa y la ropa queda”, murió  a los 77 años. Se fue a celebrar en el cielo, segundo piso, ascensor, en compañía del “Charro” Moreno, la tercera estrella del DIM. Moreno se negó a jugar para el Nacional de Montevideo, con mejor salario, porque en Defensor estaban sus amigos del alma.

Los gauchos venían con tiquete de regreso a Buenos Aires pero el paisaje, la vida que se vive  en Colombia, el clima  y las mujeres les dictaban auto de detención para siempre. Felices, los argentinos decidían ennietecer en la tierra firme colombiana.

Los acogíamos amorosamente, como si fueran una metáfora de Borges, un cuento de Cortázar o de Bioy Casares, un soneto del suicida Lugones. O un tango de Gardel que tuvo la coquetería de venir a morir a Medellín.

El Poderoso DIM se merece todos los honores en su centenario. Hasta me volvería hincha rojo durante media para celebrar pero no podría mirar a los ojos a la señora que me vende los aguacates para el almuerzo. Lástima de su actuación en el campeonato del segundo semestre del 2013, el año del centenario, le quedaron faltando cinco centavos para el peso. Cien años más de vida para el equipo que hace más interesante pertenecer a la logia de los verdes.