Fabián, un 'castillo' de ilusiones

La revelación del torneo invirtió el primer sueldo en unos tenis, es amante del Play Station, sueña con intercambiar la camiseta con Messi y le tiene miedo a volar.

La alegría que su fútbol despierta vino a sentirla como propia hasta hace muy poco porque después de una niñez en la que sobraron necesidades y faltó en cierta forma afecto, la adolescencia terminó por enseñarle que la soledad era un sacrificio de tantos que le esperaban en busca de ese sueño en forma de balón.

Y hoy que empieza a sonreír es cuando más tiene presente los consejos de familia, fragmentada por distintas razones, pero igual presente a su manera en la vida de Fabián Andrés Castillo, quien tuvo que soportar en sus primeros años algo que a muchos les cuesta entender y tal vez nunca superan: “Mi papá y mi mamá se separaron, cada cual tomó el camino que quiso”.

El delantero del Cali y revelación del Clausura en apenas tres jornadas tuvo que buscar también el suyo y lo encontró a hora y media de la capital vallecaucana. En la vereda del Cabuyal encontró el calor humano de un hogar que parecía ajeno, pero que siempre lo recibió como suyo.

Allí lo “crió una tía de mi papá con su esposo, pero desde niño les digo abuelos porque me dieron ese amor” y aunque tiene cinco hermanos de sangre, asegura que son siete en realidad porque “crecí con dos primos que siempre estuvieron en las buenas y en las malas”.

Con ellos pasaba mañanas y tardes enteras en medio de las polvorosas calles improvisadas como canchas porque le “llamaba mucho la atención ver jugar a tanta gente en cualquier lugar, eso me atraía un poco y nos sentábamos en los andenes”, hasta que un día “me invitaron a jugar con grandes, yo me le medí, alguien vio que tenía algo interesante y poco a poco me fueron metiendo en el fútbol”.

El Juventud Cabuyal lo acogió y en el fútbol aficionado se acostumbró a arrumar defensas a pura gambeta, lo cual despertó el interés en la vereda y entre tantos que se reunían a verlo, a Luis Barona le bastó un juego para llevarlo “desde los siete años al Deportivo Cali, llegué a la categoría baby-fútbol e hice todo el proceso hasta la profesional”.

A la cuarta temporada vestido de verde y blanco tuvo que desprenderse “definitivamente de los míos y fue una experiencia bastante difícil, era muy pequeño para salir de la casa, pero poco a poco me fui acostumbrando y me di cuenta de que si quería algo importante, debía hacer este sacrificio”.

No fue el único que se vio obligado a hacer, ya que estudió “hasta noveno de bachillerato porque me tocaba pedir muchos permisos para ir a los partidos de la selección Cauca, que me abrió las puertas y no la del Valle. Viajábamos mucho y eso me fue alejando un poco de las clases”.

Igual no descarta volver a las aulas y así se lo insisten desde “el hogar sustituto acá en Cali, donde vivo desde hace seis años y en el que me tocó adaptarme a personas que pensaban diferente, pero todo eso me ayudó a mejorar en la parte personal y en lo deportivo maduré mucho también”.

A la familia de la casa ubicada en Ciudad Capri, el club verdiblanco “le paga por cuidarnos a los jugadores que habitamos en ella, y ahora por ejemplo comparto con Michael Ortega y César Amaya”, quienes al igual que Fabián han ido “creciendo en todo aspecto, como lo hicieron en su momento Freddy Montero y Cristian Zapata, con los que alcancé a convivir un tiempo”.

Ellos ya cumplieron el sueño de atravesar las fronteras y Castillo apenas vino a estrenar pasaporte a finales del año pasado, cuando “el ‘profe’ Ramiro Viáfara me llevó al Mundial Sub 17 de Nigeria. Era mi primer viaje largo y lo disfruté mucho, nunca me imaginé conocer el continente africano y me lo gocé al máximo”.

Disfrutó especialmente “haber llegado hasta semifinales porque pocas selecciones Colombia lo han hecho” y a través de esa experiencia descubrió también un temor oculto: “Estuve un poco asustado porque el avión se movía mucho y el utilero me metía más susto. La verdad le tengo miedo a las alturas, no me gusta volar, pero igual debo acostumbrarme, además sé que Dios está conmigo y no me va a pasar nada”.

Así se lo recalca su abuela cuando le da la bendición, a veces por teléfono o personalmente, cuando “voy hasta el pueblo a saludar a mis viejos, los visito un rato y me devuelvo, o a veces me quedo un diita para compartir con mi familia porque me gusta mantener mucho en mi casa y comerme un buen sancocho de costilla”.

Pero si el tiempo le impide estar con los suyos, el plan es quedarse tardes y hasta noches jugando “Play Station, me gusta mucho el fútbol, siempre escojo al Barcelona y no lo cambio por nada porque es invencible, en la consola y en la vida real también”.

Claro está que tanta afinidad azulgrana tiene nombre y apellido: “Mi espejo siempre ha sido Lionel Messi, desde que lo vi jugar por primera vez supe que iba a ser un jugador diferente y me fijo siempre en él. Mi sueño es conocerlo, jugar en la misma cancha al lado suyo, cambiarle la camiseta y darle un abrazo”.

Ilusiones como esa le sobran, pero no olvida la primera que hizo realidad cuando se compró “unos tenis con el primer sueldo que recibí, ganaba muy poquito, el mínimo, pero era fruto del sudor de mi frente y por eso me gusta darme mis lujos, comprarme mis cositas, como un buen televisor, un equipo de sonido, el Play o la cama”.

Quiere hacerse a su carro también, pero por ahora disfruta caminar “a diario cinco cuadritas para que nos recoja un compañero hacia el entreno”. Se lo goza, como dice él, porque en ese trayecto ya firma uno que otro autógrafo y bromea con sus amigos de lo que va a hacer cuando llegue al Barça y hasta diseña entre sonrisas la casa de sus sueños, esas que ya dibuja por montones en los rostros de los hinchas del Cali y que empieza a creer que también pueden ser suyas.


“Tiene mayor seguridad para definir”


Si hay un testigo excepcional del desarrollo futbolístico de Castillo, es Ramiro Viáfara, seleccionador nacional prejuvenil, quien lo descubrió hace cuatro años, cuando se encontraba concentrado con la tricolor “en Comfandi en Cali. Después del almuerzo hicimos una caminata con Eduardo (Lara) y Rodrigo (Larrahondo), y como ahí entrenaban las menores del Cali, nos llamó la atención ese chico, que a pesar de ser muy delgado, mostraba ya cosas interesantes”, recuerda.

El paso a seguir “fue hablar con los técnicos para que estuviesen pendientes de su alimentación, empezó el seguimiento por parte nuestra y ya el año pasado, después de fortalecerlo en la parte física, lo llevamos al Mundial de Nigeria”.

De aquel prejuvenil al hoy titular del Cali, ve Viáfara a “un jugador con mayor seguridad para definir, que era algo que deseábamos que mejorara, y si mantiene la disciplina, va a dar mucho más”.