“No soy muy regañón, tampoco una madre”

Confianza en sus dirigidos, principio base del técnico Guillermo ‘Teacher’ Berrío. Como jugador logró el ascenso con los opitas en 1992 y ahora busca evitar el regreso a la B.

En una tarde cualquiera y calurosa por demás, la cancha del popular barrio caleño 12 de Octubre convocaba, como todos los días, a los pequeños del sector que descalzos encaraban la pobreza y corrían detrás de una pelota que a duras penas rodaba por su deterioro.

Pero en medio del polvo que levantaban tantas piernas, una diminuta figura pegó el balón a su diestra y atravesó el campo sin que alguien fuese capaz de frenarla en una escalada que apenas pudo detener la red contraria. Una jugada que, aparte de algarabía, despertó la admiración de un contrario que quiso responder y, sobre todo, descrestar a su manera acudiendo al inglés.

“¡Este man es mucho Teacher!”, le gritó Albeiro a su amigo y poco recomendable rival, quien lejos estaba de imaginar que un apodo le trazaría para siempre el destino, porque en el fútbol colombiano Luis Guillermo Berrío puede ser cualquiera, pero Teacher sólo hay uno.

Lo fue desde entonces en su sector, cuna de muchos futbolistas conocidos por sus condiciones y sobrenombres como El Palomo Usuriaga, El Niche Guerrero o El Manimal Cortés, y luego, estando de cortos en una carrera que arrancó en el 86 como puntero de los Pitufos del América, que afrontaban el torneo local con Humberto Tucho Ortiz, mientras los Falcioni, González Aquino, Battaglia, Cabañas y compañía intentaban conquistar el continente de la mano de Gabriel Ochoa Uribe.

El Pereira sería su siguiente escala el año siguiente, donde José Varacka le retrasó unos metros para quedarse como el hombre de las ideas, las mismas que también lo llevaron a ser el conductor del Bucaramanga y Cúcuta, para después probar suerte en la B Dinastía y Envigado, logrando el ascenso con los naranjas.

Se alistaba entonces para el regreso a la máxima división, cuando de Neiva lo tentó un desafío y decidió pegarse la rodadita en el 92 para llevar a primera al Atlético Huila, equipo con el que permanecería siete años ininterrumpidos, tiempo en el que se convertiría en ídolo, distinción suficiente para que se radicara en la capital opita una vez colgara los guayos hace ya cinco temporadas.

A sus 42 años, el oriundo de Amagá, Antioquia, ya se siente un huilense más porque pudo “vivir en carne propia el ascenso del equipo (N. del R.: el segundo de cuatro porque también dio la vuelta olímpica en la B con Pereira en 2000 y Quindío en 2001), además de momentos buenos y difíciles; entonces ese sentido de pertenencia hacia la institución hace que intente devolver con trabajo y esfuerzo todo lo que ella me ha dado”.

Quiso retribuirle en principio como “licenciado en educación física, porque después de que me retiré pensé en entrar a la universidad, pero era una carrera larga y el balón me absorbió por completo, la dirección técnica me jaló, empecé a estudiar y a hacer cursos para prepararme. Lo mío era dirigir”.

Y vaya si lo está demostrando en su primer torneo como técnico en propiedad del Huila, con el que cumple ya el mejor arranque de su corta historia en primera, que incluye además liderato, el cual en cierta forma ha hecho olvidar casi por completo el acoso del promedio con el que inició el Clausura.

Dos objetivos en uno

Pero Berrío no le quita la mirada al descenso y si algo destaca en el plantel que tiene a su mando es “la prioridad hacia el diálogo, hablamos mucho entre nosotros y la conclusión es la misma: no hemos ganado nada y, al contrario, falta mucho camino por recorrer; van apenas seis fechas, pero en la medida en que nos mantengamos unidos y centrados, los objetivos se pueden ir alcanzando”.

El primero de ellos, “clasificar a los ocho, porque de lograrlo podremos alcanzar otro importante, como es salvar la categoría. Uno conlleva el otro porque si te metés a cuadrangulares, en un alto porcentaje te salvas, pero si no, la cosa se complica”.

Por ahora mira hacia arriba y no atrás, con un grupo que es casi el mismo que tuvo Miguel Prince en el Apertura, pero sin obtener los resultados. Por eso, cuando dejó las divisiones menores del Huila para reemplazar al Nano promediando la Mustang I, notó de inmediato “un cambio radical, en buena parte por el compromiso que asumieron los jugadores, tal vez porque se sentían en deuda con el entrenador saliente que había traído a muchos de ellos”.

Con 16 puntos de 18 disputados y un primer lugar que no suelta desde la segunda fecha, acepta que “todo el mundo quiere título, pero acá lo más importante es el trabajo y a través de él ir paso a paso. En estos torneos cortos muchos arman equipos para ser campeones y nunca llegan, así que uno con cada triunfo se va ilusionando”.

Igual sabe que la derrota es inevitable y confiesa estar preparado para recibirla, tal y como le inculcaron varios de sus maestros, como el médico Ochoa , Varacka y Alberto Rujana. En especial este último por “su enorme riqueza táctica; es uno de los mejores de Colombia y no me explico por qué no dirige”.

De ellos y otros más aprendió demasiado y hoy lo que más le inculca a sus jugadores es que “antes que futbolistas queremos personas por el bien de cada uno. La carrera del futbolista es corta y les pongo muchos ejemplos, buenos y malos, para que valoren lo que tienen”.

Como en cualquier grupo, hay quienes escuchan con más atención que otros y por eso Berrío considera como alumnos aventajados del plantel a “Champeta Velásquez, (Hilario) Cuenú y el mismo Lucho Fernández, que tienen esa posibilidad de colaborar con el grupo por su experiencia y liderazgo”, aunque entiende también que uno necesario para distensionarlo es “La Brocha Vidal, que le da ese toque de alegría a las prácticas porque todo no puede ser trabajo y mala cara”.

En casa intenta aplicarlo igualmente con sus hijos menores, Guillermo, de 15 años, y Daniel Francisco (13), porque los mayores, Alex (23) y Eliana (21), se desprendieron de él para radicarse en España, donde el Huila tiene dos hinchas a la distancia. Con ellos y sus “muchachos”, pretende ser el mismo guía que así se autodefine: “No soy regañón, pero tampoco una madre. Trato de ser el punto medio entre ambos y la mejor forma es dándoles confianza”. Y lo dice alguien que hoy es más Teacher que nunca.