Cerveleón Cuesta, un chocoano que nació para ser campeón

El emblemático jugador de Millonarios, campeón en 1987 y 1988, proviene de un lugar difícil de olvidar por las historias alucinantes que cuentan sus ríos, sus calles y su gente. Ahora, el chocoano hará parte del cuerpo técnico de Gamero en el club 'Embajador'.

Cerveleón Cuesta, con el equipo campeón de Millonarios 1988 //Archivo El Espectador
Cerveleón Cuesta, con el equipo campeón de Millonarios 1988 //Archivo El Espectador

Nació para ser campeón, de eso no cabe duda, y el clima tropical y húmedo en el que vivió sus primeros años lo convirtió en un jugador de fútbol aguerrido, con mucho temple y capacidad para comandar la defensa de los equipos donde jugó varios años. Sin embargo, su historia de vida comienza en un lugar contradictorio y mágico a la vez, localizado en pleno corazón del departamento del Chocó. Un territorio privilegiado en minería y fértil en biodiversidad, difícil de olvidar por las historias alucinantes que cuentan sus ríos, sus calles, su gente.    

Hablar del exfutbolista profesional Cerveleón Cuesta y de su infancia implica trasladarse a 75 kilómetros de Quibdó y llegar a la población de Andagoya, cabecera del Medio San Juan, centro sur del departamento. Una pródiga región que se mantiene en una temperatura promedio de 28 grados centígrados, más húmeda que el resto de municipios de esta selvática zona de Colombia, que además es surcada por las aguas de los ríos San Juan, Condoto, Opogodó y Suruco. En ese enclave de exuberante naturaleza y también de deforestación, el 10 de junio de 1963 vino al mundo.

En ese tiempo, Andagoya era reconocido como el centro minero más importante del departamento. Así lo describió Gabriel García Márquez a mediados de los años 50 cuando lo recorrió como enviado de El Espectador, y lo hizo parte de su serie El Chocó que Colombia desconoce, en la que lo describió como una ciudad maravillosa situada en la esquina del cruce del San Juan y el Condoto.  Un pueblo con luz eléctrica, acueducto, servicio telefónico, muelle para barcos y lanchas, calles arboladas y casas pequeñas y limpias con alambrados y escalinatas de madera.

Un pueblo con casino, mesas de juego y restaurantes, pero solo para los trabajadores blancos. A la otra orilla del río San Juan, en el poblado de Andagoyita, en condiciones paupérrimas, vivían  los nativos que se quedaban con las sobras de la extracción del oro y el platino que se llevaba la compañía minera norteamericana Chocó-Pacífico. Su cuota de responsabilidad social era patrocinar el fútbol. Por eso organizaba campeonatos en Quibdó o movilizaba los equipos de Istmina, Condoto, Novita o Tadó, que también llegaban a disputar partidos a Andagoya.

El local era el “Estar de Andagoya”, en el que militaban figuras de la talla de Elías Zapata y Omar Lozano, quiénes serían llevados a la Selección Chocó para participar en los juegos nacionales de Cartagena en 1960 y Bucaramanga en 1964.  Se decía que el Medio San Juan era un semillero de jugadores. De allí salieron Mon Rumie, Alberto “Choco” González, Walker Cuesta y  Libardo Mesa, entre otros. Entre las calles de este contradictorio pueblo de interés mundial pero internamente tratado como un campamento minero, dio sus primeras patadas a un balón de fútbol Cerveleón Cuesta.

Al lado de la extracción minera, durante los paseos al río o entre las calles sin pavimento, él y sus amigos repartían el tiempo entre partidos de fútbol. Pero un día su padre, que trabajaba en la compañía Mineros del Chocó, fue trasladado a Quibdó, y a sus diez años, lejos de sus amigos, Cerveleón Cuesta se sintió también despidiéndose del sueño de integrar algún día el “Estar de Andagoya”. Llegó a una ciudad donde aún se advertían las ruinas que siete años atrás dejó el incendio del 27 de octubre de 1966, que en la versión de la gente era un golpe del cual no habían podido levantarse.

El Teatro Quibdó, las heladerías Alaska y Andagueda, el Salón Colombia y la Estrella Roja, el café de Bernardo Uribe o la bodega de don Epifanio Álvarez, un cuarto de Quibdó se quemó y mucho tiempo duraron las construcciones calcinadas. A esa ciudad que resurgía de sus cenizas llegó la familia de Cerveleón, y lo hizo al barrio La Aurora donde se respiraba sosiego.

Del “campincito” al Campin

En el corazón de la zona estaba localizada la cancha de arena de “El Campincito”, donde llegaban los pelaos de la ciudad a imaginarse jugando en El Campín de verdad, en la lejana Bogotá que era la meta de todos.  

Ese se volvió el sitio preferido de Cerveleón Cuesta. Todas las tardes después del colegio, o el día entero en las vacaciones, su vida era buscar rivales para jugar al fútbol. “Era una sabrosura de picaitos”, comenta hoy haciendo memoria de los torneos “interbarrios” que se disputaban con gran entusiasmo.

Cuando regresaba a su casa y se acostaba rendido, su motivación estaba impresa en un afiche pegado en la  pared de su cuarto, con la imagen del trío futbolístico de moda en el balompié colombiano: El BOM  de Brand, Ortiz, Morón del campeón de 1972, Millonarios.

Con el paso de los días, cuando se fue haciendo hombre y alcanzó la talla y  condición para ser futbolista, el club “Los Chirolitas” de Quibdó se interesó por sus servicios y con esa divisa se enfundó su primera camiseta a nivel amateur.  En ese trajinar compitió muchas veces a lo largo de los años 70 y con el primer equipo de la Escuela Normal se coronó otras tantas como campeón de la liga chocoana de futbol. Merecimientos que lo hicieron acreedor a un puesto en la selección departamental del Chocó en 1980, junto al profesor Luis Pizarro, quien no dudó en incluirlo en el once titular.

No le fue bien a Chocó en ese campeonato y Pizarro no pudo revalidar los éxitos logrados con la liga antioqueña de fútbol. Por esta razón, al término del torneo, el entonces director de Coldeportes Chocó, Wladimiro Garcés Machado, contrató al ex futbolista brasileño de Santa Fe y Millonarios, Walter de Moraes, Walthino, quien llegó a Quibdó en 1981. Desafortunadamente los resultados tampoco fueron los mejores. El historiador deportivo Higinio Serna, autor del único libro publicado sobre el devenir del fútbol chocoano,  sostiene que ese momento se despedía su mejor generación.

La novedad de los primeros torneos nacionales de los años 80 fue el interés del ex futbolista Luis Augusto García, entrenador de las divisiones inferiores del Club Deportivo Los Millonarios de Bogotá, en el defensa central Cerveleón Cuesta, que ya trascendía las polvorientas canchas de Quibdó. De todos sus técnicos había aprendido los secretos del fútbol. De Fernando Hinestrosa, conocido como “Chirola”,  del ex jugador argentino Vicente Greco que triunfó en Medellín, del ex futbolista Jorge Gallegos, goleador de Millonarios y Cali. Ya estaba listo para triunfar en Bogotá.

Gambeteando la soledad

En 1983, se despidió de su acogedora Quibdó y llegó a la fría Bogotá para buscar un puesto en Millonarios. El entonces gerente deportivo de la institución, Guillermo Ruíz, lo ubicó en una pensión  y con su maleta repleta de sueños y un par de guayos gastados, Cerveleón Cuesta empezó a jugar su primer partido contra la soledad. Aguantó 72 horas y decidió buscar unos familiares que residían en el barrio Casa Blanca en la localidad de Kennedy, al suroccidente de la capital, donde se encontró con una pequeña Quibdó que lo acogió como si fuera un hijo de regreso.

No fue fácil su adaptación. El recuerdo de sus amigos y su familia  en el barrio La Aurora o los “picaitos” en El Campincito, fueron nostalgia pura. Ya no tenía facilidad para comerse un bacalao o un bocachico, o degustar una sopa de queso o un plato de arroz con longaniza. Su aliciente era saber que con esfuerzo podía volverse futbolista profesional y así volver a su natal Andagoya o a Quibdó cargado de gloria. Por fortuna, en el barrio Casa Blanca, la música del pacífico retumbaba con sus chirimías y currulaos y esa opción de alegría suplía la lejanía de su Chocó del alma.

Con ese talante festivo y emprendedor se enfundó por primera vez la camiseta azul y blanca. Un detalle que impresionó al técnico de las divisiones inferiores, el ex futbolista  Delio “Maravilla” Gamboa, quien vio en él un enorme potencial y nunca dejó de aconsejarlo. Si bien Cerveleón inició su proceso en el equipo de reservas, más de una vez fue llamado a las prácticas del equipo profesional. Tres meses de su arribo a Bogotá fue promovido al primer equipo. Los centrales Norberto Molina, José Daniel Van Tuyne o Miguel Ángel Prince pasaron de referentes a compañeros.

En 1984 fue inscrito para jugar el campeonato rentado y, bajo las órdenes de Jorge Luis Pinto, hizo su debut en el estadio Eduardo Santos de Santa Marta, enfrentando al Unión Magdalena. Ese año, Millonarios fue segundo detrás de América. No jugó mucho pero compartió con profesionales que son referentes históricos del equipo albiazul. El sensacional arquero argentino Alberto Vivalda, el goleador guajiro Arnoldo Iguarán; el “búfalo de San Luís”, como se conoció al estelar delantero Juan Gilberto Funes; y hasta Carlos “El Pibe” Valderrama, cuando empezaba a proyectarse a nivel nacional.

En 1985 y 1986 tampoco se dio la anhelada estrella 12. Primero dirigió Jorge Luis Pinto, pero aunque el equipo clasificó al octogonal final, terminó tercero y ni siquiera logró cupo a la copa Libertadores de América. Después hubo relevo en la dirección técnica, tomó las riendas del equipo el samario Eduardo Retat y se repitió la historia. Tercero y sin torneos internacionales. Era la época en que América lo ganaba todo y de la mano de Gabriel Ochoa Uribe el equipo escarlata representaba a Colombia. Cerveleón Cuesta jugó algunos partidos pero su momento de victoria aún no llegaba.

La estrella 12 llegó en 1987 y Cerveleón Cuesta aportó su grano de arena. El técnico fue Luis “El Chiqui” García, el mismo que lo vinculó al equipo cuando todavía jugaba con la Liga del Chocó. Los números de ese año fueron impresionantes. El equipo solo perdió cinco partidos y mantuvo un invicto de 22 fechas. Terminó el torneo con 84 puntos, once más que el segundo que fue Nacional. En el octogonal final superó a América por un punto. Junto a Miguel Prince, Wilman Conde, Germán Gutiérrez o Hernando García, el chocoano Cuesta celebró el título con merecimientos.

Siempre se dijo en Quibdó. Cerveleón había nacido para ser campeón. Lo hizo en ese 1987 en que Millonarios rompió su sequía de nueve años sin títulos. Pero faltaba su mejor momento. En 1988, Cuando apenas empezaba el torneo, hubo desacuerdos entre la dirección técnica y algunos jugadores, entre ellos el central Miguel Prince. Esa coyuntura le abrió el camino a Cuesta, quien se apoderó de la titular. Las estadísticas de ese año demuestran que fue un título absoluto. El invicto pasó a 26 fechas, hasta hoy no superado, y de los 108 partidos que jugó, Millos ganó 64, empató 31 y solo perdió 13.

En la memoria de Cerveleón Cuesta están intactos los recuerdos del octogonal que definió el título. Luego de intensas finales que fueron todos los partidos con Santa Fe, Nacional, Junior, Cúcuta, Pereira, América y Quindío, la obtención de la estrella se definió hasta la última fecha. Solo dos equipos tenían opciones, Millonarios y Nacional. Cuando terminó el primer tiempo, los verdolagas eran campeones gracias a su triunfo parcial en Bogotá frente a Santa Fe y la derrota de Millonarios con Junior en Barranquilla. En la segunda etapa se revirtieron los marcadores.

Los azules empataron con gol de Mario Vanemerak y en Bogotá empató Santa Fe con anotación de Sergio ‘Checho’ Angulo. Paradójicamente, un gol santafereño le daba la estrella 13 a Millonarios. Por gol diferencia, pues ambos equipos quedaron empatados con 24.5 puntos, el conjunto bogotano sacó ventaja sobre Nacional y alcanzó el bicampeonato. Junto al chocoano  Cerveleón Cuesta, quedaron para la memoria los campeones. Ómar Franco, Alberto Gamero, Wilman Conde, Arnoldo Iguarán, Carlos ‘Gambeta’ Estrada, Mario Vanemerak o Rubén Darío Hernández, entre otros.

Cerveleón Cuesta jugó seis temporadas más en Millonarios. En 1989, el equipo se enrumbaba hacia la tercera estrella consecutiva y la catorce de su casaca, cuando fue suspendido el torneo por el asesinato del árbitro Álvaro Ortega. Ya era evidente que el narcotráfico se había tomado el fútbol colombiano y en equipos como Nacional, Medellín, América, Magdalena, Pereira, Santa Fe o Millonarios, se filtraron dineros de la mafia. Cuando el Estado reaccionó, el primer equipo investigado fue el albiazul y ese momento coincidió con el declive deportivo del onceno.

En 1990, el equipo embajador ni siquiera clasificó a las finales. Fue décimo en la clasificación general y eso determinó la salida del técnico “Chiqui” García. En 1991, de nuevo bajo la dirección de Eduardo Retat, la afición alcanzó a ilusionarse pero al final se resignó a un tercer lugar sin opción de torneos internacionales. En 1992, Millonarios fue cuarto y el técnico fue Miguel Prince, uno de los principales referentes de Cuesta. En 1993, último año del chocoano en Millonarios, el equipo quedó en el octavo puesto. Ya era el momento de buscar nuevos aires.

Sin embargo, en la memoria de su paso por Bogotá, además de los títulos de 1987 y 1988, quedaron instantes inolvidables. Como la tarde en El Campin en la que durante un partido contra el Sporting de Barranquilla, recibió un pase estratégico de su compañero Santiago Escobar, y casi desde la mitad de la cancha, el chocoano la clavó en el ángulo derecho del portero visitante. Después de 233 partidos y cuatro goles, en 1994 Cerveleón Cuesta se enroló en el Cúcuta Deportivo, donde jugó dos temporadas y jugó 29n partidos. En total, como profesional, acumuló 262 encuentros.

Al terminar 1995 se retiró del fútbol profesional. Aunque dos años después militó por algunos meses en el “Club El Cóndor”, actual Bogotá F.C., para disputar el campeonato de la segunda división, ya había decidido dar un paso al costado. Tenía 33 años y comenzaba su segunda etapa en el fútbol, esta vez como técnico y formador de profesionales. Desde las divisiones inferiores del club, se dedicó a promover talentos, lo hizo de manera especial con varios valores chocoanos, y su profesionalismo le permitió ser el técnico titular del equipo durante diez encuentros.

Entre 2002 y 2006, cuando la crisis económica y deportiva de Millonarios tocó fondo, ahí estuvo el ex defensa central Cerveleón Cuesta para apagar incendios. Cuando terminaron sus breves intervenciones como técnico mayor, siempre volvió a su condición de promotor de nuevos valores.  Hoy sigue viviendo en Bogotá y continúa vinculado con Millonarios, pero no deja de visitar Quibdó con regularidad pues no concibe unas vacaciones sin sentarse a ver partidos de fútbol o incluso jugarlos, en las mismas calles polvorientas donde compitió en el barrio La Aurora.

Casi 20 años después de colgar los guayos, el profe Cerve, como lo llaman sus pupilos o lo saluda la gente en los partidos de la Liga de Fútbol de Bogotá donde suele llegar con el equipo sub 20 de Millonarios, sigue siendo por encima de todo un agradecido con su natal Chocó. Habla de su departamento como una fuente  inagotable de futbolistas, refiere los nombres de muchos que en su criterio debieron llegar al profesionalismo pero les faltó persistencia, y considera un orgullo que un hijo de la desconocida Andagoya del Medio San Juan haya quedado en las fotos del campeón bogotano Millonarios.

(Este texto hace parte del libro Chocó, tierra de fútbol)

516254

2019-12-12T15:37:00-05:00

article

2019-12-12T15:38:57-05:00

none

Theo González Castaño

Fútbol colombiano

Cerveleón Cuesta, un chocoano que nació para ser campeón

59

16992

17051