Cuando James Rodríguez pasó de admirar a John Charria a idolatrar a Cristiano Ronaldo

El Espectador publica "Aprender a ganar", capítulo del libro "James su vida. Historia de un héroe y de un país" (sello editorial Aguilar).

Jhon Charria fue goleador y campeón con Tolima y Cristiano Ronaldo en su época con Manchester United. / Cortesía El País de Cali y Archvio

Llegaban en gavilla de entrenar, sacaban pecho y retaban en la calle a los incautos de cualquier cuadra. Por el alto nivel técnico que ostentaban, siempre les ganaban «el bolis o el cholao, como llamábamos al raspao de hielo». El reinado les duró hasta el 2002, cuando el jugador del Deportes Tolima John Charria, un vecino que les había visto las cualidades desde la ventana de su sala los puso en su lugar. «Vean, pelaos, ustedes la mueven bien pero tienen muchas cosas que aprender», les advirtió. En el primer momento quedaron mudos. Luego gritaron: «¡Es Charria!», y se atrevieron a timbrar en la puerta de su casa para rogarle que jugara con ellos diez minutos. El delantero del Valle del Cauca terminó «paladeándolos» y enseñándoles «los primeros secreticos» de lo que era ser profesional de la pelota.

En sus días de descanso, además de participar de los encuentros callejeros, los invitaba a disfrutar de los videojuegos y a seguir hablando de fútbol. A medida que Charria labraba su camino como goleador histórico del Tolima, con 65 anotaciones, ellos no se perdían los partidos en que jugaba ni la repetición de sus jugadas en televisión. Se sentían orgullosos de conocerlo, iban al Murillo Toro a verlo, fantaseaban jugando en ese pasto áspero, y en su honor hacían el avioncito cuando celebraban los goles propios en la academia o en el peladero que fuera. Esa amistad les transmitió confianza, tanta que por primera vez se revisaron la musculatura y hablaron de «hacer gimnasio». «Para defendernos en la cancha teníamos que ser muy “cuajados”, como Charria». Los ídolos ya no estaban al otro lado del mundo, como Totti, sino en la cuadra del frente. El sueño era posible.

A la trinca de James, «Pipe» y «Cesitar» se le sumaron por obra y gracia de la categoría A de la Academia, «El Tuto» Noreña, Felipe «Aristi» Aristizábal y Yamel Guzmán. El profe «Yul» evoca al mejor equipo que ha tenido en casi 20 años: «Con los nacidos entre 1990 y 1991 teníamos a James de 10, a “El Tuto” por la derecha, a Yamel por la izquierda y en la defición a Núñez, a “Aristi” y a Hans Forero, “El Gusi”». Yamel jugaba de 10 hasta que James llegó y lo hizo mover a la punta. A pesar de la clase que le reconocen sus amigos, «por cosas de la vida» terminó jugando fútbol profesional de salón, estudia ingeniería de sistemas, trabaja con Movistar y va a torneos aficionados con «El Tuto». Los empresarios del arroz, por ejemplo, les pagan cien mil pesos por juego. «Gusi» jugó en la categoría B profesional con el club Compensar, de Bogotá. Hizo tres goles la primera vez y luego no se mantuvo. Junto a ellos también creció otro volante de calidad llamado Edwin Posada, jugador del Deportivo Pereira e integrante del primer equipo en el que jugó James. Y Daniel Aldana, gran lateral izquierdo, Ricardo Perdomo, excelente defensa central, y Alberto Bustos, que juega en la B con Bucaramanga. En las fotos del archivo de la Academia visten un uniforme rojiazul que les donó el dueño de un taller de mecánica automovilística. James y Johnny Otálvaro aparecen agachados y en aparente forcejeo por quién va a posar con el balón. A Otálvaro lo consideraban excepcional porque manejaba las dos piernas con la misma técnica y potencia. Alcanzó a llegar al Independiente Santa Fe de Bogotá y se refundió.

El primer campeonato que ganaron fue el del Club Campestre donde jugaron por invitación de James García, que luego viajó a estudiar a los Estados Unidos y allá se quedó como técnico de soccer. «Eso fue especial porque sentimos que los niños “pobres” les podíamos ganar a los niños “ricos”». Paradoja doble: ahora por cuenta del fútbol, la abuela materna de James, y él cuando viene de descanso, disfruta de una amplia casa en inmediaciones del club al que alguna vez le negaron el ingreso. Esa copa les sirvió para conseguir el patrocinio del Instituto de Recreación y Deporte de Ibagué. En la foto oficial James sale con el ceño fruncido y los brazos cruzados porque le pidieron quitarse la mano de la cara. «Tuvo un bache en ese equipo cuando mudó los colmillos —dice Yul—. Se tapaba la boca a toda hora y andaba como “bajoneado” hasta que le volvieron a salir y volvió a sonreír». Estaba listo para jugar, incluso con dolor de muela o gripa.

Una anécdota contada por «El Tuto» da una idea de que ninguna dificultad se interpondría para lograr los objetivos: «Ganamos un partido de un campeonato porque el otro equipo no llegó y decidimos practicar entre nosotros. James me había dicho que tenía mucho dolor de estómago y cuando iba a conducir un balón que yo le pasé no pudo aguantar más. Pues la mamá corrió, se lo llevó para la casa y a los 15 minutos volvió a jugar bañado y cambiado. ¿Usted cree que otro niño hace eso? No. Yo no hubiera vuelto en días».
«Yul» saca del talego los carnés registrados en la Liga de Fútbol del Tolima con las fotos de James en cada etapa: la primera con una camiseta tipo polo apuntada hasta el último botón y un mechón mono que le cae en la frente; la segunda cuando era preinfantil, con cara de resignado porque acababan de peluquearlo a ras; la tercera es del equipo B categoría infantil y la cara de bravo se la atribuye a que le decían que estaba más gordito; en la cuarta está feliz por el ascenso a categoría A, cuando empezó a peinarse hacia atrás como los niños mayores, y la quinta es de la categoría Pony Fútbol, donde se ve serio, con pose de niño grande y ya no tan cachetón. Al papá biológico lo llamaban «Cachetes» y no le gustaba que le recordaran el apodo.

Siempre era el primero en estar al día en papeles y en llegar a entrenar y el último en irse, disciplina infundida por los papás. «El amor de James por este deporte no habría bastado si su familia no se hubiera obsesionado como él. Siempre recibió el apoyo irrestricto de Pilar y Juan Carlos, y luego de su hermanita Valentina. No importaba si había que sacrificar estudio, vacaciones, endeudarse, lo que fuera, con tal de que el niño participara en todos los eventos. James sudaba fútbol por los poros. Salía de aquí a meterse en los videojuegos de fútbol. En los cumpleaños el ponqué tenía que ser en forma de estadio o de balón».

Todo el que pasa ahora frente a la oficina se detiene a ver un gran pendón en el que se lee «de la Academia para el mundo» y las fotos impresas de las distintas etapas del crack. Llega una madre con su hijo Duván Caicedo, de 15 años. Vienen desde la lejana vereda Chucuní, movidos por el fenómeno James y el deseo del adolescente de ser profesional. Dos semanas de prueba bastan para saber si tiene posibilidades. Suena el teléfono y preguntan por otro cupo. Entra J.J . para informar: «¡le ganamos 3-1 a Masacruda!».

«El Tuto» es un recio mediocampista que llegó a jugar a nivel profesional en el Deportivo Pasto y no quiso vender ni regalar los videos inéditos que su papá grabó antes de que James se convirtiera en atracción mediática en la Copa Pony Fútbol. «No tienen precio, son un recuerdo mío». Uno es del primer campeonato realmente internacional que lograron: el Festival Binacional de Escuelas de Fútbol Infantil realizado en la frontera con Venezuela contra 18 equipos, incluso provenientes de Panamá, entre el 30 de junio y el 7 de julio del 2002. Había tres categorías y los tolimenses ganaron las tres. Dio para noticia de página completa en el diario local La Opinión y de primera plana en Ibagué. El equipo de James se impuso en la fase clasificatoria en la sede de Villa del Rosario. Ninguno olvida que esa fue la cancha más dura en la que jugaron en la vida. «La del Jordán era bella comparada con esa. Parecía de cemento. Era de un barro tieso en el que los taches no entraban».

Derrotaron en la final a Quinta Oriental, favorito y local, con goles de «Cesitar», goleador general con 13 anotaciones, y «El Tuto». Tuvieron la valla menos vencida. La secuencia se repetía: James, el mejor jugador del torneo, encabeza la celebración por la pista atlética del General Santander de Cúcuta, el mismo estadio en el que su papá lo puso con contacto con el fútbol desde que era un bebé. Nadie distinto a él y a su mamá Pilar sabían lo que significaba volver allí a recoger los primeros pasos de una familia desarmada nueve años antes por el fútbol y reconstruida a partir de la misma esencia. De las lágrimas pasaron a la dicha. Dan gracias a «Yul» por la manera como los está formando. Corren luciendo camisetas de campeones estampadas con amarillas llamas flameantes sobre fondo negro. Gritan: «¡Campeones!, ¡campeones!». James contempla «el trofeo más bonito que había recibido hasta ese momento»: base de madera con un primer nivel de tres pilares plateados que resguardan una estrella brillante; segundo nivel, un cáliz de base plateada, la copa pintada a mano con fondo turquesa y naturaleza verde; sobre la tapa el tercer nivel, un cántaro plateado en el que grabaron en relieve una portería de fútbol, un balón y un guayo. No quiere soltarlo, quiere llevárselo a la casa. Hoy es el más atractivo entre los exhibidos en las vitrinas de la academia. Fue el primer viaje internacional de James porque estuvieron conociendo y haciendo compras en San Cristóbal y Ureña, Venezuela. Repitieron triunfo y paseo en el 2003.

En otro video se ven los niños a los 11 años de edad durante los encuentros eliminatorios y las finales en el Campeonato Nacional de Comfenalco, en Armenia. Impresiona detallar cómo paraban el balón, cómo lo pisaban, cómo utilizaban el cuerpo para protegerlo, cómo triangulaban tocando en corto. Talento puro. La insolencia y el atrevimiento como caldo de cultivo. «Una generación irrepetible». «Pipe» visualiza ese momento como uno de los que empezó a advertir imágenes de las que ya le había hablado James, fijándose metas y soñando con lo que le iba a pasar antes de jugar los partidos. Por ejemplo, los meses previos al torneo en el que participaron 30 equipos de todos el país se quedaba junto a él viéndolo practicar tiros libres y de media distancia.

—«Mono», ¿para qué tanto «entrene» si ya le pega mejor que todos nosotros?
—«Cabezón», porque todavía no le pego perfecto de tres dedos como Totti.
«Y en Armenia, donde fuimos campeones dos veces seguidas, se hizo un golazo desde donde me había dicho. ¡Me tapó la boca! Allá le ganamos a equipos de Medellín que siempre han sido potencias: San Bernardo, Belén Rincón, Calasanz. Entrábamos a la cancha y yo le decía»:
—«Mono», estoy asustado. Esos paisas son muy buenos.
—«Cabezón», fresco, metámosela toda, nosotros somos mejores.

Hay una foto de James Rodríguez en la vuelta olímpica. Figura: diez del equipo y capitán. Detrás las banderas y los padres de familia con los brazos en alto. Como ocurrió un 19 de diciembre, recibieron regalos, entre ellos un gorro navideño que alumbraba el nombre de cada cual. Entre el 2001 y el 2002 James se volvió fanático de los galácticos del Real Madrid. Aparte de Totti, el brasileño Roberto Carlos era su referencia para pegarle al balón con efectos y lograr curvas. «Veíamos las jugadas en televisión y luego las buscábamos en internet para imitarlas. Así aprendimos a jalarla para la “Ronaldinha” y esa volea de Zidane contra el Bayern Leverkusen cuando quedó campeón de la Champions. Salíamos a practicarla y a pararla como él. Lo del Real nos lo gozábamos en el Play. De Colombia imitábamos cosas de “El Pibe” Valderrama. James se fijaba sobre todo en cómo hacía los pases. “Eso es ser un diez”, decía. Todo lo repasado nos favoreció después en la cancha».

Más situaciones en la construcción de una personalidad. A la mente de «El Tuto», en la sala de su casa en Ibagué, frente a un balón pintado con los colores de la selección Colombia bajo el cristal de la mesa de centro, llegan imágenes de esos dos años previos al punto de quiebre que sería la Copa Pony Fútbol. «Los profes veían la capacidad de James y lo protegían, pero él no quería preferencias. Los balones de la Academia eran Molten viejos, muy pesados; sufríamos para patearlos, las uñas se nos ponían negras. En parte de ahí salió la potencia de nuestra pegada. La costumbre era que llevaban la talega a la mitad y los botaban sobre la cancha. Solo había un balón bueno. Uno de los niños menos hábiles del equipo agarró el mejor balón y el entrenador Álvaro Guzmán le gritó:

—Éver, venga.
—¿Señor?
—Deme ese balón.
—¿Por qué?
Se lo quitó y llamó a James.
—¿Sí, profe?
—Tenga, este es suyo.
—¿Por qué?
—Porque usted debe jugar con el mejor balón.
—No, profe. Este lo cogió primero Éver. Yo entreno con el que me tocó.

Cuando le devolvió el balón a Éver hubo un silencio que dijo mucho». «Yul», el guía y entrenador principal, piensa que por James no había que hacer mucho porque tenía el camino marcado. «Traía un talento innato. A cualquier club donde hubiera llegado, ese niño habría salido profesional. Traía el 90% de su potencial. ¿Qué hicimos aquí? Cuidarlo, foguearlo, llevarlo a cuanto torneo hubiera para que se consolidara. ¿Qué le enseñamos? Le insistimos que mejorara la forma de perfilarse, hacia el frente, porque recibía la pelota y se volteaba, entonces quedaba de espaldas al arco. Aprender a manejar los perfiles. De resto, fue clave que estuvo rodeado de muy buenos compañeros que supieron aprovechar su clase».

El patio de «Aristi» era la segunda sede para encontrarse a jugar picaditos en una cancha armable de Coca-Cola o a hacer gol en una portería pintada en la pared. «James se quedaba en mi casa y yo me quedaba en la de él, ya fuera detrás del Éxito, en San Francisco, hacia el lado de El Vergel, o en el barrio Departamental, que es por el estadio Murillo Toro». La mamá del anfitrión recibió a James muchas veces. «Iba a lo que iba, nunca se sentó a hablar conmigo». Les gustaba cómo rebotaba el balón contra el muro del Éxito. «Le dábamos durísimo y a cada rato salíamos corriendo porque se activaba la alarma y venían los celadores a regañarnos. Al rato volvíamos y después nos íbamos a jugar Play. No había nada distinto a eso. En los partidos nos entendíamos igual. Yo era puntero por la derecha, “Cesitar” llegaba por la izquierda y James era nuestro volante pasador».

Con esa fórmula las victorias llegaban una detrás de otra. «¡Oh días, niños!», decía Rimbaud. Se volvieron tan exigentes y ambiciosos que en la academia solo guardan trofeos de campeones. Los de segundo o tercer lugar se rifan entre los alumnos. «Ganábamos todos los partidos 10-0 o más. Fácil. Los únicos partidos en los que nos esforzábamos eran contra Gramadeportes y Tolima, y también terminábamos ganándolos. Por eso el 80% de la selección departamental era de la Academia. Empezamos a participar en campeonatos regionales y fuimos a Bogotá a buscar competencia», confirma «Aristi», sentado en la oficina de Bodega La 17, un local de venta de ropa de su familia en el centro de Ibagué que patrocinó a la Academia y donde trabaja mientras se repone del segundo rompimiento de ligamento cruzado de la pierna izquierda. Lo más triste es que el día que recayó en un campeonato aficionado en Medellín, el exjugador de la Selección Colombia y ahora técnico Ricardo «Chicho» Pérez le ofreció hacerlo futbolista profesional. Conteniendo la rabia y la frustración tuvo que decirle: «¡Claro!, es el sueño de todos, pero ahora no puedo». Vive en la incertidumbre de la rehabilitación.

En diciembre de 2003 el amado Deportes Tolima de James se coronó campeón del fútbol colombiano y el admirado goleador John Charria convirtió uno de los penaltis definitivos en la final contra el Deportivo Cali. Para ese momento el máximo ídolo de James ya no era Charria ni Totti sino el portugués Cristiano Ronaldo, la nueva figura del Manchester United que lo impactó por el talento, la personalidad y el ascenso maratónico que hizo desde el equipo juvenil del Sporting de Lisboa a la plantilla profesional, y de ahí a los «diablos rojos» ingleses, luego de un partido amistoso entre los dos clubes en el que asombró al legendario técnico británico Alex Ferguson. «El Tuto» se ríe al recordar: «A James le dio un día por quitarse la camiseta y mostrar el pecho para celebrar un gol y cuando lo jodimos nos dijo que había que aprender de la fuerza y la potencia de Cristiano porque iba a ser el mejor del mundo, y así fue». Leía todo sobre él en Internet y decía que si cuando tenía diez años de edad recibió las primeras ofertas de clubes profesionales, ellos podían aspirar a lo mismo después de la Pony. En todo caso, lo de su amigo Charria resultó simbólicamente valioso. Los niños de la Academia hicieron una promesa: si el Tolima pudo ser campeón nacional, ellos lo serían a nivel infantil un mes después. Y lo cumplieron a comienzos de 2004, coronándose en el Pony Fútbol, que a James le abrió las puertas del fútbol profesional en el Envigado.

*Editor dominical de El Espectador. Autor de “Vivir un Mundial. Crónicas de Brasil 2014” (eLibros Editorial).

Temas relacionados