De caso perdido a revolucionario

El bogotano ratificó en el estreno contra Grecia por qué es pieza clave de Pékerman. Representa la evolución del volante cinco en el país.

El mediocampista Abel Aguilar fue fundamental en la victoria de Colombia 3-0 ante Grecia. / EFE

En Colombia nos enseñaron por muchos años que el área de contención de un equipo sólo la podían habitar jugadores de pierna fuerte, casi temerarios y que prefirieran la masa del rival por encima del balón. Técnicos como Osvaldo Zubeldía, Carlos Bilardo y Hernán Darío El Bolillo Gómez nos lo inculcaron con sus sistemas. Pero la llegada de José Pékerman a la selección de Colombia ratificó una evolución en ese puesto, y Abel Enrique Aguilar lo está personificando en este Mundial.

El fútbol del bogotano es silencioso pero contundente. Trata de recuperar sin hacer falta y entrega el balón como un volante de creación, porque ese fue su rol en la selección de Bogotá hace muchos años. En el partido contra Grecia sobresalió sin que muchos lo notaran: de 31 pases que hizo en 67 minutos en cancha, sólo erró tres (para un 90% de efectividad). Pero también ayudó en marca: escalonó a Carlos Alberto Sánchez o, mejor dicho, fue el gregario del volante más recuperador del equipo. Interrumpió cinco jugadas del rival y sólo cometió dos faltas sin ser amonestado. Y además asistió con la punta de su guayo a Teófilo Gutiérrez para el segundo tanto.

Los rasgos de su fútbol parecen provenir de una vida con mucha disciplina. Sin embargo, Abel maduró en la cancha mientras en su casa, en el barrio Nicolás de Federmán de Bogotá, siempre fue el más desparpajado. A los tres años le encantaba sacar todas las ollas y regarlas por la cocina para que su mamá, Luisa, que estaba en embarazo, las recogiera. Su paso por cualquier parte de la casa era anunciado por una bulla, el ruido de un objeto al caer o el sonido de un balón rebotando. A los 14 años escuchaba metal y ensuciaba las paredes de su cuarto con una pelota de tenis que tiraba a todas horas.

En la casa de los Aguilar llegaron a acostumbrarse a ese ta… ta… ta… que provenía del cuarto de Kike, como siempre le han dicho. Y en general se habituaron a las pilatunas del segundo de los hijos de Álvaro y Luisa. Cuando él y su hermana Natalia se bajaban del bus del colegio, corrían a empujones para ver quién cogía el control del televisor. Él casi siempre llegaba primero, pero eso no bastaba para fastidiar a su hermana menor hasta el llanto. Entonces le escondía las muñecas, y cuando las amigas de Natalia iban a la casa se metía debajo de la cama para escuchar lo que decían.

Desde niño le costó quedarse quieto. Cuando estaba en casa se iba hasta el barrio Pablo VI a ver cómo grababan De pies a cabeza, e incluso, en los recesos, jugaba con los actores que eran de su edad. Y cuando estaba en la cancha, ocupaba todas las posiciones: en parte por hiperactivo, en parte por versátil. De hecho, su primera experiencia con el fútbol, en segundo de primaria en el colegio Cervantes, la vivió debajo del arco. Durante un buen tiempo, incluso hasta que ingresó a las selecciones de Bogotá, tapó con un buzo amarillo que decía “Argentina” en el pecho.

El fútbol lo empujó hacia la madurez, en parte porque en este campo de su vida no fueron tan permisivos como en casa. Todo lo contrario. Una vez, jugando con la selección de Bogotá, que también integraba Falcao, perdieron 4-0 en un nacional en Cúcuta. El técnico les resaltó sus errores y Abel lloró al igual que el resto. En las divisiones inferiores del Deportivo Cali, donde le decían Chitiva, casi lo sacan por falta de ideas. Literal: jugaba de volante 10 y entró en un período de depresión deportiva.

Al entrenador Nelson Gallego, uno de los pocos que apostaron por la continuidad de Abel en ese tiempo de crisis, se le ocurrió pasarlo de líneas y lo transformó en volante cinco. Y eso terminó siendo su salvación y el elemento diferenciador: no pegaba ni dañaba a los rivales, pero recuperaba sin faltas y le daba ideas al equipo desde atrás, como lo hacía en ese momento Fernando Redondo en Argentina. No fallaba un pase.

Cuando integró las selecciones juveniles de Colombia se convirtió en una excepción a la regla: los técnicos como Eduardo Lara, que siempre prefirieron “picapiedras” o jugadores que más bien parecían trampas para cazar animales, debieron acostumbrarse a un nuevo estilo de volante cinco, más elegante, más estilizado, más moderno. José Néstor Pékerman, antes que habituarse, lo potencializó hasta el punto de convertirlo en el hombre que le da el equilibrio al equipo.