El drama de Ibargüen

El futbolista fue víctima de trata de personas en Bosnia Hersegovina. Hoy no tiene equipo ni dinero para traer a su familia a Colombia.

Phill Jackson Ibargüen, futbolista colombiano

Cuando la selección de Colombia Sub 20 del año 2004 disputaba el torneo Esperanzas de Toulon, la vida le sonreía a Phil Jackson Ibargüen. En ese momento venía de destacarse con el Cortuluá, lo que lo llevó a ser contratado por Independiente Santa Fe y convocado a la selección juvenil. A sus 19 años compartía equipo nacional con Pablo Armero, Hárrison Otálvaro, Cristian Zapata, Fredy Guarín, Juan Carlos Toja, Carlos Valdés, Carlos Briceño y Radamel Falcao García, entre otros. En el torneo en Toulon le marcó a Turquía en el único partido que ganó. El otro tanto, el 2-0, fue conseguido por Falcao, figura del fútbol mundial.

Hoy, nueve años después, la vida de Phil Jackson Ibargüen es muy diferente a la de Falcao y muchos compañeros de esa generación. Es protagonista de una de las más dramáticas historias de trata de personas en el mundo y su vida en los últimos cinco años lo llevó a pasar un calvario del que aún no se recupera.

Después de su paso por Santa Fe jugó en Pacos Ferreira de Portugal y otro equipo de segunda división de ese país. Tras cinco años en el fútbol luso, un empresario lo vinculó al balompié de Bosnia Herzegovina, donde atraído por unos dólares y la posibilidad de jugar en un equipo de primera, comenzó su drama.

“Jugaba en el Laktasi Fk en Bosnia, luego fui traspasado al Celik, donde sólo me pagaron cuatro meses de salario, pese a tener un contrato firmado por año y medio. Luego me trasladaron al Sloboda, donde la situación fue peor, pues no recibía salario sino reconocimientos parciales que no me permitían asumir gastos de mantenimiento de mi hogar”, cuenta el chocoano. Ibargüen se casó en Bosnia y es padre de dos hijos, de cuatro y dos años. Durante su estadía en Bosnia (de 2008 a 2013), ninguno de los clubes profesionales del fútbol le cumplieron con la totalidad de los salarios y, además, perdió una oportunidad de jugar en Croacia, porque el equipo titular de sus derechos, a pesar de que no tenía ninguna vinculación con el mismo, pidió una suma exorbitante para su traspaso, y durante más de un año los dirigentes le retuvieron su pasaporte.

Con la ayuda de un abogado, que le cobró $400.000 cuando no tenía un sueldo superior a $1’200.000, pudo presionar al equipo para que le devolviera su pasaporte y así venir a probar suerte a Colombia. Por falta de recursos le tocó regresar sólo, sin la compañía de su familia.

Cuando todo estaba listo para jugar en segunda división con la Universidad Autónoma del Caribe, no llegó a tiempo la carta de libertad por parte de las autoridades deportivas de Bosnia y el equipo lo hizo rescindir el contrato, trucándose la posibilidad de volver al fútbol colombiano. Para colmo de males, hace un mes tuvo la oportunidad de vincularse al balompié de Grecia y ahora fue el propio equipo barranquillero el que no le entregó ni copia de la rescisión ni el paz y salvo. Aunque ya cuenta con el apoyo de una fundación que le está ayudando, aún no ha logrado reunir el dinero que requiere para tramitar las visas para traer a vivir a Colombia a su familia.

 

 

 

 

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