'El flaquito' Wilson se metió en la historia

Vistió orgulloso la camiseta cardenal desde que tenía ocho años. Alcanzó incluso a lucir esos uniformes de las divisiones menores, cuyos equipos se denominaban Monaguillos, con pantaloneta negra y medias grises.

Corrió, luchó y metió hasta llegar al profesionalismo. Luchó por conseguir una estrella como futbolista, pero no lo consiguió. Estaba para cosas mayores, porque como entrenador fue el artífice de la séptima estrella cardenal.

Tranquilo, ecuánime, paciente y respetuoso, Wilson aguantó las críticas, las que surgieron cuando lo nombraron, en septiembre pasado, y las que cayeron sobre él en marzo, cuando su equipo no ganaba.

Este doming, sin embargo, sintió una alegría inmensa que no pudo describir. “Estoy muy feliz, por mi familia, por mis amigos, por esta afición y por la ciudad. Es una sensación increíble”.

Su lectura del partido fue simple: “Supimos manejar bien las cosas. Estuvimos tranquilos en defensa y debíamos tener paciencia, porque siempre habíamos anotado en Bogotá. Era cuestión de tiempo”.

Destacó el trabajo de todos sus jugadores, de los experimentados como Ómar Pérez, Gerardo Bedoya y Germán Centurión, pero también de los nuevos, entre quienes se destacaron Camilo Vargas, Julián Quiñones, Francisco Meza, Juan Daniel Roa y Jonathan Copete.

“Aparte del trabajo y la dedicación, sentir amor por el equipo y ser hincha es algo fundamental. Eso te permite entender mejor al aficionado, sentir lo mismo que la gente”, explica el bogotano de 41 años de edad, que ayer se convirtió en el segundo entrenador colombiano campeón con Santa Fe; el primero fue nada menos que Gabriel Ochoa Uribe.

“Estoy en este club desde que era niño, pero esto que he vivido hoy ha sido lo mejor”, admitió Gutiérrez, quien como volante de creación, de marca o lateral, ya mostraba su inteligencia en la cancha. Su capacidad para ver y analizar los partidos. Era un futbolista técnico, serio y de buen manejo de la pelota, quien eventualmente asumía en la cancha las tareas de algún compañero.

Eso, precisamente, fue lo que hizo que Arturo Boyacá le pidiera que actuara en diferentes posiciones cuando lo incluyó en el primer equipo. Como jugador logró el subtítulo de la Copa Conmebol, en 1996, bajo las órdenes de Pablo Centrone.

Entre 2003 y 2005 Wilson quemó sus últimos cartuchos en Equidad. Colgó los guayos, pero inició su aventura en los banquillos, aunque también estudió ingeniería agropecuaria. Dirigió el equipo asegurador en el torneo del Olaya y en la Primera C.

“Después me contactó el profesor Centrone y me ofreció acompañarlo como su asistente en el Alianza de El Salvador. Fue una experiencia muy enriquecedora”. Regresó y se vinculó a las divisiones menores de Santa Fe. Y tras un breve paso por el Juventud Girardot, el año pasado se hizo cargo del conjunto cardenal.

“He madurado mucho, me he fortalecido. Con la ayuda de Dios y las aptitudes de los muchachos habíamos hecho dos campañas bonitas, en las que el equipo mostró solidez e identidad, merecíamos la estrella”, dice el entrenador albirrojo, quien especialmente en la parte final del torneo exhibió su versatilidad, pues cambió de módulo táctico, de estrategia e incluso de jugadores de acuerdo con los rivales.

Al respecto Gutiérrez comentó: “Escucho a todo mundo, pero quien toma las decisiones soy yo”. Fue valiente cuando llegó, al sacar del once titular a varios de los referentes del equipo, como Gerardo Bedoya, Léider Preciado, Agustín Julio, Sergio Galván y Germán Centurión. También para jugársela con futbolistas de la casa. Y astuto al devolverle un lugar a Bedoya cuando el equipo requirió un hombre experimentado en el mediocampo.

El Flaquito se salió con la suya y se coronó campeón.