El gol que nos devolvió la esperanza

Hoy hace 24 años, con una anotación de Freddy Rincón en el último minuto, la selección clasificó por primera vez a octavos de final en un Mundial. Su hazaña permitió que volviéramos a creer en un país hundido en la guerra.

Secuencia del gol anotado por Freddy Rincón el 19 de junio de 1990 en Milán, con el que Colombia empató 1-1 con Alemania y pasó a segunda ronda. / You Tube

El gol, para todos, para el país entero, era necesario. Era necesario que Freddy Rincón, ese negro macizo y fortachón, se desprendiera por el costado derecho en el estadio Giuseppe Meazza de Milán. Que recibiera el balón cruzado del Pibe; que lo empujara un par de veces con su pie derecho y luego pateara suave, sutil, bajo las piernas de Bodo Illgner, el portero.

Era indispensable ese momento de lucidez cuando todo se había derrumbado: que el Bendito Fajardo se asociara con el Pibe y éste con Rincón. Una, dos veces. En solo unos segundos. Antes del final del partido, cuando perdíamos 1-0 por un error, por un tanto de Pierre Littbarski en el minuto 89, por otra injusticia del fútbol. Pero ellos se reivindicaron. Porque sabían, acaso, que aquí, al otro lado del mundo, necesitábamos de esa victoria, necesitábamos agarrarnos de esa esperanza porque las bombas, la coca y la miseria nos la estaban arrebatando.

Todos saben de memoria ese gol. Fue el de Italia 90. El de la Colombia de Maturana frente a la Alemania de Beckenbauer. El de una selección que nos había llevado a un Mundial tras 28 años de ausencia. El triunfo más valioso, el más sufrido. No solo porque nos clasificó a octavos de final por primera y única vez, sino porque fue el mejor paliativo para mitigar toda nuestra tristeza, toda nuestra congoja. Sí: hoy, 19 de junio, se cumplen 24 años de esa mañana y hoy, también, juega Colombia.

Difícilmente alguien lo olvida. Mi madre, por ejemplo, a quien poco entusiasma el fútbol, lo tiene grabado. Tiene intacta la imagen de Rincón, con su boca abierta, gritando, meneando sus brazos. Le parece cercano el recuerdo de apagar el televisor en el tercer piso de un edificio de Telecom en el centro bogotano. Irse agobiada. Y luego, oír los gritos entre esas ventanas sujetadas con trozos de cinta gruesa para que, si los bombazos las despedazaban, no se vinieran hacia los escritorios. Y recuerda las crisis nerviosas, los abrazos, la gente despavorida, alegre, orgullosa de su país.

Ese que había tenido que empezar la ronda clasificatoria a Italia solo dos días después de que asesinaran a Luis Carlos Galán. Que había tenido que padecer el aciago 1989 en medio de una guerra entre carteles, entre el Estado y el mismo Pablo Escobar.

Pero fútbol, aquella vez, con sus tropezones, con lo difícil que había sido llegar al repechaje y vencer a Israel, unía a las ciudades. Las unía también ese junio mundialista, así el sicariato en Medellín, como lo registró El Espectador el 11 de junio del noventa, no descansara ni el día en el que los colombianos celebraban, contra Emiratos Árabes, el primer triunfo.

Quizás Rincón, Higuita, Maturana, Andrés Escobar, Leonel Álvarez y Barrabás Gómez sabían que solo ellos, entonces, podían revivirnos entre tantas noticias negras. Podían, con esa legendaria camiseta roja —esa que hoy volvió a diseñarse— sacarnos una sonrisa mientras nos moríamos. Como esa que el pasado sábado nos sacaron contra Grecia, tal vez para pasar el sabor amargo de una política mentirosa, perversa; de un par de campañas que nos dividieron entre la paz y la guerra y nos hicieron acudir, a todos, al desprecio, a los insultos y al irrespeto.

“Hemos logrado —dijo Maturana aquel martes en la tarde, en la rueda de prensa después del partido— darle a la gente un tranquilizante para que puedan llevar con más empeño la vida. Hemos dado un aliento de fe y esperanza. Creo que de esta manera hemos escrito la página más importante para el fútbol colombiano”.

Sí, la más trascendental. Porque, más allá de que Beckenbauer haya dicho que le hicimos pasar la hora y media más dura de todo el torneo; de que haya asegurado que jugamos a lo brasileño; de que la Associated Press haya calificado el partido como el más emotivo en lo que iba del campeonato, ese día, como cuenta Álvaro Morales, habitante de Medellín de 57 años, “fue el refugio para nosotros, porque nos permitió vivir un pequeño oasis en medio de una realidad tan angustiosa”.

Y, sobre todo, porque más allá de que la gente, después, durara horas, a punta de aguardiente y harina, en una caravana en la carrera 15; de que los esmeralderos, en su calle, hubiesen celebrado a bala, con tiros al aire; de que en Nueva York los colombianos se tomaran la Avenida Roosevelt; de que en Medellín cazaran policías como si fueran roedores; de que allí mismo, cuatro días antes, estallara un carro bomba que dejó cuatro muertos y 97 heridos; de que desde las páginas de este diario se hiciera con constancia un llamado a la “solidaridad patriótica” para evitar que el crimen se desbordara; más allá de todo ese inacabable desencanto, ese día el fútbol logró, aunque por instantes, un hecho vital en nuestra historia: nos devolvió la esperanza, nos permitió volver a ser país.