Una alianza de El Espectador y Mutante.org

hace 33 mins

El patrullero de La Ciudadela

En ese barrio se crió el volante queriendo ser policía, como su padre Cristóbal. Ahora es el socio silencioso de todos en la selección.

Macnelly celebra con Falcao, en el partido que la selección le ganó a Uruguay.  /AFP
Macnelly celebra con Falcao, en el partido que la selección le ganó a Uruguay. /AFP

Por su casa en La Ciudadela lo distinguían como el niño de las botas de adulto y el bastón de mando que sacaba de la riata de su papá Cristóbal. El varón menor de la familia Torres Barrios pretendía patrullar por las calles como él, como un agente de policía de verdad. Y asumía el papel con seriedad. A las seis de la mañana se levantaba y caminaba en punticas hasta la puerta, tomaba el periódico El Heraldo para revisar sus páginas judiciales y avisar luego a su papá sobre los policías amigos implicados en la noticia fatal. En la víspera de un carnaval su mamá Adiela le preguntó: “Macnelly, ¿de qué te quieres disfrazar?”. “De policía, mami”. Ella, sastre desde siempre, desbarató un pantalón de su esposo y cosió a la medida el disfraz, incluyó la placa Torres en su pecho y un bolillo. “Pasaron los carnavales y él seguía con eso puesto”, recuerda su madre.

A esas alturas, con seis años, Macnelly Torres no daba pistas concretas sobre jugar fútbol. La decisión oscilaba entre dedicarse a ser policía o ingeniero mecánico. Cuando el bus de la ruta de su colegio (el de la Policía) se varaba, el niño Macnelly era el único que se bajaba a ayudar a Peñalosa, su amigo el chofer, a quien imitaba cuando regresaba a casa. “El niño cogía una tapa de una olla como timón, metía cambios en el aire y corría. Se estrellaba contra una pared y seguía: ñaaaaaaaan. Entonces pensamos que sería mecánico o algo que tuviera que ver con la velocidad”, añade doña Adiela, que recuerda el regalo de un 24 de diciembre para Macnelly: un triciclo que al día siguiente trajo partido en dos.

El fútbol lo fue arropando en 1993. Su papá Cristóbal asistía todos los fines de semana al estadio Metropolitano a trabajar en la seguridad durante los partidos. El 19 de diciembre de ese año invitó a Macnelly, Cristóbal hijo y a doña Adiela para ver la definición del título del Júnior contra América. “Seguramente ese fue el primer partido de Macnelly en un estadio y fue emocionantísimo. Quedamos encantados. Sobre todo Macnelly con El Pibe Valderrama”, recuerda su hermano Cristóbal, cinco años mayor que Mac.

El camino hacia el fútbol fue parsimonioso y hacia su puesto natural de 10, pedregoso. Ingresó a la escuela García Hermanos y empezó como portero, porque un día el arquerito se ausentó y sólo a él se le ocurrió levantar la mano cuando el entrenador preguntó que quién quería tapar. “Ya entonces los profesores del colegio lo tenían que buscar en la cancha. No salía de allá”, dice su hermano. Más grande, como volante, pasó las pruebas en las divisiones menores del Júnior y esos entrenamientos los alternó por dos semestres con estudios superiores de contaduría en la Universidad del Litoral.

En el equipo profesional, en el que debutó en 2002, lo colocarían algunos partidos como volante de marca y en definitiva su performance en el club de su vida no fue bueno. “A él le afectó mucho eso. No tuvo mucha continuidad ni suerte”, cuenta Cristóbal. Macnelly se desquitó jugando para Cúcuta, ya en su posición natural, en la Copa Libertadores de 2007, luego en Colo-Colo de Chile, donde ganó dos títulos.

Al mediodía en el barrio Mira Mar de Barranquilla se escucha un silencio melancólico, como el sonido que avisa una lluvia de domingo. Allí vive la familia de Macnelly Torres: su madre, hermano mayor, hermanas Tatiana y Lindsay, una prima y su abuela. Están a unas cuadras del hogar de Carlos Valderrama, el defensor y seguidor confeso de Macnelly. Cuando lo ataca la prensa, El Pibe siempre lo ampara. “Él nos respaldó a los 10 de Colombia cada vez que nos criticaron, porque se especula mucho sobre nuestra posición. Pero es mentira eso de que los 10 estamos en vía de extinción”, dice el volante.

La otra abogada de vida es su mamá. Ya es común escuchar —dice ella— que en las emisoras de Barranquilla, antes de hablar de Macnelly, advierten que “ojo con su mamá que ahora empieza a llamar o viene hasta acá”. Se refiere a que una vez un periodista se burló de la delgadez de su hijo en Júnior asegurando que le hacían falta tres teteros. Doña Adiela entró hasta el estudio y le dijo: “Yo le hacía a él teteros de yuca, plátano, maíz verde. A él no le faltó tetero, tal vez a ti sí. Es que se meten con la integridad suya y él es un pelado sano”.

Un día su padre Cristóbal extrañaba no haber visto nunca a su hijo tomar ni una cerveza. “Ojalá nunca te lleves ni un trago a la boca, pero si lo vas a hacer no te escondas de mí”, le dijo un día, cuando volvió del Mundial Sub-20 de Emiratos Árabes, en el que Colombia fue semifinalista. Él le respondió que no tomaba. No es de bailar (“lo tienen que sacar”, confiesa su hermano) y a las ocho de la noche —dice su madre— ya está en cama. “Desde siempre fue así. Y a las seis de la mañana ya está despierto leyendo el periódico”.

Su único vicio son los carros. Por eso el BMW y la Sorrento que guarda en su apartamento ubicado en el barrio Laureles en Medellín. El primero que tuvo fue un Mazda 323 QP negro y rojo, pintado con aerografía, con la cabrilla de un kart, un mofle lanzafuego y con las caras estampadas de El Pibe, el técnico Jorge Luis Pinto, el difunto Andrés Escobar y Pelé. En definitiva, nunca perdió de vista los gustos que desarrolló de niño. El delirio por los autos que conoció reparando el capó de Peñalosa, la inquietud por las finanzas y los negocios que lo llevaron a montar una empresa de carpintería y madera en Barranquilla (Vinamac). Y, sobre todo, el sentido agudo por la vigilancia porque su fútbol es sinónimo de observación, compañía constante a sus colegas y de ese sentimiento altruista de hacer que otros hagan.