Ganaré el partido de mi vida

Este lunes 22 de diciembre se cumple una década del incidente que me cambió por completo y aunque no ha sido fácil este proceso, seguiré luchando por alcanzar mis sueños. Mi gran anhelo es poder mover las manos y sentir el abrazo de mi hijo José Fernando.

/ Luis Ángel - El Espectador

Aún recuerdo perfectamente el día que conocí a mi esposa Adriana. Fue en enero del 93, trabajaba en el banco Conavi de Caldas. Un día llegué a averiguar los trámites para retirar una cuenta que mi padre tenía con aquella entidad y, por fortuna, ella tuvo que atenderme.

En ese momento me preguntó que si tenía algún servicio con el banco. “No tengo, pero puedo abrir contigo la cuenta del amor”, le dije. ¿Cómo me vieron ahí?, creo que con eso le gusté y, gracias a Dios, esa cuenta aún está abierta.

Fuimos novios por más de cuatro o cinco años porque, les digo la verdad, me daba un miedo tremendo casarme. Sí, sé que suena raro, pero el fútbol es muy inestable y me daba temor no cumplirle porque no tenía nada concreto. Sin embargo, me armé de valor para lanzarme y fue la mejor decisión que pude tomar, porque ella es una gran mujer y me dio el mejor regalo: mi hijo José Fernando.

¿Qué les puedo decir de él? que se está transformando totalmente. Ya no es el niño de antes, ese que todos recuerdan en mis brazos durante la celebración del título de la Copa Libertadores con mi ‘blanco blanco’. Ahora tiene 13 años y ya es todo un hombre, ¡cómo pasa el tiempo de rápido!

Pero José no es el único que se ha transformado. Yo también lo hice, ustedes saben a qué me refiero. En pocos días completo 10 años de estar así y aunque ha sido muy difícil este proceso, creo que lo he sorteado bien. Hace un tiempo nadie daba un peso por mí, muchos, incluso, pensaron que no iba a sobrevivir, pero fui capaz de salir adelante y miren como estoy ahora. Dejé el ventilador y el marcapasos diafragmático y ya puedo sostener una conversación, ¡qué orgulloso me siento!.

No les voy a negar que estuve a punto de desistir. Es que cuando pienso en aquel día que nos cambió la vida me lleno de nostalgia, porque fue algo inesperado para todos. Yo tenía posibilidades de dirigir en Europa y estaba en mi mejor momento, ¿pero saben algo? soy un hombre feliz porque tengo vida, estoy cerca de mi familia y puedo ver crecer a mi hijo.

Mi gran anhelo es poder mover las manos y abrazarlo. Por ahora no lo puedo hacer, pero esa es mi lucha diaria. Si lo logro me voy a sentir muy feliz, pero si no, espero que él se lleve en el corazón el esfuerzo que su papá hizo para lograrlo.

Pero, la mejoría que he presentado en esta década no hubiera sido posible sin el apoyo de los que me rodean. Sin mi psicólogo Luis Alfonso Sosa, quien me bautizó como el ‘Campeón de la Vida’ en diciembre de 2004, mientras yo estaba en cuidados intensivos. Nos conocimos hace casi 30 años, yo dirigía las juveniles de la selección Antioquia, él era motivador de Nacional y desde entonces nos volvimos grandes amigos. Después lo llevé conmigo a Once Caldas y seguimos juntos hasta ahora. Con él, precisamente, preparo las columnas que publico en este diario cada ocho días. Les cuento que siempre analizo muy bien lo que digo en mis notas porque no me gusta herir a nadie. Quiero ser un columnista bueno, que le llegue al corazón de los lectores.

Además de mi familia y de Alfonso, tengo un grupo de especialistas que no me dejan solo. Médicos, terapeutas, enfermeros, en fin, todo un equipo ganador, como el de aquella final ante Boca. Y cómo no hablar de ustedes, los colombianos, que han estado cerca todos estos años.

Les confieso que nunca pensé que me quisieran tanto. Que todos hablen de mí como ‘el Campeón de la Vida’ me hace sentir muy feliz. Hace una década fui reconocido como uno de los mejores técnicos del país y recibir este homenaje en 2014 es una muestra de tenacidad. Nosotros los colombianos somos muy dados a quejarnos por bobadas y, a veces, pensamos que todo es malo, pero lo cierto es que podemos hacer cualquier cosa que nos proponemos.

Es por eso que quiero agradecer a El Espectador, dirigido por Fidel Cano, y a todas las personas que de una u otra forma hacen posible todo esto. Me siento muy contento porque después de mi accidente fueron los primeros que me tendieron la mano y ya llevamos casi seis años trabajando.

Esta semana tuve un gran día en la ceremonia del Deportista del Año. Disfruté estar junto a grandes personajes que dejan en alto el nombre de nuestro país. También compartí con Jorge Luis Pinto, un hombre a quien admiro porque demostró, a nivel mundial, que los técnicos colombianos somos buenos y dignificó nuestra profesión en Brasil 2014. No dudo que detrás de esa armadura y carácter hay un ser humano noble y sensible, se los digo yo que también tengo mi temperamento.

Como notaron sigo muy vinculado con el mundo del fútbol. Además de las columnas, doy clases en el Sena. Trato de enseñar mis vivencias para que mis alumnos sean buenos técnicos y mejores personas. También trabajo con la Personería de Bogotá, para intentar construir ciudadanos íntegros. Recuerden que hay otra manera de hacer las cosas, tenemos que aprender a convivir y no pelearnos por tonterías.

Por ahora me despido, pero pase lo que pase seguiré acompañándolos aquí en El Espectador, porque tendrían que echarme para que deje de hacerlo. Una vez más gracias a Colombia por no olvidarme, eso me va a ayudar mucho en este partido que estoy dirigiendo, el más importante de mi vida: el de la recuperación. No sé cuánto tardará, pero tengo la ilusión de que lo puedo ganar. 

*Adaptación hecha por Gloria Bejarano C. 

@GloriaBejarano / [email protected]