James Rodríguez, personaje del año

Figura de la selección Colombia en las eliminatorias, goleador del Mundial en Brasil y estrella en el Real Madrid. Por talento y disciplina, fe o azar, James Rodríguez estaba predestinado a ser uno de los mejores jugadores del mundo.

Si uno examina la vida, los muchos triunfos y las pocas derrotas de James David Rodríguez Rubio, la tentación más fácil es decir que este muchacho de 23 años estaba predestinado a ser uno de los mejores jugadores del mundo. Cuando alguien llega muy arriba y se examinan hacia atrás los pasos de su ascenso, cada situación de la vida nos parece un peldaño natural en una subida que creemos inevitable. En el caso de James, muchos factores se conjugan para creer en este destino:

Está la herencia genética del padre futbolista (Wilson James) que le entrega un balón desde antes de que el niño camine; este padre, sin embargo, desaparece muy pronto de su vida, pues la madre, Pilar, si bien admiraba sus buenas dotes como deportista, no aguantó más su afición a la calle y la cerveza. A la herencia biológica se une luego la influencia cultural de un padrastro severo, pero muy disciplinado, Juan Carlos Restrepo, solidario y visionario, que descubre el gran talento de su hijastro y le propone a su nueva esposa un proyecto de vida: dedicar todos sus esfuerzos a hacer de ese niño prodigio un gran jugador de fútbol adulto. Y esa es su única obsesión durante 16 años, hasta que el joven llega a la mayoría de edad, y lo sueltan, cuando después de ganar con el Banfield el torneo argentino pasa al Porto de Portugal.

Sin duda James Rodríguez cumple todas las condiciones sin las cuales es imposible llegar a ser un gran deportista: talento natural, estímulo temprano, apoyo familiar, entrenamiento especializado, constancia a toda prueba, disciplina de monje… Pero en un país de 45 millones de habitantes hay miles de niños así, y sólo llegan a la cumbre unos cuantos. ¿Los mejores? En cierto sentido sí, pero también los que parecen guiados por una mano que los protege, a la cual los no creyentes llamamos suerte, o fortuna, y los muy creyentes como James llaman Dios.

De hecho James, a lo largo de su vida, ha ido tatuando en su cuerpo esos peldaños: en una de sus piernas prodigiosas está tatuado Jesucristo Todopoderoso; en el bíceps de su brazo derecho, Pilar, el nombre de su madre, que ha sido la columna que lo ha sostenido; luego esa especie de sustituta, la hermosa Daniela Ospina, con quien se casó a los 20 años; más abajo, en el antebrazo, el nombre de la hija que tuvieron, Salomé, a quien ha dedicado sus mejores goles, y en el brazo izquierdo una frase que yo no he leído, pero que un buen periodista, Nelson Fredy Padilla, transcribe en su reciente biografía sobre el jugador: “Dios le da a cada cual lo que se merece”.

Lo que se ha ganado James Rodríguez es, en efecto, muy merecido, y en su caso hay una correspondencia entre los méritos y los éxitos. Pero muchísimos otros con méritos similares no consiguieron llegar adonde él ha llegado. Habría bastado un peldaño roto para que esta parábola vital tan perfecta se torciera e incluso se desmoronara. Pongo un solo ejemplo: su padrastro tuvo la habilidad de que el niño James cayera bajo el paraguas de un hombre muy rico y muy controvertido: Gustavo Upegui, uno de los duros de la Oficina de Envigado, amigo de juventud de Pablo Escobar, y de madurez de Don Berna. Bastaba que este benefactor de jugadores (él mismo descubrió a James cuando los niños del Tolima derrotaron a su propio equipo de Ponyfútbol de Envigado) hubiera sido asesinado un par de años antes para que este peldaño no se diera. Yo creo que la suerte —otros dirán que Dios— hizo que este amigo de mafiosos fuera asesinado en el año 2006 y no en 2004, antes de que James llegara a su equipo.

Pero la buena suerte, o la ayuda de Dios, no le quitan méritos a este jugador extraordinario, que quizá llegue a ser, como vaticinaron el Pibe Valderrama y el Tino Asprilla, el mejor futbolista de la historia de Colombia. Su ambición es llegar a ganar algún día el Balón de Oro (el gran premio anual al mejor jugador de la Liga Europea, el nobel futbolístico), el mismo que han ganado ídolos de James como Zinedine Zidane, Luis Figo o Cristiano Ronaldo. Por lo pronto, tiene un contrato hasta 2020 con uno de los más grandes clubes españoles, el Real Madrid, y para ganar este premio más vale jugar en un equipo así. En el Mónaco probablemente nunca iba a conseguirlo.

Su puesto en el Real Madrid, en todo caso, se lo ganó gracias a un Mundial de Fútbol que para todos los colombianos representó una de las más grandes alegrías de este año. Para la mayoría de los espectadores de ese torneo, James fue el mejor jugador del campeonato. ¿Qué hubiera podido hacer en ese Mundial Radamel Falcao, el gran goleador y buen amigo de James que se lesionó pocos meses antes? Nadie puede saber si alguno de los goles de James en Brasil lo habría hecho Falcao, o si su presencia nos hubiera llevado un paso más arriba en las alegrías, eliminando, por ejemplo, a los mismos brasileños. Sin duda James se merece toda su suerte; pero esto no quiere decir que Falcao se haya merecido toda su mala suerte. Los peldaños que suben hacia la fama, el éxito, la plata y el balón de oro se pueden romper en cualquier momento. El mismo James, al llegar a jugar a Argentina, estuvo al borde del colapso físico y anímico, y de ese derrumbe lo libró su metódico padrastro, la madre y la novia (Daniela) que interrumpieron sus carreras para ir a sacarlo del hueco de la depresión en Buenos Aires, como cuenta Nelson Fredy Padilla en su magnífico libro (James, su vida. Editorial Aguilar).

Cuando un gran jugador y un gran ser humano, y no me cabe duda de que James Rodríguez es ambas cosas, asciende con tanta seguridad y constancia hasta llegar casi a la cima, no debe olvidar que en cada paso que da puede haber un resbalón o una zancadilla. A pesar de su corta vida, James ya ha tenido una larga vida como jugador de fútbol (de 23, lleva 20 años pateando una pelota). En tanto tiempo no ha sufrido nunca una lesión grave. Ojalá los tatuajes de su cuerpo lo protejan, y lo siga cuidando el Dios en el que él cree y confía. Yo también, por mi lado, lo encomiendo a la diosa Fortuna. Pero en todo caso ni él ni su esposa Daniela, que ahora es su pilar y su empresaria, deben olvidar que todas las alegrías que han alcanzado, y que nos han dado a todos los que lo admiramos y queremos, se deben a su constancia y trabajo, a su humildad y a su suerte (o al amparo divino). Que la fama y la vanidad —esas dos grandes tentaciones del mundo— no lo saquen del camino.

Tendrán que seguir madurando juntos, Daniela y él, y tratar de conservar su autenticidad y su manera de ser más profunda. No vale la pena que, por la presión de una sociedad racista y tonta, traten de cambiar su apariencia o su forma de ser. La belleza consiste en ser como ellos son, completamente, y no en los maquillajes, las tinturas ni las cirugías plásticas. Es bueno que sigan fieles siempre a una consigna de su vida que, según el biógrafo Padilla, James Rodríguez y Daniela Ospina se repiten a menudo: “Cuando quieras emprender algo, habrá mucha gente que dirá que no lo hagas. Cuando vean que no te pueden detener, te dirán cómo tienes que hacerlo. Y cuando finalmente vean que lo has logrado, dirán que siempre creyeron en ti”. No somos nosotros los que tenemos que creer en James —hoy es un ídolo en el que todos creemos—, es él quien tiene que seguirle siendo fiel a sí mismo.

* Escritor y columnista de El Espectador