Lewis Ochoa de Millonarios: a prueba de balas

El lateral de Millonarios, figura el martes contra Palmeiras en Copa Sudamericana, empezó siendo delantero en el municipio de Carepa. Perfil de una de las figuras del club bogotano.

El lateral de 28 años (izq.), que debutó en Medellín y también militó en Atlético Huila, es uno de los jugadores favoritos del técnico Hernán Torres. / Luis Ángel
El lateral de 28 años (izq.), que debutó en Medellín y también militó en Atlético Huila, es uno de los jugadores favoritos del técnico Hernán Torres. / Luis Ángel

A Lewis Ochoa sus padres le prohibían jugar en el parque municipal de Carepa después de las cuatro de la tarde. Le advertían que a esa hora en ese municipio del Urabá antioqueño una bala perdida podría alcanzarlo o una balacera lo afectaría. Pero él y su primo Leonard, impunes, huían de casa a practicar. Y un día, mientras jugaban futbolín en maquinitas en la esquina del barrio María Cano, escucharon un tiroteo, se lanzaron por un ventanal del quiosco, entraron a la casa y su mamá Daysi los encontró tirados con las manos en las orejas. “Nos metieron un regaño…”, cuenta su primo Leonard Mosquera, tres años menor que él y con quien se crió en Carepa. “Por el fútbol hacíamos lo que fuera. Salíamos a jugar en calzoncillos, descalzos, como estuviéramos íbamos al parque”.

Vivían entonces la época de insolencia, de pelos largos, pero también de la violencia tradicional de la zona. Lewis Ochoa era el hijo mayor del matrimonio y hermano medio de otros seis. Entre ellos Janer, hijo de su padre, bailador y líder social a quien creció idolatrándolo hasta su muerte en un accidente en una moto.

Admiraba sus facultades de buen bailarín y músico, y de hecho Lewis Ochoa un tiempo tocó la flauta y la chirimía de su padre Ricardo Eliécer, un chocoano que enseñaba danza y música en el colegio Liceo Luis Carlos Galán, donde se graduó en 2000.

En principio, Lewis ocupaba la posición de delantero, incluso fue goleador en un Pony Fútbol (torneo infantil en Medellín), pero cuando lo llevaron a las divisiones menores del DIM, el técnico Pedro Sarmiento lo utilizó de lateral derecho en un juego de la Primera C. En esa posición permaneció en el equipo profesional, en el que debutó en 2002 (y en el que jugó hasta 2008). Gracias a esa transformación de Sarmiento, Millonarios disfruta ahora con uno de los mejores del país en ese lugar.

En la noche del martes, en el juego de vuelta de los octavos de final de la Copa Sudamericana ante Palmeiras, fue el cómplice ofensivo de todos, el corrector en defensa de las fisuras de sus compañeros con quites deslizantes como Mario Alberto Yepes. “En el grupo hablamos mucho sobre eso, de ese parentesco con Yepes por los cierres abajo. Creo que es una condición que he venido trabajando, así como mi resistencia física. He trabajado para eso: como descanso bien. Por eso puedo mantener ese ritmo”, dijo Ochoa Cassiani antes de subir al bus tras la victoria prolija contra los brasileños.

“Por el 3-1 en contra en el partido de vuelta teníamos mucha ansiedad, tensión por anotar, porque si los minutos pasan y no has marcado en un contragolpe te complican. Pero estuvimos sólidos en defensa y pudimos estar luego tranquilos para definir”, añadió el defensa, que ahora aspira a llegar a la selección.

Y pensar que una bala, durante su niñez, le pudo haber cerrado el camino.

Pero, en esencia, prefería jugar fútbol. “Cuando jugábamos en otros pueblos cercanos nos íbamos sobre los camiones de la basura o echábamos dedo y terminábamos yendo en un camión bananero. La idea era llegar temprano y poder practicar más. El fútbol nos salvó de la violencia, las balas y los malos pasos”, añade su primo Leonard, árbitro emergente en partidos de Copa Colombia y juez central en formación.