Miguel Ángel Borja, un hombre hecho para el gol

Con dos goles anotados, fue la figura en el partido de ida de la semifinal de Copa Libertadores entre Nacional y Sao Paulo en el Morumbí.

Miguel Ángel Borja marcó los dos goles que le dieron el triunfo a Nacional en el Morumbí. Foto: AFP

El fútbol mueve masas, es alegría y tristeza en su máxima expresión, es el deporte que pone a soñar a grandes y chicos. No discrimina. Cualquier persona que cae flechada bajo su embrujo, lo sigue hasta el final sin importar su estrato social, raza o religión. Para Miguel Ángel Borja fue su primer amor. Desde que era pequeño su anhelo siempre fue convertirse en profesional de este deporte. Recorría de arriba abajo las calles de Tierralta, Córdoba, con un balón en sus pies. No lo soltaba. Por él sacaba cuadernos de la maleta para hacerle espacio y llevarlo al colegio. Aunque por estas decisiones se llevó algunos regaños de su mamá, Nicolasa Hernández. Pero fue ella la que se encargó de alcahuetarlo, le compró los primeros guayos y lo metió a la escuela de fútbol del pueblo, llamada Ponygol.

Las canchas del departamento de Córdoba fueron las primeras en sentir el poder goleador de Miguel Borja. Sin importar si el campo estaba bien cuidado o era arenoso y polvoriento, su objetivo era simple: meter goles. Quería convertirse en un artillero nato, en ser el encargado de robarle la alegría a la gente, de ponerlos a celebrar. Y no lo hizo mal. Rápidamente comenzó a destacarse en la escuela del pueblo, por lo que fue elegido para representar a la selección de Tierralta en un departamental. No fue goleador, pero quedó en el podio y su equipo se coronó campeón.

Su estatura por encima del promedio, su fortaleza y potencia física comenzaron a destacarse a los 14 años. Era un delantero efectivo y corpulento, por lo que fue llamado a ser parte de la selección de Córdoba. “En ese equipo yo era el niño. La mayoría de los torneos en los que participamos eran para la generación 90, mayores que yo por tres años”, recuerda con orgullo. Su ascenso fue rápido. Su facilidad para anotar no pasó inadvertida y en 2010, cuando tenía 17 años, el América de Cali puso los ojos en sus habilidades.

–“Estamos buscando a un delantero de su talla en América”–, fueron las palabras que escuchó de Hernando Medrano, en ese tiempo asistente técnico de las inferiores del club.

Su respuesta fue casi inmediata. –Sí, dijo sin pensarlo dos veces. Su sueño se veía cada vez más cerca. Una vez viajó a Cali contó con la fortuna de que un padrino le abrió las puertas de su casa. “Ahí me quedé y empecé a entrenar con América”, comenta. Sin embargo, el cuadro escarlata dejó escapar un diamante en bruto. Lo disfrutaron un año, en el que demostró que era un hombre hecho para marcar diferencia en la zona de ataque: “Quedé goleador de la Liga del Valle, lo que fue algo maravilloso, porque a pesar que recién había salido de mi pueblo logré acoplarme bien. Aún tengo el trofeo de goleador en mi casa”, afirma con una sonrisa.

El tiempo no fue perdido. La experiencia que ganó fue fundamental y además conoció a César Valencia, actual presidente de Fútbol Paz. Él le vio cualidades y fue una de las personas que más lo apoyó. Se lo llevó para su casa-hogar y comenzó a entrenarlo, a explotar sus cualidades ofensivas. No obstante, no duró mucho tiempo. A pesar de que el Cali quería contar con los servicios del delantero, no llegaron a un acuerdo y fue el Cúcuta el que lo inscribió para el Torneo Finalización 2011. Su sueño se había hecho realidad. “Recuerdo mi primer partido como titular, fue grandioso. Jugué contra Envigado en el Polideportivo Sur. Ese día estaba ansioso por empezar a jugar y demostrar mis capacidades, pero cayó un aguacero y se tuvo que suspender el juego, el que terminamos de jugar un domingo a las 10 de la mañana”.

Sin embargo, el destino le tenía enmarcado el Valle del Cauca para empezar a brillar como futbolista profesional. Con 19 años pasó al Cortuluá, que en ese momento estaba en segunda división, y allí demostró todo su ingenio para moverse en la zona ofensiva y su potencia dentro del área rival, razones que hicieron que Carlos Piscis Restrepo lo llamara a ser parte de la selección de Colombia sub-20, con la que quedó campeón del Suramericano de la categoría que se jugó en Argentina en 2013, subcampeón en el Esperanzas de Tulón e hizo parte del equipo que participó en el Mundial que se llevó a cabo en Turquía.

A pesar de eso dar el siguiente paso en el fútbol profesional le costó mucho. A pesar de que regresó a la primera división del fútbol colombiano con La Equidad, la ilusión de estar en el fútbol del exterior lo hizo pasar muchos tragos amargos. El Livorno de Italia se lo llevó a préstamo y allá nunca fue suficiente para su técnico. “Creo que fue un error irme para Europa, porque me fui en un gran momento. La decisión fue apresurada y allá me dieron pocas oportunidades”.

En ese momento no lo vio así y cuando regresó a Suramérica, su pensamiento estaba en consolidarse y regresar por una revancha a Europa. Pero nuevamente el fútbol del exterior no le mostró su mejor cara. “Pasé a Olimpo de Bahía Blanca, pensé que si me iba bien en una liga como la argentina podría regresar rápido al Viejo Continente. Aunque no estaban bien económicamente, no me sentí seguro y terminé saliendo. Ahí fue cuando tomé la oferta de Santa Fe”.

En el fútbol como en la vida, un jugador tiene que superar muchos obstáculos para encontrar lo que quiere. Así le pasó a Borja fuera de Colombia y también en su temporada con Independiente Santa Fe, donde no contó con muchas oportunidades. Allí siempre fue considerado como el tercer o cuarto delantero. Tuvo que ver desde el banco cómo Wilson Morelo y Luis Quiñones se iban estableciendo en el ataque cardenal. “Lo más difícil es cuando uno no juega, cuando no se brinda la confianza necesaria. En Santa Fe no jugué más de tres partidos seguidos y eso a uno lo marca. Para un jugador de fútbol la continuidad es vital”.

Todos estos inconvenientes formaron a Miguel Borja. Lo llevaron a convertirse en un jugador paciente. “Fue una bendición haber tenido esas experiencias, porque aprendí mucho como profesional, a ver las cosas desde otro punto de vista y a ser más sereno en la toma de decisiones”. Este año lo está demostrando. Con Cortuluá marcó 19 goles y fue el máximo artillero del fútbol colombiano en el primer torneo. Pero este jugador cordobés no se quedó ahí, sabe qué es lo que quiere y tras concretarse su paso a Atlético Nacional, su debut fue de ensueño. En el Morumbí de Sao Paulo marcó dos goles que tienen a Nacional cerca de volver a una final de Copa Libertadores después de 21 años.