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hace 1 hora

Perder así da gusto

Sufrieron lesiones, expulsiones y enfrentaron una final con un equipo sin mucha experiencia. "'El Bolillo' nos dijo que estaba orgulloso de nosotros".

Los jugadores del DIM dieron todo en la cancha y estuvieron a punto de ganar la final.  / Óscar Pérez
Los jugadores del DIM dieron todo en la cancha y estuvieron a punto de ganar la final. / Óscar Pérez

“Nuestro mayor, nuestro secreto y único triunfo es que nosotros somos los dueños de la silenciosa y estoica dignidad de la derrota”, dijo alguna vez el escritor Héctor Abad. La frase resume o explica las caras de los jugadores de Medellín este domingo, tras caer en la final por penaltis contra Millonarios. Perder así da gusto: con el suficiente honor para insistir que pudieron haber sido campeones sin que nadie apostara por ellos. Incluso algunos de ellos mismos. “¿Que por qué no gano en casa? ¡Ah, no me pidás tanto!, dijo entre risueño y sincero El Bolillo antes de la revancha del domingo pasado. DIM tuvo que sumar a la inferioridad de nómina las lesiones de dos jugadores vitales (William Arboleda y Germán Cano) y la suspensión del capitán John Viáfara. El Poderoso llegó en muletas a la final, y mientras otros apostaban por su rival, dejó caerlas y logró correr igual o más rápido. “Llegamos a Bogotá y ya veíamos por las calles banderas pintadas con la estrella 14, todo era azul. La prensa ya daba como ganador a Millonarios”, explica Édgar El Pánzer Carvajal, asistente técnico del DIM. “Pero, vea. Casi les dañamos la fiesta. Merecimos ganar. El árbitro Luis Sánchez decidió expulsar después del empate a Felipe Pardo por provocar a la tribuna, pero creo que se apresuró. Si así jugamos con 10, tal vez con 11 hubiese sido a otro precio”, añadió.

Y, claro, tras perder hubo lágrimas. No recriminaciones, ni siquiera a Felipe Pardo. Pero sí ojos llorosos. Andrés Correa se fue cabizbajo al camerino tras fallar su cobro, el definitivo, pero un minuto antes de eso preguntaron que quién se animaba a cobrarlo y él levantó la mano primero. “El más joven de la cancha en ese momento y no le dio miedo ir a patear, con miles diciéndole de todo. Es valorable”, añade Carvajal.

“Por todo eso El Bolillo nos dijo que se sentía orgulloso de nosotros, que habíamos dejado el alma. Que mantuviéramos la cabeza bien levantada porque habíamos hecho tantos méritos como Millos o hasta más para ser campeones”, dice Sebastián Hernández. Levantar la cabeza tras perder en una final y haber estado tan cerca de ganarla, sin embargo, no deja de ser una orden para valientes. El plantel salió en tanqueta del estadio, sin mucho que decir y algo más que lamentar. Pero el regreso a Medellín los animaría: la ciudad, desde el aeropuerto en Rionegro, los recibió con caravanas, bulla y pitos como si hubiesen sido campeones. “Gracias, gracias”, les gritaban y entendieron: “No había que lamentarse ni recriminar. Llegamos acá con muchas dificultades. Y lo enfrentamos con jugadores muy jóvenes. Sólo había que felicitar a quienes con poca experiencia mostraron una personalidad increíble. Todo fue de admirar. Por eso me siento orgulloso de este equipo”, añadió Sebastián Hernández con la satisfacción del máximo esfuerzo.

El citado Abad F., hincha del DIM, añadiría una frase más para concluir: “Es mejor, mil veces preferible, un grupo de jugadores apabullados y cabizbajos, de espinillas hinchadas y rodillas crujientes que caminan lentos hacia el camerino (...) que la arrogancia del equipo triunfador”. Fueron unos ganadores silenciosos.