Alrededor de Luis Suárez

En abril del año pasado, cuando Luis Suárez mordió en el brazo al jugador del Chelsea Branislav Ivanovic, los medios ingleses recordaron que no era la primera vez.

Suárez, junto con sus hijos en la casa de su mamá en Montevideo, a donde llegó tras abandonar Brasil. / AFP

Tres años antes, jugando con el Ajax un partido de la liga holandesa, había hecho lo mismo: en medio de una refriega rutinaria, se le fue encima a Otman Bakkal y le dejó su opinión bien impresa en la clavícula. Suárez recibió entonces una sanción de siete partidos que acabaron efectivamente con su carrera holandesa, de manera que para todo el mundo resultaba inverosímil que lo volviera a hacer.

Se equivocaban: conociendo a Suárez, teniendo en mente la especie de jugador a que pertenece y acudiendo a una mínima comprensión del fútbol, lo raro es que no lo hubiera hecho con más frecuencia. Pues bien, esta semana volvió, no a sus andadas, sino a sus mordidas: en medio de un partido difícil en que Uruguay necesitaba ganar para seguir con vida, la etapa oral volvió a dominarlo y le clavó los incisivos a Giorgio Chiellini. Consecuencias: primero, Suárez fue suspendido por cuatro meses, y no jugará hoy contra Colombia; segundo, más de cien apostadores suecos están de fiesta. Antes del mundial, la casa Betsafe ofreció una apuesta —con probabilidades de 175-1— a que Suárez volvería a morder. Un veinteañero apostó 12 dólares; gracias a los dientes de Suárez, acaba de recibir un cheque por poco más de dos mil.

El caso de Suárez, más allá de lo pintoresco (y de la cantidad de memes, muchos de ellos fantásticos, que ha generado), no tiene desperdicio. Una manera de leerlo es como metáfora de la relación uruguaya con el fútbol: el país entero, desde los jugadores y el técnico Tabárez hasta el presidente Pepe Mujica, se han volcado en un elaborado y fascinante ejercicio de negacionismo: a pesar de las cámaras, a pesar de las huellas dentales en el hombro de Chiellini, los uruguayos niegan toda falta de su goleador. Primero, echando mano de la teoría de la conspiración: los brasileños quieren sacarse de encima a Suárez porque podrían enfrentar a Uruguay en cuartos; los medios ingleses —Suárez juega con el Liverpool— están metidos en una campaña de desprestigio y calumnia contra un inocente cuyo único pecado es su talento.

La Asociación Uruguaya de Fútbol ha dicho, sin vergüenza ninguna, que las marcas de la mordida fueron exageradas con PhotoShop; el abogado de Suárez ha dicho que todo se debe a que Italia ha sido eliminada, y ha concluido diciendo, según el Guardian, que Suárez es para muchos “una piedra en el zapato”. (Por no hablar, habrá pensado Chiellini, de un colmillo en el omoplato.)

Pero la verdad documentada es que Suárez tiene problemas: es un jugador de naturaleza violenta, como muchos, pero su particular manera de perder el control dice mucho de su condición particular. Uno nunca debería poner toda su fe en la psicología, pero es imposible no pensar en Mike Tyson y en la oreja arrancada más famosa del mundo. Como Tyson, Suárez es un deportista talentoso, salido de un medio difícil, para quien el deporte no ha sido simplemente una profesión, ni siquiera una forma de salir de la pobreza: ha sido un medio de supervivencia, una manera de encontrar un lugar estable en el mundo. Como Tyson, Suárez está rodeado —tanto en Uruguay como en Liverpool— de gente permisiva: cortesanos o aduladores que le permiten lo que sea o cierran los ojos ante sus excesos, ya sean mordidas, desplantes o insultos racistas como el que le dedicó en Inglaterra a Patrice Evra.

Con lo cual es posible incluso que el propio Suárez acabe creyéndose lo que le dicen: que él no mordió a nadie; que en las cámaras no se ve nada; que las marcas en el hombro son pura manipulación; que fue Chiellini el verdadero agresor, agarrando a golpes de hombro al delantero indefenso y dejándole un ojo morado del que, misteriosamente, nadie quiere hablar.

Siempre le he tenido cariño al fútbol uruguayo: en el Mundial de Sudáfrica disfruté como pocos el desempeño extraordinario de esa selección corajuda, me indigné con el arbitraje obsceno del partido contra Ghana y todavía no puedo ver Tres millones, la conmovedora road movie futbolística de Jaime Roos, sin un escalofrío. Y sí, también he sentido la fascinación que sienten tantos por el lado oscuro de los grandes (porque es muy raro, sobre todo en el fútbol, que los grandes no tengan un lado oscuro). Pero le hacen un flaco favor a Suárez los que lo rodean y lo arropan con ficciones. El 9 uruguayo necesita un llamado a tierra y un toque de realidad (ya no digamos un tratamiento psicológico). Alguien tenía que explicarle que no: no se muerde, y al que muerde, lo castigan. Es una lástima que haya tenido que ser en un mundial. Por más felices que estén los apostadores suecos.