Los amores que matan nunca mueren

Se han salvado, insultado y hundido mutuamente desde 1982, en medio de una novela que parece no tener fin.

Veintiocho años atrás, Carlos Bilardo dijo que Diego Maradona sería su capitán en la Selección Argentina, y el único titular inamovible. Hace 15 días, Maradona lo acusó de traidor ante cientos de cámaras y micrófonos que de inmediato volcaron su imagen y su voz hacia el mundo. Entre una y otra declaración se escribieron decenas de historias con infinitas escenas de amor y odio, palabras encontradas, venenosas sugerencias y abrazos desgarrados. ¿Alguna vez se amaron, o su relación fue siempre un asunto de doble interés?, se preguntaban los argentinos el pasado 26 de julio, luego de la última explosión maradoniana.

Las respuestas fueron de todos los colores. Bilardo le permitió a Maradona infinidad de caprichos desde que lo conoció. Maradona le devolvió su confianza con fútbol, entrega, genialidad, liderazgo y goles. Uno se jactaba de haberlo motivado para que fuera lo que fue. El otro, de haber dejado hasta el alma por la Selección. Bilardo lo visitaba en Barcelona o Nápoles sólo para decirle que él era imprescindible. Maradona jugaba con la “10” y la cinta de capitán hasta los partidos amistosos con equipos semiprofesionales en el interior de la Argentina. A ninguno de los dos les importaron jamás las 10, 20 ó más horas de vuelo con tal de estar y decir “presente”.

En el 86, luego de unas eliminatorias difíciles que se definieron cinco minutos antes del final del último partido, contra Perú en Buenos Aires, por una “corajeada” de Daniel Passarella, Bilardo armó un equipo para rodear al “genio”. El plan funcionó a la perfección. Nunca Maradona fue tan brillante como en México, nunca un solo jugador fue tan desequilibrante en una Copa del Mundo. La creatividad, el engaño, el talento, la habilidad y la sorpresa eran patrimonio del “10”. La solidez pasaba por el ordenamiento estratégico del entonces director técnico, a quien meses antes intentaron desde el gobierno de Raúl Alfonsín darle una especie de golpe de estado. Maradona se opuso, por supuesto, pero por aquellos tiempos no tenía el poder que llegó a obtener después, con el título del mundo en sus manos.

Casi tomados de la mano regresaron a Buenos Aires y se asomaron al balcón de la Casa Rosada que volvió mítico Eva Perón en los lejanos 50. Los aplaudieron como a uno solo. Los vitorearon. Les cantaron. La escena se repitió cuatro años más tarde, aunque ya no con el título del mundo, sino con el subcampeonato obtenido en Italia. Maradona y Bilardo, Bilardo y Maradona. Con los años, afloraría la historia del legendario partido que le ganaron 1-0 a Brasil por octavos de final en Turín. Alguien había dispuesto un bidón con calmantes para que tomaran sólo los brasileños en caso extremo. Branco, el lateral derecho del scracht, cayó en la celada. O eso dijo. Maradona fue cómplice. Bilardo nunca aceptó su responsabilidad, pero sabía. Los dos eran compinches, socios, hermanos.

Tan compinches, que en el 91, cuando un Maradona drogado fue arrestado ante cientos de periodistas, el primero que estuvo a su lado para protegerlo fue precisamente su técnico. Las fotos, más que las palabras, fueron, como antes y como siempre, fieles testimonios de un amor que parecía incondicional. Bilardo iba en la parte de atrás de un automóvil policial. Abrazaba a Maradona, que miraba sin mirar, sin saber, sin entender, sin pensar, perdido en su mundo de alucinaciones. Luego le dijeron que había sido su técnico quien lo había salvado.

Pasados dos años comenzaron los desencuentros, cuando los dos hacían parte del Sevilla. En un partido ante el Burgos, Bilardo sacó a Maradona, que lo insultó ante el público. Luego, en el 96, el “10” dijo que no jugaría en Boca si el entrenador era Bilardo, pero cuando llegó su antiguo protector, jugó igual. Las últimas explosiones fueron con la Selección. Maradona era el técnico ahora. Bilardo, el mánager de las selecciones. Se dijeron de todo varias veces, pero se abrazaron como nenés cuando Argentina obtuvo la clasificación en noviembre de 2009. Entonces llegaron algunos meses de paz, hasta que se acabó el Mundial con la derrota ante Alemania 4-0 y Maradona reventó con aquel “Bilardo me traicionó”, respondido por un “Diego me debe más a mí que yo a él” de su viejo amigo.

Los penúltimos ‘rounds’

Apenas asumió como técnico de Argentina, Maradona marcó límites al aclarar que la alineación del equipo era responsabilidad suya. Luego criticó a Bilardo porque no hacía la “presión suficiente” para que la AFA (Asociación del Fútbol Argentino) contratara a su amigo Óscar Ruggeri como asistente. Después afirmó que la AFA “había puesto” al secretario técnico por si él “fallaba”. Mientras la prensa hablaba de falta de diálogo, ellos negaban sus peleas. En el Mundial, Maradona declaró que Bilardo aportaba “muchísimo” a su tarea de seleccionador. Sin embargo, le mandó a ver los partidos desde el palco junto al presidente de la AFA, Julio Grondona, y le acusó de querer “voltear” al dirigente para quedarse con la entidad.