Vicente del Bosque, el hombre

A las 3 de la tarde de este miércoles, en el Estadio Azteca, de México, contra la selección local, los ibéricos estrenan su título mundial.

El seleccionador español consiguió una gesta con la que pocos se atrevían a soñar. La Copa del Mundo. Tras la resaca de la victoria, el héroe sigue siendo, ante todo, un hombre humilde. Aunque está a punto de cumplir 60 años, sonríe como un chiquillo. Pero no muestra sentimientos, los guarda. Cuando es Vicente del Bosque de veras es cuando la conversación se pone seria: el recuerdo de los padres y de los maestros, la persecución que sufrió su padre, ferroviario y rojo, encarcelado después de la contienda, buena persona; la lucha porque Álvaro, el hijo con síndrome de Down, sea el chico que es hoy, la memoria de los fracasos, su abrupto despido del Real Madrid.

¿Cómo era de chico, Vicente?

Como todos los chicos. Leche en polvo en la escuela, pobreza, limitaciones; una madre muy dedicada, un padre que era ferroviario y luego empleado, muy buena persona. La vida era una aventura, la veíamos así, y todos queríamos ser futbolistas. Creo que fueron los mejores años de mi vida porque no necesitábamos dinero, no necesitábamos nada, sólo queríamos entrenar y ser futbolistas.

Y los maestros…

Don Ramón, don Ángel, don Celedonio y don Juan… Son imágenes que no se me olvidan. Y una vida familiar de la que apenas salíamos, ni de vacaciones. Se decía: “Vamos a tomar el fresco”. Y eso era salir; salíamos por la noche a la puerta a charlar con los vecinos de la actualidad de aquellos tiempos.

Todo el mundo habla ahora de don Fermín, el ferroviario… Pero, ¿cómo era Carmen, su madre?

Una mujer de su casa. Era de un pueblecito de Ledesma; sus padres se dedicaban al transporte, gente humilde.

¿Y cómo era su relación con ella? Sus padres venían de una guerra, su padre había sido perseguido. Era un mundo difícil en el que nació usted…

Sí, en casa se recibían cartas haciendo proselitismo. Mi hermano a veces avisó a la comisaría de que se recibían. Pero en casa éramos felices. Cuando comenzó la aventura con el Real Madrid yo tenía 16 años. Mi padre tenía confianza en los hombres que dirigían el club. Sabía que me ayudarían en mi formación, y lo hicieron.

Sale de Salamanca, deja unos maestros y su padre lo pone en manos de otros.

Sin ninguna duda. El señor Santamaría, el señor Molowny… Alberto Jesús, José Luis Ajenjo…, gente del club de toda la vida, que estuvieron trabajando 50 años para el Real Madrid. Ellos iniciaron la cantera y trataron de educarnos de la mejor manera posible, con la mejor intención. Cuando eres niño, a veces obtienes éxito a nivel de juveniles. Pues ellos relativizaban ese éxito, como diciendo: “Eso no es nada”. Ahí aprendí a relativizarlo todo.

¿Le enseñaron a perder?

Yo creo que nos enseñaron a ganar, porque perder perdíamos poco. Es tan difícil saber ganar como saber perder.

Ese respeto que usted aconseja ante el que pierde es de alguien que aprendió a saber ganar…

Sí, sí. Saber ganar y saber perder se parecen. El día de Suiza (cuando España perdió el primer partido en el Mundial) me acerqué silenciosamente al entrenador suizo, Hitzfeld, y me paré poco antes de llegar a él porque estaba celebrando su victoria. Lo hice con todo el dolor de mi corazón porque yo estaba muy fastidiado. Pero creo que en la vida, y sobre todo los que tenemos que dar un poco la imagen del deporte, estamos obligados a comportarnos con la caballerosidad del que sabe perder. No sólo es ganar, ganar y ganar. Es también el comportamiento que uno manifiesta perdiendo o ganando.

¿Es más duro perder ante tanta gente?

Es que las expectativas que se habían creado eran máximas. No digo que imposibles de conseguir, como se ha visto, en el deporte no hay nada imposible. Eran 31 que fracasaban y uno solo que triunfaba. No era lógico que ganáramos, porque España no tenía ningún pedigrí, ningún antecedente de victoria en ese plano, no nos habíamos acercado ni a semifinales. Con esas expectativas, además, la derrota es más dolorosa.

¿Qué se siente en ese momento en que ya se pone en entredicho la ilusión, tan pronto además, tras el primer partido? ¿Se sintió usted vacío por dentro?

No. Ahí es donde la madurez de la gente, la tuya y la de los jugadores, resulta tan importante. Nos podíamos haber escudado en la mala suerte, pero lo fundamental era buscar las causas, qué errores habíamos cometido, si fueron muchos. Y si no los hemos cometido, seguir insistiendo en lo que veníamos haciendo, lo que nos llevó al Mundial. Y no encontramos ningún culpable.

Mantener el equilibrio y la serenidad es grandeza cuando se gana. Pero cuando se pierde debe ser un trago muy amargo. Y usted ha perdido algunas veces.

¡Hombre, claro! Me entran sudores por todos los lados. La derrota es dura. Toda mi vida se ha desarrollado entre las cuatro paredes del Real Madrid. Treinta y seis años en los que prácticamente hemos sido el equipo ganador, en los que se saborean poco las victorias, porque son lo acostumbrado. Sin embargo, las derrotas son muy crueles, muy duras. Es difícil que el deportista se acostumbre a las derrotas.

Su hermano Fermín hereda el nombre de su padre y muere a los 43 años. Eso deja una huella que luego forma parte de su estructura moral...

Así es. Él era un caballero que siempre estaba preocupado porque yo no me torciera en el Madrid. Deseaba que me abriera camino en el mundo del fútbol, pero una enfermedad cruel se lo llevó. Era un tipo extraordinario.

¿Su tranquilidad ante el éxito y el fracaso tendrán que ver con el aprendizaje que le deja su hijo Álvaro, con síndrome de Down?

Seguramente que eso nos ayudó a poner las cosas en su sitio. Cuando nació fue un dolor, pero a los pocos días nos dimos cuenta de que era un niño como los otros. Le tratamos como a un niño más, como a un hermano más. Si su madre le tiene que echar una bronca, se la echa, aunque a él no le gusten ni los alborotos ni las broncas.