Bayern aplastó al Barcelona

Los goles los marcaron Müller (en dos ocasiones), Mario Gómez y Robben.

El argentino Lionel Messi lamenta la caída de su equipo, este martes en el estadio Allianz Arena de Múnich. / EFE

El Barça soñaba con regresar a Wembley, cuando el Bayern le devolvió a Atenas con otro 4-0. El viaje azulgrana por los estadios de la Champions ha sido un viacrucis que había tenido remedio en el Camp Nou hasta que ayer fue crucificado en Múnich. La sensación es que el equipo se ha ido consumiendo hasta caer, el camino inverso al del exuberante Bayern. Unos van y los otros están de regreso. Así funciona el fútbol. La goleada sonó a capitulación. El partido punto y final del que nunca escapan los equipos más históricos.

Ningún equipo juega hoy tan bien como lo hacía el Barça. Y mucho menos el propio Barça. A la espera de que se reinventen los azulgrana, el fútbol va por un camino diferente, el que ahora simboliza el Bayern, un equipo poderoso físicamente, bien organizado tácticamente, lleno de matices técnicos y recursos, inmisericorde con los rivales que desfallecen progresivamente como el Barcelona.

Ya no vale la pena seguir esperando que se cure Messi, tan apocado como el propio Barça. A la pata coja no se gana al Bayern, imponente por lo bajo y por lo alto, como se supone a unos futbolistas más poderosos (1,76 m los azulgrana frente a 1,83 de estatura media de inicio de los germanos). Lo grueso le pudo a lo fino en una noche exigente, apta sólo para futbolistas de cuerpo entero. Al Bayern hay que hacerle dudar, desde el juego colectivo o a partir de futbolistas, y ayer no le hizo cosquillas ni siquiera Messi.

Acostumbran a ganar los encuentros por aplastamiento o por su fiabilidad en el tiro, cosa lógica si se atiende a su pelotón de fusilamiento, infalible en la estrategia, el punto débil del Barcelona. Escarmentados desde la afrenta que le planteó un plantel tan pelotero como el del Arsenal, ayer optaron por no discutirle el cuero al Barça y a cambio convirtieron cada posesión en una oportunidad de gol. Así llegó el 1-0. Perdió la pelota el Barça, cedió un saque de esquina de mala manera y lo defendió repetitivamente mal hasta que Robben centró para Dante y su cabezazo lo remachó Müller.

El encuentro se convirtió en un ejercicio geométrico de fácil solución. La línea recta del Bayern siempre salía ganadora frente a la circunferencia del Barcelona. Jugaban unos con las porterías a lo largo y los otros a lo ancho, de manera que las posibilidades de gol solamente se visualizaban en el marco de Valdés. Había más noticias de Bartra que de Messi. Estéril, falto de profundidad, el fútbol azulgrana se perdía por los márgenes de una cancha sorprendentemente encharcada. No hay nada más soso y peligroso que un baile desafinado. El partido pertenecía sobre todo al desborde de Lahm y el despliegue de Javi Martínez. La intensidad del Bayern contrastaba con la flojera del Barça.

Valdés fue exigido desde el inicio por un tiro de Robben mientras Dante se anticipó a Messi en la única aparición del Barça en el área del Bayern. El guión no varió ni con el descanso de por medio, porque el Barcelona siguió concediendo tiros de esquina y el Bayern rematando a gol. Al noveno saque de esquina llegó el 2-0 de Mario Gómez. Al Barcelona le faltaba agresividad con y sin el balón, incapaz de presionar, inocuo ante un equipo que defiende estupendamente bien como es el Bayern. Irreconocibles desde la ortodoxia, los azulgrana tocaron a rebato desde la heroica por necesidades del marcador y entonces perdieron el orden y la razón y fueron acribillados a campo abierto.

Tumbados por la aviación alemana, el Barça fue sorprendido entonces por la infantería, por los recortes del extremo Robben y por la clase de un segunda línea majestuoso como Müller. No paraba de rematar el Bayern. Murieron los barcelonistas sin decir ni pío con el balón, sin el factor sorpresa de Tello y sin hacer nada más que protestar, petrificados todos en la cancha y en el banquillo, desprotegidos hasta por Sant Jordi, un santo peleado históricamente con el Barça. El Madrid acabó con el Barça de Rexach una noche de Sant Jordi y también en Sant Jordi el Bayern goleó al equipo de Tito Vilanova.

No funcionó el juego de entrelíneas azulgrana y, sin el fútbol de presión en ataque, la zaga se vuelve permeable, vendida también por la flojera de los medios, poco intensos, incapaces de acompañar defensivamente a Busquets. El equipo se fue aflojando y, al final, se rindió de mala manera, víctima de cuantos males se venían anunciando y también escondiendo.

El Bayern es un equipo ascendente, mejorado respecto a los dos años en que fue finalista, mientras ha empeorado el Barcelona, campeón en 2009 y 2011, hoy estancado en su juego, como si estuviera de vuelta. Ya no mira a Wembley, donde está su meta, sino que el resultado de anoche le devuelve al martirio de Atenas.