River Plate resurgió de las cenizas

En Monterrey se jugará el primer partido de la final de la Copa Liberadores.

Marcelo Gallardo, técnico del River Plate. / EFE

El 26 de junio de 2011 los hinchas de River creyeron que el mundo se les venía abajo. El empate con Belgrano de Córdoba en el Monumental condenó a uno de los clubes más grandes del país al descenso. Las lágrimas brotaban de los ojos de los fieles millonarios. Las broncas se manifestaban con roturas de butacas. Nadie podía creer el desenlace de tres campañas que, promedio mediante, condujeron al coloso de la banda roja a la promoción y, posteriormente, a la primera B nacional, segunda categoría del fútbol argentino. Por eso hoy, que jugará la final de la Libertadores y ya tiene asegurado su boleto al Mundial de Clubes porque Tigres no puede representar a la Conmebol, pues participa en calidad de invitado, la felicidad es mayúscula. Y si para poder gozar también hay que saber sufrir, el premio es merecido.

Claro que no fue casual este resurgimiento de River, que vivió el oprobio deportivo de recorrer los estadios del ascenso argentino y padeció las bromas de los hinchas de Boca, su máximo rival. En diciembre de 2013 Rodolfo D’Onofrio ganó las elecciones y se transformó en el nuevo mandamás, sucediendo a Daniel Passarella. El Káiser había sido un notable marcador central, campeón con River y la selección Argentina (ganó el Mundial de 1978) y también tuvo éxito como entrenador en el banco millonario. Sin embargo, su gestión como presidente fue nefasta. Y muchos se lamentan de que en los comicios de 2009 D’Onofrio haya perdido por cuatro votos. A partir de la renovación de la dirigencia, River se propuso volver a ser River, tal cual fue el eslogan de la campaña política de este empresario de 66 años cuyo padre fue interventor de la AFA.

D’Onofrio heredó un club desahuciado futbolística y económicamente, con un pasivo de US$60 millones. Y en un año y medio de gestión consiguió tres campeonatos, un torneo local con Ramón Díaz, la Copa Sudamericana (triunfo ante Nacional) y la Recopa Sudamericana (venció a San Lorenzo), estos últimos dos logros gracias a Marcelo Gallardo, un técnico joven que llegó a River de la mano de Enzo Francescoli. El Príncipe fue una de las figuras que el presidente eligió, para que lo acompañara como secretario técnico. Y en su rol de mánager, el uruguayo trajo jugadores que Gallardo hizo explotar en la cancha.

El Muñeco fue una apuesta, más allá de que su primera experiencia como técnico derivó en un campeonato, dirigiendo a Nacional de Montevideo, el club donde se retiró. Llegó después del portazo de Ramón Díaz, que siempre supo que los dirigentes no lo querían. Y el riojano renunció tras ganar el campeonato. Gallardo llegó a River con una propuesta diferente: circulación de pelota, fútbol a dos toques, velocidad y contundencia en los metros finales. Los hinchas se reventaron las manos de tanto aplaudir. Recuperó a Rodrigo Mora, que se había ido en préstamo a Universidad de Chile. Le volvió a dar un lugar referencial a Leonardo Ponzio, que también había perdido terreno con Ramón, y se la jugó con el pibe Matías Kranevitter. Y si River no ganó el torneo anterior, que dominó, se debió a que enfocó sus energías en la Sudamericana y perdió el mano a mano con Racing, que terminó siendo campeón local.

La Copa Libertadores siempre fue una obsesión para River, que tuvo el privilegio de alzarla en 1986 y en 1996. Además vivió en carne propia la década dorada de Boca. No obstante, no empezó con el pie derecho. Le tocaron rivales accesibles en los papeles, pero en escenarios complicados. San José de Bolivia y Juan Aurich de Perú no representaban cucos, pero le hicieron la vida imposible en Oruro y Chiclayo. Y justamente Tigres, uno de los mejores equipos de la Liga MX, le tuvo que dar vida en el último partido del grupo, cuando venció a los peruanos y permitió que los argentinos se clasificaran.

Después, claro, llegó Boca. Y en Argentina se paralizó el país detrás de los superclásicos coperos. Y dio el golpe River, porque entró por la venta y derrotó a su enemigo público número uno, aquel que había llegado a los octavos de final como el mejor de la primera fase. Y venció a Guaraní de Paraguay para instalarse en la cúspide de América y tener esta posibilidad de volver a ser el dueño del continente después de 19 años.

“Si la pelota entra, todo es más fácil”, suelen decir los dirigentes argentinos. Y aunque parezca una verdad de Perogrullo, es la más pura realidad. El lunes se cumplieron 365 días desde que Gallardo se hizo cargo del equipo, el 27 de julio de 2014 ante Ferro por la Copa Argentina. Y con el Muñeco en el banco, River ganó el 66% de los puntos disputados, con 36 triunfos, 24 empates y siete derrotas. Además, claro, de los dos títulos mencionados.

Todo este éxito deportivo se tradujo en la tesorería. El pasivo exigible fue refinanciado y se creó un fideicomiso para incorporar a gusto y piacere del entrenador. Y como si fuera poco, las recaudaciones por los partidos de la Libertadores y el dinero que ingresó en concepto de premios por acceder a las siguientes fases del torneo continental engrosaron las boleterías. A tal punto que, al cierre del balance en agosto, la dirigencia estima una facturación de casi US$10 millones, una cifra estruendosa que cambió el panorama. Lo explicó el vicepresidente 1º, Jorge Brito: “Desde lo financiero y económico, se hizo un esfuerzo bárbaro, no fue fácil llegar a un River destrozado y hoy en día estar en estas instancias. Estimamos que la recaudación de la final estará por encima de los $25 millones. Y calculamos que, con este ingreso, el club estará llegando a fin de agosto, al cierre del balance, con una facturación cercana a los $900 millones, algo impensado hace un año y medio”.

Tan extraordinario es el momento que está viviendo River que hasta los jugadores que eran difíciles de convencer decidieron pegar la vuelta. Tal es el caso de Pablo Aimar, quien luego decidió retirarse por sus constantes problemas físicos, Lucho González y Javier Saviola. Y hasta Mora, cuyo pase fue comprado por Al Nasrr de Arabia Saudita en US$3 millones, le pidió a su representante que hiciera todo lo posible para poder estar en el Mundial de Clubes.

“El secreto es el grupo, que está cada vez mejor. Y los dirigentes están haciendo las cosas bien. Entonces, cuando hay comunión de todas las partes, no es imposible que se consigan los logros”, dijo Kranevitter, que hoy estará en el estadio de Universitario “pegando” en la mitad de la cancha. Enfrente estará Tigres, un rival que se reforzó, que tiene en sus filas una delantera de lujo, Rafael Sobis y André Gignac. Pero a River no le importa. Si pudo resurgir de las cenizas, ¿cómo le van a temblar las piernas a la hora de la final?