Dejen tranquilo a Messi

Argentina está dividida luego del desempeño del crack en la Copa América: están los críticos implacables de Messi y los defensores del buen fútbol.

AFP

El dolor de la derrota siempre termina en injusta cacería de culpables o voces indignadas reclamándole al mejor. Es lo que sucede hoy en Argentina donde no han faltado quienes salgan a cobrarle hasta con insultos a Lionel Messi la frustración de perder la Copa América. Pero que no se equivoquen quienes quieren desollarlo ante la fanática afición que solo admite victorias: hasta el presente se trata de uno de los mejores futbolistas de la historia.

Por diversas razones, Pelé seguirá siendo el rey. A los 17 años fue campeón mundial en Suecia, repitió en 1962 y 1970, ganó todos los torneos brasileros, dos copas libertadores, dos intercontinentales y marcó más de mil goles. Un futbolista fuera de serie en una época en que se jugaba muy distinto. Los goleadores eran los protagonistas, la marca no era asfixiante, los movimientos eran más lentos y el 10 del Santos y de la Selección Brasil se daba el lujo de eludir rivales como si fuera el amo y señor del fútbol.

Además no se puede olvidar que, al menos en la selección auriverde, jugaba con futbolistas sensacionales o de sus mismas condiciones. Gerson, Tostao, Rivelino, Clodoaldo, Jairzinho o Carlos Alberto, por solo citar algunos de los exponentes de su generación, que individualmente hicieron historia en un equipo donde Pelé oficiaba como el monarca. Con ellos el balompié se tomó la televisión mundial y varias generaciones de latinoamericanos tuvieron un héroe por encima de todos los deportistas.

Después llegaron otros gigantes del fútbol mundial. El alemán Franz Beckenbauer, el holandés Johan Cruyff, el argentino Mario Kempes o el brasilero Zico. Pero ninguno alcanzó la cima de Pelé, quien además se volvió un ícono internacional, figura publicitaria o deportista del siglo. Hasta que apareció otro genio a disputarle el trono: el argentino Diego Armando Maradona. A los 15 años ya era profesional, a los 16 ya había debutado en la selección, y su recorrido como profesional del fútbol habla por sí solo.

Suele afirmarse coloquialmente que en el equipo con que se consagró campeón mundial en México en 1986, eran Diego Maradona y diez más. Es cierto que hizo los goles determinantes y quizás el más hermoso en la historia de los mundiales jugando contra Inglaterra después de haber anotado otro con la mano de Dios. Pero sus compañeros no eran jugadores del montón. José Luis Brown, Oscar Ruggeri, Sergio Batista o Jorge Burruchaga, entre otros, también dejaron una larga historia de triunfos.

En ese momento el fútbol ya había evolucionado en todo. Aunque los grandes eran los protagonistas e Italia, Alemania, Brasil, Holanda o Inglaterra se peleaban los títulos, las dificultades en el campo de juego se hicieron mayores. La marca se incentivó, el estado físico empezó a ser determinante o las tácticas mostraron el intenso trabajo de escuelas y entrenadores. Sin embargo, en medio del laberinto de piernas brillaron los talentos. El francés Platini, el alemán Matthaus o el inglés Lineker y, por encima de todos, Maradona.

Luego llegaron los tiempos del italiano Roberto Baggio, del rumano Gheorghe Hagi, del brasilero Romario, del colombiano Carlos Valderrama o de los holandeses Ruud Gullit o Marco Van Basten. Todos geniales pero el espectacular y distinto siguió siendo Diego Maradona. A pesar de sus escándalos personales, de que terminó expulsado del mundial de Estados Unidos 1994 por dopaje. Mucho ruido extradeportivo, pero nada pudo opacar lo que inventó en la cancha y llevó a disputarle el cetro universal a Pelé.

Con el cambio de siglo llegaron otros colosos. Los brasileros Ronaldo y Rivaldo, los italianos Del Piero o Cannavaro, el francés Zidane, el holandés Kluivert o el alemán Ballack, pero en el horizonte ya se perfilaba otro talento único: el argentino Lionel Messi. Con una particularidad, aunque se probó en un par de equipos de su país, fue el Barcelona de España el que le dio la alternativa a los 13 años. En otras palabras, se hizo profesional del fútbol en la cantera catalana no en las canchas de Buenos Aires o su natal Rosario.

En 2003, a los 16 años, ya estaba en el primer equipo y desde entonces deslumbra al mundo. Además de romper con todos los registros históricos del equipo azul y grana, hoy acumula más de 15 títulos en España, dos veces ha sido campeón mundial de clubes o ya acumula cuatro balones de oro, entre otras distinciones. Sin embargo, lo que para los españoles y en general para el mundo entero solo ha sido aplausos a su extraordinario talento y profesionalismo, para muchos argentinos ha representado división y dudas.

A los 17 años debutó con la selección nacional, un año después fue campeón mundial en la categoría sub20 y en 2008 fue artífice de la medalla de oro en los olímpicos de Pekín. Sin embargo, como si fuera el único en la cancha, no le perdonan que no haya regresado a Buenos Aires con alguno de los títulos de los mundiales de 2006, 2010 o 2014. “No juega como argentino”, es la crítica permanente, pero aun así ya tiene muy cerca el registro histórico de mayor goleador del fútbol gaucho que posee Batistuta con 54 anotaciones.

Hace un año Argentina perdió con Alemania la final del mundial Brasil 2014, y la crítica le cayó encima como si fuera el responsable mayor. El pasado sábado perdió con Chile la final de la Copa América y le llovieron insultos, algunos pasados de tono como los esbozados por el periódico Ole. Ahora se rumora que se quiere tomar un descanso del combinado nacional y también lo fustigan. Quieren que sea igual a Maradona, que grite, que pelee, que se comporte como un jugador hecho en River, Boca, Independiente o Racing.

Sin embargo, Lionel Messi es distinto y le correspondió jugar en una época diferente a la que permitió el lucimiento de Pelé o Maradona. Hoy la disputa ya no se centra en unas pocas selecciones. En muchos países el fútbol ha crecido exponencialmente y nadie come de simple camiseta. Cada jugador que salta a la cancha es un atleta completo, nadie regala un metro de distancia, los técnicos prefieren jugar al error del rival y en vez de salir a hacer goles optan por cuidar que no se los hagan o montan dos férreos bloques defensivos.

En la Copa América se vio. Cada selección que enfrentó a Argentina, incluyendo Colombia, desplegó un plan especial para frenar a Messi. Incluso a veces con exceso de fuerza. En la final con Chile, ni Medel ni Silva o Isla le permitieron un espacio. Cuando lo consiguió y le cedió un balón perfecto a Lavezzi y éste se lo puso al pie a Higuain, el delantero se lo comió con el arco abierto. El partido se fue a penales, Messi hizo el suyo, sus compañeros Higuain y Banega erraron los que le tocaron, pero la cuenta de cobro es para el 10 argentino.

“Está mal puesta la cinta de capitán”, reclamó Ole, pidiendo un equipo más parecido a Mascherano. Todos quieren que el crack del Barcelona repita sus hazañas en el combinado nacional, pero pocos se atreven a reconocer que en el equipo español todos juegan para él, mientras en Argentina hay menos juego colectivo y más individual. Tampoco tiene los mismos socios. En el club catalán juegan casi de memoria, en la albiceleste un día está Gago, otro Pastore, Di María se lesiona, aparece Banega y a la hora de la creación exigen más al 10.

Por su responsabilidad como director técnico, por ahora Martino es quien tiene la solución. Incluso él debería explicar por qué su equipo salió a no perder contra Chile, a cuidarse demasiado del circuito Valdivia, Vidal, Sánchez, y teniendo cómo hacerle daño a su rival, no lo hizo. Las que tuvo frente al arco de Bravo no las concretaron sus delanteros. Tuvo 120 minutos para que alguno hiciera un gol y ahora responde Messi por todos. ¿Y los otros? ¿Acaso eran como los diez más compañeros de Maradona de 1986?

Por el éxito del fútbol argentino, por el bien del balompié mundial, por las eliminatorias en Suramérica, o simplemente por el placer de verlo jugar, que Messi continúe en todas las convocatorias de la selección nacional hasta el final de su carrera. Apenas tiene 28 años y muchos goles por delante. Si Mascherano representa el prototipo del aguerrido jugador argentino, Messi es el mago, el que tiene el ADN de los grandes del fútbol gaucho y por eso necesita el respaldo de su pueblo que tuvo que verlo crecer en las canchas de Europa.