Del equipo exótico a los héroes del Maracaná

Hoy, todo el mundo habla de James Rodríguez, el mejor del Mundial, del juego de un equipo que ha ganado con solvencia todos sus partidos.

AFP

Cuando Colombia arribó a Italia, en 1990, no era más que un equipo exótico más, en un grupo en el que también figuraban los Emiratos Árabes, entrenados por Carlos Alberto Parreira, y una selección yugoslava que ya empezaba a trasladar a su plantilla (una amalgama de serbios y croatas, con alguna aportación bosnia y macedonia) las tensiones nacionalistas del país.

En los días previos a ese Mundial, del grupo que tenía su sede en Bolonia, lo que le preocupaba a la prensa europea era cómo hacía Parreira para compaginar los entrenamientos con las cinco oraciones diarias de la selección árabe o en qué momento iba a saltar por los aires la selección yugoslava.

A la Villa Palavicini, a las afueras de Bolonia, donde había fijado su concentración el equipo de Pacho Maturana, se acercaban pocos. La mayoría atraídos por el exotismo del "Gullit rubio", que era así como habían bautizado los italianos al Pibe Valderrama.

Se daba por descontado que Alemania, el cuarto componente del grupo, dominaría con mano de hierro y pocos hablaban de la relación entre Maturana y Arrigo Sacchi, de cómo el primero había logrado adaptar la "línea" del maestro italiano al talento sudamericano.

Por eso, cuando dios se volvió colombiano y Freddy Rincón logró el inesperado gol del empate ante Alemania, Colombia cambió de estatus. Y acudió a su cita contra Camerún, en octavos, con vitola de favorita, con un juego que atraía a aficionados de cualquier país al televisor, aunque sólo fuese por ver al guardameta René Higuita más cerca del centro del campo que de su área.

Falló Higuita ante el abuelo Roger Milla y Colombia regresó con la sensación de haber perdido una gran ocasión, pero con un nombre en el fútbol mundial.

Cuatro años después todo era distinto. Con la dupla Maturana-Bolillo Gómez al frente, los colombianos habían completado unas eliminatorias impecables, coronadas con el 0-5 a Argentina en el Monumental. Al grupo del 90 se había unido, Faustino Asprilla, probablemente el mejor delantero del mundo en ese momento.

Colombia llegó a Estados Unidos como campeona del mundo. O así lo creía una gran parte de la afición que asedió a los jugadores desde que pisaron Los Ángeles. Maturana no quiso meter en una burbuja a una selección instalada en el éxito, pero la plantilla acabó acosada, sin casi poder salir de sus habitaciones, en un hotel tomado por la afición.

En aquel convulso verano californiano, en el que fue detenido O.J. Simpson a pocos kilómetros de donde completaban su preparación los colombianos, la derrota contra Rumanía (1-3) acabó con todo. Se pasó de la euforia a una profunda depresión y de ésta a la histeria. Antes del partido frente a Estados Unidos, se forzó mediante amenazas de muerte la retirada de 'Barrabás' Gómez, hermano del 'Bolillo', a quien se culpó de todo.

Colombia tan sólo dejó para la historia el mortal despeje de Andrés Escobar contra su portería, del que se cumplen 20 años.

Y aun así, cuatro años después, aún tuvo una tercera ocasión de hacer historia en un Mundial. Pero aquella selección colombiana que se instaló en la calma de Le Tour du Pin, a pocos kilómetros de Lyon, estaba desgarrada. Bastó que Asprilla airease sus desencuentros con Valderrama, que criticase a Bolillo desde París, adonde había acudido en su día libre, para que todo saltase por los aires.

Con su sorprendente capacidad para sobrevivir, con el recuerdo de los buenos viejos tiempos, Maturana se volvió a hacer cargo de la selección y ésta aprovechó el ánimo de su afición para proclamarse campeona, en la Copa América de 2001, tras derrotar en la final a la selección mexicana de Javier Aguirre.

Dos años después, cuando regresó a Francia para disputar la Copa Confederaciones, Maturana ya advertía cuál era el peligro, tras clasificarse para la semifinal del torneo que reunía a los campeones de cada continente.

"La gente tiene la euforia hoy y si mañana perdemos se hablará de un fracaso absoluto. Eso lo vivimos en la Copa América, en la que estuvimos al borde del cielo y, luego, cuando perdimos la eliminatoria del Mundial, éramos unos ilustres desconocidos y unos fracasados", aseguraba en una entrevista con Efe.

Perdió la semifinal contra Camerún, en un partido marcado por la muerte en el terreno de juego de Marc-Vivien Foe, y comenzó una larga travesía del desierto que ha culminado en este Mundial.

De la mano de un técnico mesurado, el argentino José Pekerman, con una mayoría de jugadores que se sienten importantes en clubes europeos, Colombia ya ha logrado el mayor éxito de su historia.

Hoy, todo el mundo habla de James Rodríguez, el mejor del Mundial, del juego de un equipo que ha ganado con solvencia todos sus partidos y no le tiene miedo a nada. Que llega a los cuartos de final contra Brasil en la cresta de la ola. Y que debe aprender de su historia para no repetirla, para, como dijo Maturana, no pasar del cielo al fracaso absoluto, en cuestión de horas.