El Mundial es su parque de diversiones

En Neymar recae la responsabilidad de volver a ganar un Mundial: en eso coinciden compañeros y compatriotas. Pero al goleador del torneo, que esta tarde enfrentará a Chile en Belo Horizonte, sólo le interesa pasar un buen rato.

Neymar durante un entrenamiento de la selección de Brasil. / EFE

Neymar está en boca de todos en su país y no por haber marcado el gol número 100 del Mundial ni por ser el brasileño más joven en llegar a 35 anotaciones con la selección. Su popularidad invade campos universales de la vida, por eso su carisma es usado por Dilma Rousseff para ganar las próximas elecciones, como también miles de niños copian su peinado mutante porque lo quieren emular. Especialmente aquí, su nombre y su cara sirven de ejemplo y de arma para movilizar masas.

Eso explica que la imagen del goleador del torneo se vea por todas partes. En almohadas, pocillos, termos, cuadernos para el colegio, muñecos coleccionables y en los tabloides Correio Braziliense, O Globo, Extra y Lance, por citar algunos diarios. Incluso fue noticia en la revista Playboy, que utilizó en el último número la foto de una modelo en portada con el título ‘La morena que enamoró a Neymar’. Aquí, en el metro, en paraderos de buses, en la televisión y en tiendas de barrio, aparece cada tanto publicitando canales infantiles, su propia línea de ropa, beats, guayos, supermercados, condones, ropa interior, cables de televisión, operadores de teléfono, bancos, desodorantes y champú. Su rostro lo conocen todas las edades, todos los estratos.

Neymar tiene 19 patrocinadores y hasta 2013 había facturado 15,14 millones de euros, que lo convirtieron en el único que con 21 años figuraba en el top-100 de ingresos liderado por Tiger Woods. Antes de esa edad ya había grabado 38 comerciales multimillonarios, cuando ni siquiera era jugador del Barcelona. “El más reconocido de la selección es Neymar. Incluso cuando no había salido de Brasil”, dice el arquero Julio César. En la Copa del Mundo es el más popular en redes sociales (casi 16 millones de seguidores entre Twitter e Instagram), en las que su nombre ha alcanzado el promedio de 9,949 menciones por hora.

Pero no es ícono de esta selección de Brasil sólo por sus contratos publicitarios. El efecto Neymar (o la neymarmanía) radica en lo que él significa para los brasileños: es quien más representa la idiosincrasia del fútbol local y quien se atreve a jugar en la cancha como lo solía hacer en el barrio. A pesar de integrar la élite, su fútbol sigue siendo embajador de las minorías. Y toda esa magia la ejecuta con una sonrisa, como si no dimensionara que representa el sueño de millones por volver a ganar un Mundial, como si no vistiera un dorsal tan aristocrático como complicado. “Es un niño que sólo se está divirtiendo”, apunta su compañero David Luiz, luego de la clasificación a octavos de final.

La tarea del técnico Scolari, dicen, fue haberle dedicado horas de conversación para quitarle de la cabeza la idea de querer ser el mejor, para desintoxicarlo de una responsabilidad que un Estado completo le ha endosado por su talento. Y el crack ha obedecido los consejos: en los entrenamientos en Granja Comary se divierte, baila, bromea, interactúa con el público (13 mil fueron a la práctica de este martes), se toma fotos con niños que invaden el campo y con discapacitados, víctimas de las inundaciones de Teresópolis en 2011.

Cuando las cámaras no lo ponchan, se dedica a jugar ping-pong, cartas y a pretender ser ilusionista, porque es un admirador de la magia. Es un niño: por eso hace dos días gastó una tarde montando cuatrimoto con su hijo Davi Lucca, quien lo visitó en helicóptero en la concentración. Esa inocencia es su mejor escudo contra la presión. “Es muy joven, pero la responsabilidad no le ha quedado grande”, dice Luiz Gustavo, volante de marca. Y esas ganas de divertirse las transporta a la cancha, lo que explica los sombreros, los túneles, las fintas, los cuatro goles que suma y las alabanzas que recibe de las tribunas.

“Neymar ha conseguido trasladar el juego de la calle al fútbol profesional y eso no es fácil”, le elogia también Dani Alves, su compañero en el Barcelona. Neymar es producto mediático por excelencia, pero también fantasía, mística y arte. Es la reencarnación del Ronaldinho que jugaba en el Barcelona, sólo que con cara de modelo. “Él hasta puede hacer llover”, añade David Luiz. Él, mientras tanto, sólo se ríe de los elogios y les recuerda a los periodistas que sigue siendo mundano con frases como esta: “Yo me inspiro en la PlayStation”.

Después del último partido contra Camerún, fue el último en salir del camerino, salió con pasos lentos sin importar que lo esperaban todos en el bus. “Estaba jugando en el celular”, dijo entre carcajadas, con esa mirada cándida que se esconde tras unos lentes noventeros y una gorra de rapero. Sólo el reloj de oro y los diamantes en cada oreja hacen recordar que es un niño rico.

“Estoy feliz con mi actuación en el Mundial. Esto es un sueño. Pero también tengo compañeros muy buenos atrás que me hacen ser mejor adelante”, dice mientras intentan tocarlo y fotografiarlo antes de subirse al bus. Una vez se sube, recupera su condición de humano, pero las veces que se baja (como lo hará esta tarde al llegar al estadio Mineirão para enfrentar a Chile) vuelve a ser una leyenda prematura, así a él le parezca muy gracioso.