El Real Madrid pone el mundo a sus pies

El equipo español cierra un año glorioso ganando su cuarta Intercontinental tras superar a los argentinos de San Lorenzo de Almagro en un áspero partido.

Real Madrid, campeón del Mundial de Clubes. Foto: AFP

Ni un equipo sacamuelas pudo frenar al Madrid, que se coronó rey del universo en Marraquech, donde la FIFA ha metido con calzador este maquillado Mundial de Clubes, que no es otra cosa que la Intercontinental de toda la vida entre los mejores equipos de Europa y Sudamérica con algunos teloneros de más.

San Lorenzo de Almagro, el campeón de la Libertadores, quiso improvisar la gloria del equipo modesto con un partido avinagrado, con mucha cicuta y tacos de lija. Lo mismo dio. Sergio Ramos, imperial en su ciclo europeo, cerró un curso célebre: trituró al Bayern en la semifinal de la Champions, malogró al Atlético en la final, empinó al Madrid ante el Cruz Azul y descorchó a San Lorenzo en la invernal cumbre mundial de Marruecos. Año de la Décima, año de Ramos, ese titán andaluz que se distingue por Chamartín como clónico de Pirri, Stielike o Fernando Hierro.

El Madrid de toda la vida, este Madrid de las 22 victorias consecutivas, un Madrid que ya suma 20 títulos internacionales. Imperial.

En un partido de colmillo retorcido, de fútbol subterráneo, nadie podía ser mejor cabeza de cartel que Sergio Ramos. En el campo de minas que planteó el equipo argentino, el central sevillano no se arrugó. No había pista para Cristiano ni sus auxiliares, así que el Madrid encontró el sendero de Ramos llegado desde su área. Un córner lanzado por Kroos y el defensa deforestó el área de los cuervos de Argentina. Cogió vuelo y llegó al remate de cabeza como un bucanero. Sergio en estado puro. En un partido de descampado, él decidió por las bravas.

Para bizarro, Ramos. Y para colofón, Bale, oscarizado en las finales. De fútbol, ni palabra. No lo quiso San Lorenzo y no lo necesitó el Madrid, que hizo lo que debía. Pocos rebobinarán el partido pasados años y quizás décadas, pero ahí quedará para la grandiosidad y las vitrinas pulidas del club español de Chamartín. Eso es lo que cuenta, y mucho.

Con sus reclutas, San Lorenzo acreditó segundo a segundo su condición de conjunto inferior. Ni tuvo a la vista a Iker Casillas en ningún momento. Se enclaustró, afiló los tacos, quiso bronca en las cloacas y nada más. Le bastó para desnaturalizar algo al cuadro de Carlo Ancelotti, que se vio abocado al partido pronosticado por los argentinos. Nada versallesco, fútbol con el cuchillo entre los dientes. De nada le sirvió a San Lorenzo: en la refriega planteada también triunfó el Madrid. No pudo ser un equipo estilista, no fue el paisaje idílico para gente de toque como Isco o James, y tampoco dejó migas Cristiano, seco en este campeonato marroquí. Con todo, en el fango en que se convirtió la contienda también fue mejor el conjunto español, por talento y disposición.

El Madrid no entró al trapo, esperó sus momentos y enseguida advirtió que su rival solo estaba para capar el juego. Llegó el turno de Ramos, y, como ya es habitual en las finales, el de Bale, ese jugador instantáneo que golea desde la invisibilidad. Un solista de primera, ajeno a toda producción coral. Hizo bingo en la final de Lisboa, y en la de Copa. En Marraquech, un portero llamado Torrico le abrió la cerradura de par en par. De vuelta del descanso, Bale armó un remate inopinado en los pies de galés tras recibir en la línea del área, todo solo, un pase vertical de Isco. La enganchó el galés con la zurda, donde tiene un arsenal, pero el disparo le salió blandengue. Peor fue lo del meta de San Lorenzo, que cometió una pifia colosal. La pelota, mansa, le sacó la lengua y le hizo burla bajo el tronco. La despedida para San Lorenzo, que, tras muchas bravuconadas durante la semana, llegada la hora de jugar no dijo ni mu, salvo exhibir un completo catálogo de patadas. No fue la mejor exposición del fútbol argentino, un fútbol siempre recio en legendarias finales intercontinentales, pero habitualmente con más virtudes que este equipo papal.

El mérito del Madrid ante la pelea planteada en el blando césped marroquí fue no contestar sino mantener la templanza que tan bien le va últimamente para levantar su cuarta Intercontinental: en la cúspide con el Milán, una gozada de época para Ancelotti, jugador rojinegro y entrenador de ambos equipos.

Y qué decir para Iker Casillas, que en su partido 700 con el Real Madrid brindó al cielo con la única copa que le faltaba, salvo algún trofeo de la galleta. Tuvo ese aire veraniego este Mundialito, pero se trataba de cumplir y el Madrid lo hizo con solvencia y evidenció la diferencia actual entre Europa y América. Este es un Madrid feliz, un equipo pletórico, como demuestran las 51 victorias que ha logrado durante 2014 (más del 80% de los encuentros disputados) y sus casi tres goles de media por partido. Este Madrid es el rey del universo. El mundo a sus pies.