Empatan el "juego de la muerte"

El aburrido partido entre Irán y Nigeria fue el escenario para llamar la atención sobre la difícil situación de la comunidad LGBTI en esos países.

Aficionados iraníes durante el partido que se jugó en Curitiba. / EFE

El partido fue un duelo lento, soso, poco ordenado. Estuvo lleno de tropezones y pases errados. A excepción de algunos tiros de esquina y un par de llegadas mal logradas por los costados, el partido entre las dos cenicientas del grupo F —como los tildaron algunos— no fue más que eso: un encuentro desabrido. Pero, pese a ello, pese a lo poco atractivo que pudo resultar, el primer compromiso de Curitiba fue para algunos el verdadero “juego de la muerte”: un juego sin sazón que sin embargo levantó polémicas y recordó, una vez más, que el fútbol es también, más allá de los lamentos y las pasiones, un deporte político, un choque cultural que recuerda infinitas diferencias.

Como esas que se esmeró en rememorar el Grupo Dignidad, la organización liderada por Toni Reis, uno de los más reconocidos activistas LGBTI de Brasil. Dignidad aprovechó que miles de ojos voltearon a ver a las insípidas selecciones de Irán y Nigeria para recordar una inocultable realidad de intolerancia en un escenario que es, por demás, una gran muestra de diversidad. Con sus protestas, anunciadas desde que en 2013 se conocieron los equipos que irían a Curitiba, pusieron en evidencia, de nuevo, la difícil situación que enfrenta la comunidad homosexual en esas dos naciones: en ambas se trata de un delito se castiga con prisión. En ambas también hay pena de muerte.

Por eso el nombre: Game of Death, tal vez aludiendo al partido que en agosto de 1942, en plena guerra, disputaron prisioneros ucranianos y soldados alemanes de la Wehrmacht. El resultado del encuentro es bien conocido: los ucranianos vencieron y por eso algunos fueron llevados a campos de concentración, donde luego murieron.

Claro: es una comparación ociosa. Pero el objetivo del Grupo Dignidad no es otro que llamar la atención sobre unas medidas anacrónicas. Como, por ejemplo, que en enero, en Bauchi, al norte de Nigeria, donde dan hasta 14 años de prisión, arrestaron a decenas de hombres bajo sospecha de homosexualidad. O que en marzo, cuatro nigerianos fueron azotados en público por ser gays. Eso, dos meses antes de que el Parlamento aprobara por unanimidad una ley que vuelve ilegal las relaciones homosexuales. O que en Irán, según el más reciente mapa de la Asociación Internacional de Gays y Lesbianas (ILGA), hay, incluso, pena de muerte.

En esas naciones parece vigente el propósito de hacer auténticas las palabras del expresidente Mahmud Ahmadineyad: “En Irán —dijo en 2007 en la Universidad de Columbia— no tenemos homosexuales como en su país. No tenemos ese fenómeno”.

Pero tal vez por lo insulso que podía ser este partido entre una Nigeria que está lejos de parecerse a las asombrosas águilas verdes de 1998, así hayan logrado la copa africana de 2013, y un Irán, aunque mejor que el de hace años, dirigido por el portugués Carlos Queiroz (exasistente de Ferbuson en el Manchester y extécnico del Real Madrid), esas pretensiones de llamar la atención no tuvieron suficientes
repercusiones. Como quizás tampoco las tengan cuando jueguen, también en Curitiba, Argelia y Rusia, el jueves 26. Allá, se sabe, cada vez hay más rechazo hacia la comunidad LGBTI.

A propósito: el partido entre iraníes y nigerianos quedó 0-0. El primer empate del Mundial.