España: 'fiesta eterna'

Iniesta, Casillas, Fábregas, Alonso, Hernández, Jordi Alba y compañía, jugadores de todos los clubes y regiones de España.

Joan Manel Serrat, el poeta de la música española, lo cantó hace tiempo, pero una multitud enloquecida todavía se frotaba los ojos después de ver los noventa minutos más grandes de la historia del fútbol encarnados en 'La Roja' y prepararse para colgar 'de un cordel, de esquina a esquina un cartel y banderas de papel, lilas, rojas y amarillas" en la 'Fiesta', con mayúsculas, en honor a la selección de España, el país de la alegría global.

El clásico del legendario cantautor barcelonés cobró más sentido que nunca en los pies del combinado nacional más grande que ha existido y en la hemorragia de felicidad desatada entre el enjambre multirracial que acudió a los aledaños del estadio Santiago Bernabeu, escenario de la final del Mundial'82 entre Italia y Alemania, para gritar al cielo el deslumbrante 4-0 que otorgó a España la mayor gesta futbolística de la historia.

La maravillosa 'Fiesta' de Serrat, poeta en castellano, poeta en catalán y poeta en humanidad, puso la letra y la música para una sinfonía que pasará a la memoria por delante de mitos como el Brasil de la década de los setenta o la 'mannschaft' germana de Franz Beckenbauer, Gerd Müller y Sepp Maier.

Nunca ningún equipo había firmado una triple corona como la conseguida por la insuperable tropa de Vicente del Bosque. Estos jugadores, que ya tenían hueco reservado en la historia aunque hubiesen perdido, derrocharon otra lección de talento, de humildad y de fútbol que borró a Italia, cuatro veces campeona mundial y una continental, del césped del Estadio Olímpico Nacional de Kiev.

Un resultado inédito en finales del Campeonato del Mundo y de la Eurocopa, abrumador, sobre todo para un rival con la categoría de los 'azzurri', permitió que, unas fechas después de la noche de San Juan, el día más soleado del año, una masa desbocada desde el primer tanto de David Silva (m.14) viera brillar la calle 'ayer a oscuras y hoy sembrada de bombillas' para reflejar la fiesta española más pura: multiétnica, abierta, compartida, feliz, sana, sin diferencias, con esperanza, para todos, para que 'gentes de cien mil raleas' compartan 'su pan, su mujer y su galán'.

Impresionante. La multitud que abarrotó La Castellana y Concha Espina delante de las pantallas gigantes instaladas junto al estadio de Chamartín, que desbordó los bares y restaurantes, que se rompió las manos cuando vio en la grada a los barcelonistas David Villa y Carles Puyol -lejos de la hierba por los rigores de las lesiones-, que celebró los cuatro goles como cuatro amaneceres, que cantó todo lo cantable, vio caer la noche y dejó que las miserias se marchasen a dormir.

Como lo canta Serrat. España es la fiesta. La fiesta con marca registrada. La fiesta española. La auténtica. La fiesta que borra las lágrimas y abre el corazón. La fiesta de un equipo que ha entrado en el Olimpo. La fiesta de la única selección que ha conseguido encardinar dos Eurocopas a lomos de un Mundial.

Nadie se acordó de Italia. El primer rival que España se encontró en el camino del campeonato asistió como convidado de piedra al recital de una final histórica sólo captó la atención de la marea humana cuando sonó 'Il canto degli italiani', el himno de la bota de Europa.

Andrés Iniesta, Iker Casillas, Cesc Fábregas, Xabi Alonso, Xavi Hernández, Jordi Alba y compañía, jugadores de todos los clubes y regiones de España, adornaron su excelencia deportiva con un nuevo ejemplo de compromiso, respeto y solidaridad bajo la batuta irrepetible de Vicente del Bosque.

Les pidieron que suavizaran los rigores de la crisis con una alegría y cumplieron con creces. La fiesta se comió a la crisis y España, la selección española de fútbol, a Italia y a los mitos más grandes del balompié. Su fiesta será eterna.

Temas relacionados