“Estamos embarcando, te amo, un beso”: Duca de Castro

Eduardo de Castro, auxiliar técnico del Chapecoense, falleció en el accidente aéreo del 28 de noviembre, en Antioquia. Su hermana, Isabella, compartió su historia con El Espectador.

Isabella de Castro expresó su agradecimiento por  la atención y el homenaje que su hermano y el resto de víctmas del siniestro recibieron  en Colombia.  / Foto: Luis Benavides
Isabella de Castro expresó su agradecimiento por la atención y el homenaje que su hermano y el resto de víctmas del siniestro recibieron en Colombia. / Foto: Luis Benavides
Recuerdo cómo comenzó todo. Eduardo de Castro Filho o Duca, como le decíamos de cariño, amaba lo que hacía. Tenía 39 años de edad y desde los cinco jugaba fútbol. A los 13 se fue a jugar al Club de fútbol Flamengo en Río de Janeiro. Después, a sus 17, ya pertenecía a la selección brasileña. Siempre recibía elogios, se destacaba mucho. Era una persona de gran corazón. 
 
En su juventud entrenó también con otros equipos (Paraná, Coritiba y Joinville), pero tuvo que dejar su gran sueño por una lesión en la columna, que no le permitió jugar más. Luego de ese golpe pasó parte de su vida perdido sin saber qué hacer, pero con el tiempo fue recuperándose.
 
Decidió estudiar Educación Física y aprender inglés para poder trabajar por fuera de Brasil. También comenzó la carrera de auxiliar técnico en 2013 en el Club Vitória para ser entrenador como su tío, Caio Junior, al que era muy unido. Quería cumplir el sueño que como jugador no pudo. Por eso viajó con el Chapecoense como auxiliar de Caio.
 
Mi relación con él no era de hermanos, sino de amigos. Nosotros hablábamos todos los días por chat y algunas veces en la semana por teléfono cuando teníamos algo más largo que contar. Él me lo decía todo: de su vida, sus relaciones amorosas, su profesión, si estaba triste o feliz. Nuestra relación era muy íntima. Lo extraño.
 
Recuerdo que la última vez que hablé con él por teléfono fue el viernes antes del accidente, sucedido en la madrugada del 29 de noviembre (hora brasileña). Ese día hablamos por más de 40 minutos, hasta pasadas las diez de la noche. El sábado y el domingo también hablamos. El lunes de la tragedia fue la última vez que Duca me escribió. Me dijo: “Estamos embarcando, te amo, un beso”.
 
La verdad, estaba muy preocupada con el viaje que mi hermano, mi tío y el Chapecoense hicieron a Medellín, porque siempre iban en vuelos alquilados. Tanto así que en el anterior viaje que hicieron con la aerolínea LaMia hacia Barranquilla, en donde jugaron con el Júnior el 19 de octubre, Duca me escribió que tuvo mucho miedo durante el recorrido.
 
Por esos días antes de viajar a Colombia, de nuevo le pregunté si el vuelo era alquilado y me dijo que sí, porque era más económico para el club. Ahí fue cuando yo pensé: ¿Por qué no viajan con compañías más grandes? ¡Dios! ¡Lo que hicieron con Chapecoense fue un crimen, a ellos los asesinaron! El accidente sucedió por ahorrar combustible y eso es realmente indignante.
 
Me enteré del choque porque mi tía Adriana, esposa de Caio Junior, me llamó a las 4:00 a.m., luego de que un amigo de Matheus Saroli, mi primo, viera por televisión que el avión se había caído. En ese momento no les avisé a mis padres. Aún guardaba la esperanza de que ellos dos estuvieran vivos. Ambos murieron.
 
Nunca se borrarán de mi mente los últimos días antes de que sucediera la tragedia. Duca estuvo extremadamente feliz, solo pensaba en la final de la Copa Sudamericana 2016. Su plan era seguir como auxiliar al lado del tío que tanto amaba y que tenía como ejemplo.  Antes de viajar a Colombia, Duca me envió una foto del mensaje que iría a publicar en Facebook después del primer tiempo de la final contra Atlético Nacional. Me dijo que lo divulgaría para invitar a las personas a llenar el estadio. Iba a ser algo grande. Duca no tenía ninguna duda de que sería campeón:
 
“Fui atleta de este gran club, hice muchos amigos, tuve el placer de estar con mi amigo e ídolo Alex en 1997 cuando jugué con el Flamengo. Fueron algunos de mis mejores años en el fútbol como jugador. Sin embargo, el plan de Dios no era que yo siguiera como atleta. Fue algo difícil de entender y aceptar, pero siempre tuve fe y siempre creí que Dios tenía preparado algo más grande para mí.
 
En un partido benéfico en 2012, en el estadio Couto Pereira, fui con mi tío Caio Jr. a este juego. En el banco, Caio me dijo: Voy por la victoria y prepárate que vas a trabajar como mi auxiliar. Quedé muy feliz porque era la realización de mi sueño y sucedió justo en el estadio Couto Pereira en donde ya había vivido muchas alegrías. 
 
¡Ganar acá un título tan importante y dar la vuelta olímpica será la realización de un gran sueño! Así que contamos con el apoyo de todos, ¡que Dios nos bendiga!”.
 
A pesar de todo lo malo que pasó, somos conscientes del cariño que las personas nos han brindado en este difícil momento. Solo tenemos palabras de agradecimiento. La gente ha sido muy atenta y cariñosa, incluso hicieron un lindo homenaje en el estadio Atanasio Girardot en Medellín el 30 de noviembre. Quedamos felices por todo el cuidado que tuvieron con las personas a las que perdimos y que tanto amamos. 
 
Debo confesar que para mi padre y mi abuela esto es muy difícil. Hablé hace poco con ella y temo que no pueda resistir todo este dolor. No solo perdió a un hijo al que quería mucho y era su favorito (Caio), sino también a su primer nieto (Duca). Está inconsolable, llora todo el tiempo y no sale de casa. 
 
No ha sido fácil entender el accidente, pero creo que ninguna hoja se cae sin que Dios así lo quiera. Aunque hoy no lo comprendamos, estaba en sus planes que cada uno de los pasajeros estuviera en ese avión, como también lo era que mi primo Matheus olvidara el pasaporte y no viajara. Ahora nos queda la esperanza de que, cuando estemos con Dios, nos podamos encontrar, podamos besarlos y decirles cuánto los amamos y cuánto los extrañamos.
 
Lo único que espero es que las personas que estén leyendo esto siempre recuerden al Chapecoense en cada juego de fútbol, que sean un motivo de unión. También anhelo que la gente que vio lo que nos pasó, hable hoy con las personas que ama, porque nuestra vida puede acabar en segundos. Por mi parte, no me arrepiento de nada de lo que hablé con mi querido Duca. Al contrario, me siento feliz porque todos los mensajes terminaban con un “te amo”.
 
Sin embargo, también tengo otro sentimiento. Si tuviese la oportunidad de hablar por última vez con él, le diría que nunca en mi vida imaginé perderlo. Que me había imaginado sin mi padre, sin mi madre, incluso sin mi marido, pero no sin él. Para mí, era Duca quien se quedaría a mi lado cuando mis padres no estuvieran más. Le diría que vuelva porque extraño sus abrazos, su voz alta y gruesa y su perfume, porque él fue el hombre más fragante que he conocido. Olía delicioso. 
 
Mi sensación es que Duca está de viaje. Él siempre estaba lejos, pero solo físicamente porque éramos más cercanos que muchas otras personas que viven juntos. Yo siento que mi amado hermano volverá, que regresará para Navidad, para Año Nuevo y para celebrar junto con nosotros, su familia, sus 40 años en enero.